Con una extensa y magistral carrera sobre sus hombros, el director de «Buenos muchachos» y «Los infiltrados» se basó en una novela de David Grann para reconstruir un sangriento episodio de la historia de los Estados Unidos sobre matanzas en la comunidad de Osage durante la década de 1920.
Por Ignacio Morelli
A finales del siglo XIX, la comunidad de Osage sella su destino al descubrir que sus tierras desbordan de petróleo. Rápidamente se convierten en la población con mayor renta per capita del planeta, alzando la mirada de muchos estadounidenses blancos que en la década de 1920 buscarán quedarse con sus riquezas. Esta premisa es, en realidad, un episodio verídico narrado en el libro “Los asesinos de la luna de las flores: Los crímenes en la nación Osage y el nacimiento del FBI”, de David Grann.
En 2023, Scorsese adaptó el libro junto a su habitual colaborador Eric Roth para echar luz sobre este episodio barrido tras las puertas de la historia estadounidense. La película narra la llegada a Oklahoma de Ernest Burkhart (una inesperada caracterización de Leonardo DiCaprio), quien vuelve a su hogar tras combatir en la Primera Guerra Mundial. Es recibido en la reserva de su tío, William Hale, encarnado por un despiadado Robert De Niro con la apariencia de un preocupado abuelo rico y benefactor de los Osage, que no es sino el principal orquestador de la matanza.
Quizás uno de los mayores aciertos del director es que invierte el punto de vista del libro, posicionándonos desde el inicio junto a los asesinos, a su clásico estilo narrativo de Buenos muchachos (1990), Casino (1995) o El Irlandés (2019). Esta inversión no es un mero capricho. Al inicio se sugiere una declaración de intenciones cuando Ernest ojea el libro que habla de la comunidad de Osage. “¿Puedes encontrar a los lobos en esta imagen?”. Pero apenas nos muestran la imagen, somos interrumpidos por los Burkhart a punto de cometer un crimen contra la comunidad. De eso se trata, de reconocer sin florituras y sin reparos quiénes son las víctimas y quiénes los victimarios, de que el falso altruismo en William Hale se desvele a los pocos minutos y desde entonces ese primer rostro no sea más que una cáscara vacía. En él siempre vemos a ese hombre que solo es capaz de percibir el mundo en dígitos. Cuando la comunidad se reúne a hablar de los crímenes, uno de ellos manifiesta la postura ética de no huir de sus propias tierras ni de sus muertos. La intervención de William es ofrecer 1.000 dólares.
De esta forma, nos reencontramos con otro tópico recurrente del director, aquel que nos señala cómo el diablo se esconde entre nuestros seres más cercanos. En “El Irlandés” el código era que si un miembro interno de la mafia debía ser ejecutado, la trampa y la muerte debían ser llevadas a cabo por su amigo más próximo. Nuevamente, en “Los asesinos de la luna” (“Killers of the Flower Moon”) se trata de la incapacidad de la comunidad para ver a los lobos escondidos entre ellos y, a su vez, nuestra mirada constante sobre la evidencia. No hay misterio que desentrañar. Se trata de explicitarlo todo.
La historia es hilada principalmente por la tríada de personajes de Ernest Burkhart – William Hale – Mollie Kyle, interpretada por Lily Gladstone, siendo quizá uno de los miembros más lúcidos de la comunidad de Osage. Un personaje con miradas y diálogos cargados de suspicacias que pareciera entender en todo momento lo que se encuentra detrás del velo aunque esté negada a tomar medidas al respecto. El personaje de DiCaprio, por otro lado, funciona como objeto de disección de la película, progresivamente atormentado por sus contradicciones al ejecutar la matanza perpetrada por su tío, y atentando contra la familia de su propia esposa, Mollie. Su cuerpo habla: carga una historia de malestar y desencanto adónde quiera que vaya.
Ver a un dúo de la talla de Leonardo Di Caprio y Robert De Niro, ambos recurrentes en su filmografía pero inusual compartiendo pantalla, siempre será un obsequio y motivo de agradecimiento. A riesgo de que la incorporación de dos estrellas consagradas sean motivo para opacar el tema, esto no sucede. La mano de un experimentado Scorsese puede hilar casi tres horas y media de película sin que sufra caídas de ritmo.
¿Tres horas y media? ¿Una exageración? Que una película llegue hoy en día a esa duración pareciera el capricho de un director consagrado. Un poco más allá, poniendo en perspectiva las declaraciones de Scorsese sobre el cine actual, suena como una postura a contrapelo de los estándares. Ciertamente eso pareciera, ya que da la impresión de que la historia podría haberse contado sin problemas en una menor cantidad de tiempo. Sin embargo, con lo que nos encontramos es con un hombre que hizo de nuestra grata experiencia su oficio, y que refresca las pantallas volviendo a un cine del que él fue uno de sus mayores y mejores exponentes. No preocupa la duración en una película donde cada minuto vale porque expresa un mundo en el que los espectadores podemos habitar, habitar sus calles, sus casas, sus dolores y conspiraciones. Sus rostros sonrientes con promesas del grado más alto de civilización que por debajo laten con el pulso de un animal rabioso a punto de estallar. Son esos mundos los que nos gustaría seguir explorando, quedarnos a vivir en ellos por un buen rato.




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