Análisis de este largometraje de un electricista autodidacta que, luego de su estreno mundial en la sección Quincena de Cineastas del Festival de Cannes 2024, se presentó en la sección Operas Primas de la muestra porteña.
Por Victoria Malter Terrada
Valorar y escribir sobre una película del BAFICI siempre se presenta como un desafío. Es como si uno tuviera que resetearse y emprender ese viaje cual nómade, colmado de carencias y despojado de todo tipo de ropajes y elementos. Es en aquellas salas donde no abundan los pochoclos ni los nachos con cheddar, se siente como viajar en el tiempo, estar en un limbo tardío que proyecta sobre la pantalla formatos viejos, saltos de eje, planos sobreexpuestos, tiempos muertos, producciones tracción a sangre y puestas de cámaras aberrantes, un lugar por momentos incómodo, pero siempre colmado de una creatividad que lo hace único.
Así, la programación del BAFICI está atestada de óperas primas, con ellas y en ellas comenzamos a escuchar los primeros reconocimientos autorales, nombres que probablemente evocaremos en años posteriores. En este listado está “Gazer” (2025), debut autoral del joven estadounidense Ryan J. Sloan que, con muchos aciertos y algunos fallos, logra demostrar que sabe de qué se habla cuando habla de los recursos que nos desafía el aparato audiovisual.
Focus. Concéntrate. Focus. La cámara presenta, de forma fragmentada, a Frankie (interpretada por Ariella Mastroianni), personaje principal de la trama. Como si fuera una lente, sus ojos enfocan algo mientras en off se escucha un audio (en formato audio guía) que reproduce un listado de preguntas: “¿Qué ves? ¿Dónde van? ¿De dónde vienen? ¿De que se esconden?” Así, el dispositivo resuelve en un contraplano uno de los dos enigmas que se tratarán durante la trama: en una ventana de una habitación una chica parece haber sido golpeada y escapa del hecho. Frankie retiene y la recuerda, como quien está allí observando hace tiempo, denotando que estamos ante un clásico personaje voyeur.
Focus. Concéntrate. Focus. Algunas escenas posteriores encuentran a Frankie en una consulta con su neurólogo. La joven madre padece una enfermedad degenerativa conocida como discronometría que altera en ella la percepción del tiempo, genera lagunas y borra recuerdos. Pero el profesional no da buenas noticias, no se sabe cuánto tiempo de lucidez le queda y, ante tal pronostico, Frankie no quiere perder ni el tiempo ni los recuerdos de su hija. Así y tras una cronología de secuencias que nos llevan a sus pesadillas, que alteran su sueño y complejizan sus noches, se revela el segundo enigma que explica el porqué de su ausencia y busca resolver como ha muerto su marido aquella noche en la que ella estuvo presente. Como dirá Piranesi, la mente es nuestra cárcel…
La clave del film se encuentra allí, en la propuesta de hacer un juego de referencias y reciprocidades que vincule lo conceptual y patológico de la enfermedad con el devenir audiovisual a partir de lagunas en la trama que permiten construir elipsis temporales en el uso del montaje (alteración del tiempo y el espacio). ¿Quién mató a su esposo? ¿Qué paso con esa chica? El director logra diferenciar dos espacios con todo el aparato: por un lado, la saturación, la elección cromática cálida, el terror y el gore para lo traumático; por otro, lo lavado, el drama y el frio para la cotidianidad. Dos áreas incompatibles que se vinculan en este juego de contrapunto temporal que da rienda suelta a las dificultades del film.
Pero también la película se presenta como una excusa para hablar de otras cosas, quizás más globales, como son las altas tasa de suicidios en los suburbios, la falta de empatía en una juventud casi ausente, la precariedad en la vida de ciertas clases sociales y lo detenido en el tiempo tras una pandemia que hizo de la sociedad estragos. “El tiempo todo lo cura”, dice su vecina de 80 años en un barrio alejado de Nueva Jersey, único faro de luz que logra empatizar con la protagonista entre tanta desidia.
Con referencias que se vislumbran como simples homenajes, como es el caso de “Memento” (2002), de Christopher Nolan, en su idea de construir memoria a través del cuerpo o a la mismísima “La ventana indiscreta” (1954), de Alfred Hitchcock, con la cámara como dispositivo voyeur, podemos decir que “Gazer” (2025) es una buena idea que se vacía desde la mitad de la pelicula hacia adelante. Porque, si bien el film se mantiene en casi dos horas de metraje a pura tensión, esa clave de la que hablamos antes empieza a agotarse, confundirse y enredarse mientras vamos acercándonos a su final. Por momentos, no sabemos si estamos en un film noir, dramático o de terror.
Sin embargo, “Gazer” es finalmente una gran idea, un aire fresco de creatividad que empapa nuestras caras ante una vida (o medios) que nos han acostumbrado a repetir siempre los mismos libretos y los mismos nombres. Por lo tanto, grabar, retener y enfocar el nombre de Ryan J. Sloan será emprender un nuevo viaje para un joven que hasta ayer era un electricista y hoy es un realizador al cual se le augura gran futuro en lo audiovisual.
BAFICI 2025 / Crítica de “Gazer”, de Ryan J. Sloan: Focus. Concéntrate. Focus.




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