La realizadora de «El cajón» y «Karakol» presentó en la sección Noches Especiales un documental que reconstruye la historia del circo más famoso del mundo.
Por Emilio Sillero
Hace poco descubrí que Jimmy Stewart, una de las máximas estrellas de la edad de oro de Hollywood y uno de (sino el mejor) los mejores actores de cine de la historia, era hijo de un ferretero. Que Stewart, que nació en un pueblito que hoy en día tiene 14.000 habitantes, se haya convertido en uno de los astros más brillantes del cosmos cinematográfico es una de las tantas transfiguraciones de la que (con razón) solía llamarse “fábrica de los sueños”.
Viendo “Una vez, Un circo” (2025), el nuevo largometraje documental de la cineasta argentina Saula Benavente, no podía evitar trazar paralelismos entre las estrellas del mundo circense soviético y sus equivalentes cinematográficos. Aunque estuvieran separados por la Cortina de Hierro, la hazaña de Stewart está fantásticamente emparentada con el logro del payaso Oleg Popov. El ruso, nacido en un pueblo de las afueras de Moscú e hijo de un relojero, se convirtió en el máximo emblema del circo soviético y gozó de un éxito que trascendió banderas, colores políticos e ineludibles muros ideológicos.
Benavente toma como punto de partida las visitas del Circo de Moscú a la Argentina para apuntar a su verdadero objetivo: conocer las realidades individuales de los artistas que formaban parte de las presentaciones circenses. Aunque la cinta carezca de la magia o la sorpresa que caracterizaba al arte que apunta a homenajear, es lo suficientemente hábil como para articular con elocuencia los testimonios de los artistas del circo con el material de archivo.
Cabe destacar que la película no tiene una aproximación monolítica respecto a la relación del Circo de Moscú con la Unión Soviética, ya que, haciendo uso de la notable pluralidad de voces, logra describir la compleja (y muchas veces contradictoria) realidad que los artistas vivían en las épocas del circo. Por un lado, hay testimonios que desestiman la censura estatal; por el otro, hay voces que reconocen y denuncian la persecución ideológica; y, en el medio, un sinfín de matices que complejizan aún más la situación.
Lo cierto es que, a pesar de las distintas visiones políticas expresadas en la película, todos y cada uno de los entrevistados terminan coincidiendo en un punto: la magia del circo. Juntos, durante sus actuaciones, lograron construir un espacio dislocado de la realidad, un refugio alejado del odio, de los comandantes de guerra y de las carreras armamentísticas. Las funciones del Circo de Moscú, amadas y celebradas por todo el mundo, se convirtieron en un espacio momentáneo de libertad e igualdad sin paralelo, un claro camino a un futuro posible donde el hijo de un relojero podía ganarse los corazones de la población del planeta entero.
Pero, lamentablemente, la historia los despertó del sueño y los condujo a la pesadilla. Lo que antaño se erigió como una usina de lo inesperado, de la alegría y de lo imposible, ahora yace en ruinas. El sueño de un nuevo arte, de un nuevo mundo, se desvaneció entre las burbujas de las novedosas Coca-colas y el crepitar de las crujientes papas fritas de Moscú. El futuro prometido, ese paraíso que, por unas décadas, pareció estar a nuestro alcance, se perdió.
Sin embargo, y tal vez al contrario de lo propuesto en el párrafo anterior, ese atisbo de utopía que se entrevió a través de los nudos de los contorsionistas, de las piruetas de los acróbatas y de las morisquetas de los payasos, vive precariamente en el interior de esta obra. De esta manera, el film se convierte en una modesta cápsula del tiempo, un testimonio de una utopía trunca que se abre frente a nosotros con la esperanza de provocarnos (con mayor o menor éxito) la misma impresión que la de un niño yendo por primera vez al circo: una muestra de un mundo que supo existir, aunque, por ahora, esté perdido.
BAFICI 2025 / Crítica de “Una vez, un circo”, de Saula Benavente: Una vez, un sueño




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