BAFICI 2025 / Crítica de “Adieu Philippine”, de Jacques Rozier: Juventud, divino tesoro

En el marco de la notable retrospectiva dedicada al cineasta francés fallecido en 2023, a los 96 años, se proyectó su emblemática ópera prima estrenada en 1962 y considerada una pieza clave en el surgimiento de la Nouvelle Vague.

Por Santiago Fioravanti

Llegando a finales de la década de los años 1950, surgió un nuevo movimiento conocido en los ámbitos cinéfilos como la Nouvelle Vague, que emergió como una aplanadora para romper con todo tipo de esquemas y maneras tradicionalistas de hacer películas. Sus realizadores, en aquel entonces, decidieron colectivamente tomar caminos separados de aquellos arquetipos de la industria que les era contemporánea y crearon, cada uno con su impronta personal, una nueva forma de inmergir a su público en narrativas lideradas por personajes característicos y que, en su gran mayoría, cargaban consigo mismas discursos sociopolíticos y anticapitalistas contra la Francia de aquella época.

Directores de la talla de Jean-Luc Godard, François Truffaut, Alain Resnais y Agnès Varda son algunos de los tantos exponentes que han conformado este grupo selecto de autores e influenciado a múltiples sucesores que, hoy en día, siguen referenciando sus trabajos en obras actuales. Películas como «Los 400 golpes», «Jules y Jim», «Cleo de 5 a 7» y «Sin aliento» han sido objetos de varios análisis y estudios, dejando su huella impregnada y quedando inmortalizadas para siempre en la eternidad del séptimo arte.

Sin embargo, existe un autor el cual nunca gozó el nivel de reconocimiento masivo que tuvieron varios de sus colegas, pero que su influencia y estilo contribuyeron con una gran fuerza al impulsode este nuevo y novedoso cine. Estamos hablando de Jacques Rozier, cineasta oriundo de Paris que en 1962 estrenarsu primer largometraje y, posiblemente: su magnum opus: «Adieu Philippine».

La película nos dirige hacia 1960, situándonos en una Francia que atraviesa su sexto año en guerra en Argelia. Nuestro protagonista se llama Michel, un joven que desempeña su trabajo como un asistente de cámara en televisión y que, dentro de dos meses, deberá enlistarse en el ejército y localizarse a sí mismo en tiempo y espacio en medio de dicho conflicto bélico. Su trabajo le aburre y no juega un rol importante en el mismo, siempre siendo mostrado en el fondo de los planos o hasta desenfocado en los mismos. En el transcurso de una tarde, conoce a dos jóvenes aspirantes a actrices llamadas Liliane y Juliette. El carismático dúo posee una unión inquebrantable y una magnética energía la cual es difícil de esquivar, siendo mostradas en la mayoría de las escenas compartiendo planos una al lado de la otra. Más pronto que tarde, ambas comienzan a involucrarse de forma amorosa y emocional con Michel, dando lugar a un triángulo amoroso que, con el correr de los minutos y por propias circunstancias ajenas a sus predisposiciones, concluirá en un infortunado desenlace.

La mixtura de emociones y las frustraciones comienzan poco a poco a salir a la luz a medida que se desenvuelve la trama. Michel presenta conciencia plena de que se está enfrentando a los últimos dos meses de diversión previo a unirse al ejército y el tiempo se le escapa de sus manos como si fuese la mismísima arena. Cuando el trío abandona y deja tirado a su suerte a Horatio en medio de sus aventuras en Córcega, el italiano suelto la siguiente frase: “Nunca las llevarás al paraíso, francesito”. La realidad es que, para todos los involucrados, es incierto saber si el joven volverá con vida de Argelia para continuar escribiendo su historia junto a sus compañeras quienes, por el contrario, el tiempo les resulta infinito.

Si bien la obra sitúa a seres humanos en tiempo y espacio dentro de un contexto desfavorable y devastador, lo cierto es que el director y guionista de la misma congenia a la perfección el uso de comedia y drama en forma simultánea, compartiéndonos escenas tan memorables y ocurrentes que hacen que sus diálogos se vean opacados sonoramente por las risas de los espectadores que agotaron la sala de cine. Pachala, el director que da vida Vittorio Caprioli, le confiesa a Liliane en una de las escenas que, cuando piensa en el cine, el llora y no ríe. Para Rozier, esta idea no es rentable en lo absoluto. Su cine no busca que nos vayamos con lágrimas de tristeza cayendo por nuestras mejillas, mas bien sacarnos carcajadas y reflejar las tragedias desde un plano menos gráfico o grotesco, y más humano y espontáneo por el contrario.

Otro factor digno de mención es el impecable uso de la música en su filmografía. No importa si nos referimos a este trío, a los jóvenes protagónicos del cortometraje Blue Jeans, estrenado en el año 1958, o al inolvidable elenco de Maine Ocean, del año 1985. La música representa un refugio para sus personajes y son, mayoritariamente, escenas aisladas del conflicto de la trama, y que se alejan del hilo conductor y narrativo. Este recurso se siente como si Rozier se estuviese involucrando emocionalmente con sus personajes, brindándoles estos momentos de refugio y haciéndoles un mimo a los corazones de estas almas que invaden la pantalla grande, liberándolos de sus inquietudes y preocupaciones por meros minutos, y recordándoles que la belleza del universo está presente dentro de esos pequeños momentos.

Se despliega, de forma excelsa, una yuxtaposición entre los jóvenes protagonistas y sus generaciones precursoras. Una de estas situaciones se presenta cuando la madre de Liliane le recrimina a su hija por salir una noche con Michel, a lo que ella responde: “Tú eres de otra generación”. O también en la colosal y formidable escena localizada en el club Calypso, donde el pretendiente de Juliette, un hombre mucho mayor que ella, sostiene que los bailes modernos son violentos y reflejan la insensibilidad juvenil. Lo cierto es que estos jóvenes, al igual que en la mayoría de las películas de la Nueva Ola, son el alma y emblema de lo que esta nueva camada de autores quiere retratar: una juventud que irradia vitalidad, rebeldía, sensualidad, inocencia y que se encuentra distanciada, tanto espiritual como físicamente, de aquellos regímenes y patrones arcaicos establecidos hasta la fecha.

«Adieu Philippine» fue, en su momento, un fracaso comercial. No obstante, recibió abundantes elogios por las caras más visibles de este nuevo movimiento y, con el correr de los años, fue apropiándose de un merecido lugar dentro de las películas más influyentes del cine francés. Una inolvidable oda hacia la mocedad y nostalgia, que nos hace evocar aquellos tiempos de frescura, ingenuidad, liviandad y donde todo se siente eterno.

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