Ganadora del premio Oscar a Mejor Película Internacional, la más reciente propuesta del director de “Estación Central”, “Diarios de motocicleta”, “Línea de pase” y “En el camino” está destinada a convertirse en un clásico del cine social latinoamericano.
Por Pedro Freccero
“La memoria estalla hasta vencer a los pueblos que la aplastan y que no la dejan ser libre como el viento” – León Gieco
A veces las obras maestras llevan tiempo y no es poco sabio aquel realizador que cree que es mejor esperar a encontrar la historia adecuada para el momento adecuado antes de decidirse a filmar una nueva película. Este parece ser el caso de Walter Salles, quien tras 13 años desde el estreno de su último largometraje (“En el camino / On the Road”, 2012) sorprendió con “Ainda estou aqui” (“Aún estoy aquí”), quizás su mejor película hasta la fecha y una que está destinada a quedar en la historia grande del cine latinoamericano.
Basada en el libro autobiográfico y homónimo “Ainda estou aqui” de Marcelo Rubens Paiva, la película narra la historia real de la desaparición y asesinato de Rubens Paiva, ex-diputado del izquierdista Partido Trabalhista Brasileiro, en 1971, durante la última dictadura militar de ese país.
Relato dividido en cuatro grandes partes, durante la primera nos acercamos al día a día de la familia Paiva, integrada por Rubens, su esposa – y real protagonista de la película – Eunice, y sus cinco hijos, Vera, Eliana, Ana, Marcelo y María Beatriz, quienes viven en una casa señorial frente a la playa de Leblon en Río de Janeiro. Una vez producida la desaparición de Rubens, comienza el segundo y más extenso momento de la película, en donde veremos la lucha de Eunice por encontrar y liberar a su marido, mientras intenta, al mismo tiempo y como puede, mantener cierto grado de normalidad y bienestar para sus hijos.
La tercera parte del film se traslada 25 años hacia el futuro (1996) cuando Eunice, quien ha vuelto a la universidad, se ha recibido de abogada y se ha convertido en una prestigiosa luchadora social por los derechos de las comunidades originarias del Amazonas, recibe el certificado oficial de defunción de su marido.
Finalmente y tras un nuevo salto temporal, el film nos muestra un almuerzo familiar de los Paiva en 2014, en donde nos hacemos una idea aproximada de cómo han transcurrido las vidas de cada uno de los miembros de la familia y donde a través de un televisor que muestra un noticiero se tiende un puente al presente, pieza fundamental de esta importante película.
Son muchas las virtudes de Ainda estou aqui, desde la credibilidad y lo acertado de sus actuaciones, el uso de la música, el vestuario y la puesta en escena para transportarnos al Brasil de los años ’70, los diálogos de un guion bien logrado y en general un ritmo dramático que no decae en ningún momento. Sin embargo hay tres aspectos que la destacan frente a otros relatos cinematográficos sobre la experiencia de la dictadura en Brasil y en todo el continente:
Primero, la acertada decisión de poner el foco del relato en el personaje de Eunice, interpretado magistralmente por Fernanda Torres, quien como se dijo es la verdadera protagonista de la película. En ese sentido, “Ainda estou aqui” no es la historia de un desaparecido, ni es la historia de la dictadura en Brasil, o al menos no es solamente eso. Es la historia del amor y la tenacidad de una madre quien nos muestra una cara dolorosa del horror de la dictadura, la de los que quedan, los que siguen vivos. Eunice lo soportará todo con una estoicidad que por lo bien actuada y guionada, no resultará en ningún momento impostada ni empalagosa, ni la transformará en una superheroína fuera de serie. Vamos a verla llorar y quebrarse, sí, como no puede ser de otra manera, pero siempre haciendo lo posible por contener su desesperación frente a sus hijos, al mismo tiempo que toma las acciones y decisiones necesarias para seguir con su vida, como por ejemplo dejar la casa y mudarse a Sao Paulo.
Segundo, el tratamiento en pantalla que se le da a la violencia de la dictadura. La película no muestra en ningún momento violencia física de ningún tipo, no hay disparos, no hay tortura en pantalla. En su momento más tenso, cuando Eunice y Eliana son detenidas por unos días en una comisaría de Río de Janeiro, se escuchan gritos de fondo, pero no veremos nunca en pantalla imágenes de la tortura. Esta acertada decisión del director, que de ningún modo romantiza ni suaviza la dictadura – de hecho el film es desgarrador – permite a la película apelar a un público más amplio, tanto de gente que prefiere no ver historias que contengan violencia explícita, como así también mayor posibilidad de distribución al público joven, que tanto necesita conocer este tipo de historias para entender mejor lo que sucedió en los ’70. Además, esta visión va en concordancia con el hecho de que “Ainda estou aqui” está basada en la autobiografía de Marcelo, quien al momento de los hechos tenía 11 años, siendo posible que se trate de la decisión consciente del director de respetar la mirada que tuvo ese niño sobre lo que estaba sucediendo.
Finalmente, el último y gran acierto de “Ainda estou aqui” es que no se queda en el importante recuerdo del pasado, sino que nos trae al presente y nos permite conectar esta trágica historia con las luchas actuales. Y lo hace tanto de forma simbólica como de manera explícita de la mano del personaje de Eunice, quien ante la pregunta concreta de un periodista sobre si tiene sentido tiene seguir hablando de estos temas tantos años después responde con claro y contundente “sí”.
“Ainda estou aqui” llega en un momento histórico clave no solo en Brasil sino en Argentina, donde viejas ideas de revisión de los procesos históricos dictatoriales vuelven a surgir, ahora desde las más altas esferas estatales, y encuentran terreno fértil en generaciones jóvenes a quienes la experiencia de lo que fueron los procesos militares les llega de forma cada vez más débil y mediada. Esta película, aún más tras haber ganado un merecido premio Oscar, está destinada a ser una de las “infaltables” de ese canon para la buena memoria continental, para ayudar a entender mejor lo que pasó, comprender los vínculos con lo que todavía ocurre en nuestras sociedades, y desarrollar herramientas e ideas para que no vuelva a ocurrir nunca más.




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