Critica de “Anora”, de Sean Baker: Subversión y resistencia

El director de «Tangerine» y «Proyecto Florida» se consagró en el Festival de Cannes y en los Oscar con esta tragicomedia que merece múltiples acercamientos y análisis como este.

Por Cristian Beccaria

Púrpura, carmín, índigo, escarlata, bermellón. Glitter. Estamos en los créditos iniciales, y la cámara de Sean Baker se desliza lateralmente, siguiendo los neones incandescentes en el interior de un club nocturno neoyorquino, sobre los cuerpos desnudos de mujeres en movimiento. La cámara se detiene en Ani, que emerge como una figura luminosa en las sombras, moviendo su cuerpo en éxtasis con la gracia de una górgona nadando en arenas de magnolias. Aquí, se revela una declaración de principios y una postura ética de Baker, presente también a lo largo de su trayectoria: los cuerpos y su representación son simultáneamente objetos de deseo, fuerza y vulnerabilidad, pero también vehículos de subversión y resistencia; la sexualidad se celebra sin vergüenza, mientras se explora el vacío emocional y existencial que el capitalismo deshumanizante provoca. La canción inicial es una premonición nítida de lo que vendrá: Stay close to me/ Tonight this could be the greatest night of our lives/ Let’s make a new start/ The future is ours to find. Ani es Anora. Anora es Mickey Madison. Ella será la brooklynita de ascendencia rusa durante los 137 minutos restantes del octavo film de Sean Baker, uno de los cineastas más lúcidos de la escena norteamericana actual.

Al club llega Vanya, un rusito hijo de un magnate todopoderoso cuya única ocupación es gastar sin límites y satisfacer cada uno de sus caprichos mundanos. Ani lo recibe con una sonrisa, masticando chicle. Él es un cachorro snob que aún ignora las bondades de las lenguas y los cuerpos. Su ruso es pueril, anodino. Su inglés es exiguo y escaso y refleja los pocos esfuerzos de una clase social que rara vez necesita aprender algo. Ani es una sirena que lo y nos hipnotiza. Vanya apenas sabe abrazar, o besar, o coger. Se mueve con torpeza, corre, hace acrobacias ridículas como un adolescente que aún desconoce el amor. Su sexo se reduce al Faster-faster-faster, Stop-stop-stop, Blum. Ani sonríe. Siempre sonríe. Su voz es redonda y, al final de cada frase, parece murmurar un hechizo primitivo que nunca se ha perdido.

Los encuentros entre ambos se vuelven más constantes. Ani mira a Vanya, sonríe y se muerde los labios. Es difícil entender si comienza a enamorarse de él o a la idea de una vida completamente diferente, repleta de lujos y comodidades. Porque, sinceramente, ¿qué puede ver esa valquiria reverdesciente en este bípedo diminuto e insulso de la naturaleza? Quizás no haya diferencia, porque todo enamoramiento responde a las mismas retóricas y escapa cualquier lógica. Al enamorarnos hacemos todo bien y todo mal. Y son esas esquinas contradictorias, ángulos de perpetuo interés que a Baker le interesa explorar. Mientras tanto, nos dejamos embriagar por Ani enamorándose y por los atardeceres incendiarios de Baker que solo se comparan con la belleza deslumbrante de Mickey frente a la cámara.

Ani es ahora la new girlfriend del ruso y renuncia a su trabajo. Se compra abrigos de sable ruso, bebe en los vasos imperiales de la madre rusa, recibe masajes en un spa y abraza a Vanya mientras él juega a la PlayStation. Se van a Las Vegas. I think I love you, le dice Vanya con total ligereza. Y dos minutos después le propone casamiento. Don’t tease me with that shit, dice Ani. Your little wifey? Don’t tease me. Hay largos silencios que nos interpelan tanto cuanto a Ani. Vanya lo repite, una vez, otra. Ani muestra el anular y dice: 3 carats. Los tortolitos se casan. Y siguen cogiendo. Siguen viviendo la vida en una burbuja de champagne caramelizada.

Pero la burbuja igual estalla cuando los rusos se enteran de que su hijo se ha casado con una prostituta estadounidense. Y para resolver la situación, mandan a un trío de pseudomatones ruso-soviéticos. Los monos del zar irrumpen en la casa buscando a los recién casados para anular el matrimonio. A partir de ahí, se desencadena una escena emocionalmente inclasificable: uno se ríe, se preocupa, se entristece, se humilla, se apiada. La violencia estalla en una caterva de insultos que Baker filma en una sinfonía del absurdo: fuck, fuck, fuck, fucking Armenian, fucking motherfucker, fucking pussy, fucking police, fucking bitch, fucking kidding me, fucking god. Vanya escapa. Ani, capturada, se defiende con la furia de un volcán en erupción. Destruye las pinturas y los muebles de la casa y el orgullo, la virilidad, los cuellos y las narices de los ridículos rusos que no saben cómo comportarse. La atan con el cable del teléfono, le quitan el anillo. En estos planos entra un personaje fascinante e interesantísimo, uno de los matones rusos, que crece insospechadamente a lo largo del film. En su mirada se refleja crudeza, solidez, pero también desasosiego, piedad, empatía y una cierta ternura, en escala rusa, claro. Se llama Igor, y le dice a Ani que todo saldrá bien. Una promesa sin fundamentos, dicha con la resignación de quienes sobreviven a fuerza de ilusiones.

La búsqueda de Vanya por la ciudad empieza, y ahí aparecen los planos abiertos de Baker en paisajes desolados de un USA suburbano: las gaviotas volando sobre los parkings, las estaciones de servicio en soledad, los kioscos atendidos por trabajadores de clase media, cuya mirada refleja la desesperanza de un futuro que parece derrumbarse cada vez más en el país de los sueños (rotos). Ani es un dragón humeante. Atardece y el cielo se llama Tangerine Florida Rocket Baker. Igor reflexiona cada vez más sobre de qué lado de la historia está.

Vanya finalmente es encontrado, en el mismo club que los hizo conocerse, completamente borracho. Los ojos de Ani se desmiembran, ¿por qué te fuiste y me dejaste, Vanya? El divorcio entre ellos es inminente, y la única que aún no lo comprende es Anora. ¿Cómo es posible que sigas aferrándote a la idea de que una vida con Vanya era posible, Ani?

Los últimos vestigios de felicidad se desvanecen en Ani cuando llegan los genitores de Vanya. ¿Cuántas veces habías ensayado en tu mente el discurso optimista y floral que le dirías a tu suegra al verla por primera vez, Ani? ¿Cómo haces para cargar vos sola el peso de un futuro tan palpable a punto de ser desintegrado, Ani? “No eres parte de esta familia. Tu ruso es vergonzoso”. Así le responde Galina, su suegra. “Be a fucking man and talk to me, Vanya«, dice Ani. “¿Qué quieres que te diga? Claro que nos vamos a divorciar, ¿eres estúpida?», le responde Vanya. La escena es devastadora, y Baker condensa en unos pocos fotogramas la brutal opresión del poder socioeconómico sobre las personas y sus emociones, entrelazándola con la resiliencia de una clase habituada a mantenerse en pie incluso ante la ruina de sus sueños. Igor, paradójicamente, se convierte en una especie de fuente de consuelo, genuino y sutil; un hilito de agua fresca.

El film llega al final predestinado: el divorcio se consuma e Igor lleva a Anora a su casa. Los púrpura, carmín, índigo, escarlata, bermellón, el glitter, todo desaparece. Nieva, y Ani apenas tiene fuerzas para pronunciar algunas palabras. Hay un pequeño pero potentísimo gesto de Igor: le devuelve el anillo de 4 carats, como si en ese acto hubiera algún indicio de justicia terrenal. Y entonces ocurre ahí una de las mejores escenas finales de los últimos años, que se inicia con un primer plano del rostro de Anora. Ani permanece en silencio y se desliza sobre el cuerpo de Igor. Quiere llorar, o agradecer, o volverse nieve de fuego e incendiar la ciudad infestada de rusos. Sus ojos supuran savia de un imaginario absurdo que alguna vez creyó posible. Su cuerpo, roto por la ridícula idea del amor, se entrega ahora a ese proletario que hasta hace poco era su captor y en quien, de algún modo, encuentra una extraña forma de redención. Cada movimiento de Ani entrando en el cuerpo de Igor es un puñal helado que llora, junto con ella, la injusticia de un mundo en donde, tantas veces, no valemos nada.

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