Crítica de “La habitación de al lado”, de Pedro Almodóvar: La era de la madurez

Este primer largometraje en inglés del director español está basado en la novela “Cuál es tu tormento”, de Sigrid Nunez, y se estrenó a nivel mundial en la Mostra de Venecia de 2024, donde ganó el máximo galardón, el León de Oro, y después tuvo pasos por otros festivales importantes como San Sebastián y Nueva York.

Por Camila Dulce

Debo decir que entré a verla con muchas dudas porque, si bien me habían gustado los cortos en inglés que ya había visto del director (The Human Voice y Strange Way of Life), en sus películas siempre hay una identidad tan española en los espacios, personajes, humor, etc., que me parecía raro dejar de lado esos aspectos y ver una historia suya inserta en otra coyuntura, pero el resultado es muy convincente y su esencia está muy presente, aunque su manera de abordar esta historia sea un poco más solemne.

La trama se centra en la relación entre dos mujeres, Martha (Tilda Swinton) e Ingrid (Julianne Moore). Martha tiene un cáncer terminal y le pide a su amiga, una escritora famosa con quién se reencuentra después de no haberse visto por varios años, que la acompañe en sus últimos días desde “la habitación de al lado”, en una casa alquilada en medio del bosque.

Como la presenta Almodóvar cada vez que le preguntan, se trata de una película sobre una mujer que agoniza en un mundo agonizante. Y es una historia esencialmente sobre la amistad entre dos mujeres que logran conectar de una manera muy especial: se acompañan, se nutren, aprenden una de la otra y crecen gracias a la relación que las une.

Hay que destacar la maestría del director para tratar un tema tan complejo y triste como la eutanasia sin recurrir a golpes bajos ni sentimentalismos, y hasta dándonos algunos momentos del humor tan propios su cine. Es una película muy dramática, pero luminosa a la vez. El drama está contado de manera bastante austera y contenida, muy diferente a lo que estamos acostumbrados a ver de este director, pero sin perder la mirada tan particular, única y sensible que lo caracteriza.

Otra cosa muy propia del cine de este director es que nunca juzga a sus personajes. En este caso, Martha va en contra de lo que estamos acostumbrados a ver con mayor frecuencia de una persona con cáncer en el mundo cinematográfico, que suele ser alguien que lucha hasta el final y hace todo lo posible para recuperarse y seguir con vida. Acá Martha toma otro camino, no porque no quiera luchar, sino porque quiere ser dueña de su propia muerte. Es un personaje muy complejo en cuanto a cómo eligió vivir su vida, su maternidad y por eso también su manera de atravesar la muerte no es para nada ordinaria.

Esto me lleva a destacar también el trabajo de Moore y Swinton, quienes interpretan a sus personajes magistralmente. Las miradas entre ellas lo dicen todo y la química que comparten es tan natural que atraviesa la pantalla. Todo esto está enmarcado por un uso excelente de la música, que para mí se convierte en un personaje más.

Como siempre, el director juega con la intertextualidad y los homenajes, en este caso con tomas que están claramente inspiradas en “Persona”, de Ingmar Bergman, y muchas referencias artísticas entre las que se encuentran obras y el estilo de Edward Hopper, un pintor estadounidense conocido, más que nada, por su manera de retratar la soledad en la vida estadounidense contemporánea. Esto se ve en las elecciones de colores, de fotografía y enfoques, y también en la reproducción del cuadro “People in the Sun” (“Gente al sol”) del artista que las protagonistas contemplan en la casa alquilada. Y, como suele suceder en su obra, también los recursos de la ficción les sirven a los personajes para “hacer la vida más vivible”: el monólogo final de “Los Muertos”, de James Joyce, al que recurren en distintos momentos es un ejemplo de ello, y ayuda a entender la manera en la que ellas eligen vivir el difícil momento que están atravesando.


“Sí, los diarios estaban en lo cierto: nevaba en toda Irlanda. Caía nieve en cada zona de la oscura planicie central y en las colinas calvas, caía suave sobre el mégano de Allen y, más al Oeste, suave caía sobre las sombrías, sediciosas aguas de Shannon. Caía así en todo el desolado cementerio de la loma donde yacía Michael Furey, muerto. Reposaba, espesa, al azar, sobre una cruz corva y sobre una losa, sobre las lanzas de la cancela y sobre las espinas yermas. Su alma caía lenta en la duermevela al oír caer la nieve leve sobre el universo y caer leve la nieve, como el descenso de su último ocaso, sobre todos los vivos y sobre los muertos».


Así de rico es el universo de Almodóvar: me llevó a buscar la obra de Hopper, a leer sobre Joyce y el simbolismo de la nieve, a buscar las películas de John Huston y Buster Keaton que ven los personajes, etc. Inabarcable, pero muy interesante. Un desafío permanente, un cine para celebrar.

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