Ahora que Baker arrasó con los premios Oscar con «Anora» es bueno recuperar films previos como éste, que consolidaron sus temas, sus obsesiones, su forma de trabajar con sus actores y actrices, y su estilo tan distintivo.
Por Lucía Pittaro
Verano. Motel en las cercanías del turístico y más conocido parque de diversiones. Motel que actúa como una especie de conventillo, con decenas de habitaciones donde (con)viven muchas familias. Lugar que se ha convertido en la salvación para la gente de bajos recursos que alquila pequeñas piezas.
Aunque aparentemente es contemporánea a su época, la aparición en escena de ciertos elementos, como la máquina expendedora de bebidas o la oficina del gerente del motel (interpretado por el multifacético Williem Dafoe), nos remite a décadas atrás; quizá por la estética de esos lugares que parecen haber quedado frenados en el tiempo.
Sean Baker centra la historia en Moonee (Brooklynn Prince, una niña que incursiona por primera vez en la actuación y lo hace de forma brillante), y las relaciones con su madre, Halley (Bria Vinaite, otro destacado debut en la interpretación), y su amigo Scooty, con quien comparte sus travesuras en el complejo. Las criaturas pasan los días entreteniéndose a su manera, sin dispositivos electrónicos más que el viejo televisor de tubo que tienen en su habitación (el cual está prendido casi permanentemente, como un escape de la realidad); los problemas económicos que atraviesa su madre y hasta donde está dispuesta para llegar a pagar el alquiler.
Baker se caracteriza por retratar la dureza, la “exclusión” de sus personajes (como previamente muestra con “Tangerine”, donde sigue la historia de una prostituta transgénero). Y “The Florida Project” funciona también, en parte, como un documental que muestra la desigualdad social que envuelve la “belleza estética” de, literalmente, Disney. La precariedad y el dinero justo para sobrevivir de las familias, a escasa distancia de Magic Kingdom. Documental que muestra cómo, en esa cercanía al parque, los y las laburantes pasan el día a día rebuscándoselas.
La película parece no tener, al menos durante la primera mitad, un conflicto marcado, sino pequeñas situaciones que se van entrelazando y son narradas desde el punto de vista de los menores, sumergidos en el duro mundo adulto, con el foco en la precariedad de lo que no se ve.
Un párrafo aparte merece la fotografía de Alexis Zabé, quien apela a una paleta de colores chillones (el motel es íntegramente purpura), para, tal vez, amortiguar la dureza del film; y lo hace esta vez, en 35 milímetros, cuando en «Tangerine» lo había hecho con un iPhone 5S.




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