A los 43 años, la talentosa directora ya ha construido una filmografía que la ubica entre las miradas más interesantes del cine italiano, europeo y mundial. Su más reciente largometraje de ficción (porque tiene además una amplia obra de cortos y documentales) sigue indagando entre el realismo y lo fantástico, entre la tradición y la modernidad.
Por Emilio Sillero
El cine de Alice Rohrwacher habita en una Italia atemporal, atorada entre su herencia milenaria y la imparable modernidad que la asedia. Ya sea el encuentro de la fé católica con las mezquindades del Siglo XXI en su ópera prima «Corpo Celeste» (2011), las prácticas agrícolas tradicionales con el mundo de la televisión en «Le Meraviglie» «(2014) o el pseudo-feudalismo enfrentado a las miserias urbanas de «Lazzaro felice» (2018), todas sus películas se inscriben en el choque inevitable entre esa Italia histórica, que vive de forma fantasmal en los pueblitos y en los campos, y la modernidad urbana y tecnológica que cada vez ocupa más espacio. «La quimera» (2023), el más reciente de los largometrajes de ficción de Rohrwacher, no es una excepción a esta regla.
La película sigue a Arthur (Josh O’Connor), un inglés que recientemente ha salido de prisión gracias a que Spartaco, un personaje con una identidad desconocida, pagó su fianza. El británico, un arqueólogo devenido ladrón de tumbas, regresa a un pueblito de la Toscana en el que supo vivir y trabajar. Allí se reencuentra con Flora (Isabella Rossellini), una anciana que vive en una antigua y despintada mansión, y sus tantas hijas. Una de ellas, Beniamina (Yle Vianello, que protagoniza Corpo Celeste), quien supo ser la pareja de Arthur, ha desaparecido sin dejar rastro alguno, y ahora habita exclusivamente en los sueños del protagonista. También ocupa la casa Italia (Carol Duarte), empleada doméstica, estudiante de canto a cargo de Flora y madre de dos hijos (a los cuáles oculta de la dueña de su maestra), que muy rápidamente empieza una relación romántica con Arthur.
Además de este grupo de mujeres, también salen a su encuentro sus camaradas tombaroli (ladrones de tumba), quiénes, sirviéndose del don mágico para encontrar ruinas etruscas que posee el protagonista, buscan enriquecerse rápidamente a través del saqueo de reliquias antiguas y la consiguiente reventa en subastas del mercado negro.
De esta manera, Arthur emprende una búsqueda de lo sagrado (ligado a su perdida esposa) que lo pone en constante tensión debido a las exigencias materialistas de los personajes que lo rodean, ya sean sus amigos profanadores o el elusivo Spartaco. Ésta travesía se desarrolla en un terreno tanto real como imaginario, ya que los escenarios de la cinta comprenden casonas y villas descascaradas, bosques antiquísimos, tumbas aún selladas, túneles claustrofóbicos y sueños melancólicos. La combinación de estos espacios con la miríada de personajes pintorescos que los habitan dan a luz a una película que parece existir en el limbo entre el mundo terrestre (el de los profanadores y el mercado negro) y el subterráneo (el de los muertos, los fantasmas y las esculturas funerarias talladas por los etruscos).
«La quimera» es una película enigmática y misteriosa. Una invitación a recorrer pasajes subterráneos que pensábamos perdidos o abandonados, dejando atrás, aunque sea momentáneamente, nuestras preocupaciones materiales para toparnos, al fin, con una imagen de una belleza de carácter divino.




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