Crítica de “El brutalista”, de Brady Corbet: Una épica arquitectónica sobre arte y memoria

Ganadora de tres premios Oscar (Mejor Actor para Adrien Brody, Mejor Fotografía para Lol Crawley y Mejor Música para Daniel Blumberg ), la nueva película del director de “La infancia de un líder” (2015) y “Vox Lux” (2018) es un espectáculo monumental sobre las huellas del nazismo y la contracara del sueño americano.

Por Alex Dan Leibovich

“El brutalista” (“The Brutalist”), de Brady Corbet, se consolida precisamente como una estructura de dicho movimiento, uno que surgió para reconstruir naciones, para resistir y dotar de nueva identidad a lo devastado por la guerra; una edificación monumental de tres horas y media que respira significados a través de su épica, de su tratamiento de la memoria, de la falsa promesa del sueño americano y de la relación de un artista con su obra, concentrados en la figura del arquitecto László Tóth.

La película comienza de forma fragmentaria, algo que marca de alguna manera la totalidad de la película: su inherente característica posmoderna. La carta enviada por la esposa de Tóth cuenta cómo ella y su sobrina huérfana se quedaron varadas en Europa, mientras el arquitecto llega a los Estados Unidos en medio de una introducción frenética y caótica. El paisaje completo de la ciudad de Nueva York no aparece en plano, sino que solo se ve una parte de ella: la Estatua de la Libertad, pero invertida. La figura, metáfora del sueño americano que no es, constituye una parte central de los cimientos de la película.

La primera parte de la obra se compone de esa ilusión, la de construir una vida nueva en la tierra de las oportunidades. Sin embargo, es un sueño que tiene hendiduras, por donde se empieza a filtrar lo pesadillesco. Tóth intenta establecerse en los Estados Unidos, trabajando para su primo. Un cliente, el hijo del empresario Harrison Lee Van Buren, le comisiona la remodelación de su biblioteca. Así, comienza una relación profesional, no exenta de grandes conflictos, lo que lleva al arquitecto a proyectar el ambicioso Instituto Van Buren, central en la película.

Adrien Brody interpreta a László Tóth. Su gestualidad y sensibilidad se empalman de manera orgánica con aquel personaje devastado, taciturno e ingenioso. Por otro lado, Guy Pearce encarna a Harrison Lee Van Buren, aquel empresario temperamental y caprichoso. Pero la diferencia es abismal, opuestos que representan dos extremos. Mientras que Tóth es absoluta vulnerabilidad, un hombre lleno de falencias pero expuestas con total transparencia (como las obras que crea), Van Buren es un tipo que pretende intelecto, sensibilidad y arte, pero que en verdad es violencia y falsedad.

La dicotomía está presente tanto allí como en la inteligente división de la película. El intervalo en el cine no solo cumple con la razón funcional de dar un descanso de 15 minutos, estirar las piernas, ir al baño y procesar mejor la obra, sino que también tiene una razón simbólica. La foto que aparece en la espera captura la vida antes de la muerte y el horror de la Segunda Guerra Mundial, con el casamiento de la pareja en un templo. Aparte de funcionar como una manera de hallar a la esposa y a la sobrina de Lászlo, la foto es una significativa expresión de la identidad judía. El intervalo es, de alguna forma, “el núcleo duro de la belleza” de la obra. Finalizado el lapso de tiempo, llega una segunda parte en la que la ilusión se choca con una realidad brutal.

En la familia de los Tóth se sintetizan los horrores del genocidio nazi: en Lászlo es adicción a la heroína, en su esposa Erzsébet es el dolor provocado por la osteoporosis, en su sobrina Zsófia es absoluto silencio. Tal vez, como diría Primo Levy, es aquel silencio por lo inefable, ese momento posmodernista en que luego de una hecatombe tan profunda ya es imposible encontrar sentido a la existencia. De ahí los elementos oníricos que también habitan en la película, de ahí lo ominoso del tipo de construcción que desarrolla Tóth (y que Judy Becker plasma en su gran diseño de producción), de ahí esa grandilocuente música de Daniel Blumberg, épica por momentos, extraña y caótica en otros.

“El brutalista”, bajo la brillante dirección de Brady Corbet, se consolida como una película titánica, cuya duración está más que justificada; la odisea de más de 40 años del arquitecto se siente en el cansancio del cuerpo inmóvil sobre la butaca. El VistaVision, un formato de película de pantalla ancha que se introdujo en la década de 1950 (al mismo tiempo que el auge del brutalismo), no solo es usado para transportar a uno de forma diegética a aquella época, sino para vivenciarla con la mayor amplitud posible. Sus lentes capturan el proceso de catarsis de un artista y la importancia de la memoria, impresa en las enormes construcciones que sobrevivieron al desastre y en todas las que vinieron después.

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