Crítica de “Desafiantes” (“Challengers”), de Luca Guadagnino: El amor en fuga

La más reciente película del director de «Llámame por tu nombre» encuentra en el universo del tenis el espejo apropiado para una historia de amistad y deseo.

Por Olivia Najt

Si Nueva York es la ciudad que nunca duerme, entonces New Rochelle, un pequeño conglomerado suburbano ubicado a apenas 25 kilómetros de Manhattan, parece que nunca despertó.

Y en New Rochelle transcurre esta película sobre el tenis, la competencia y el deseo, protagonizada por Zendaya (“Euphoria”, “Duna”) como Tashi, la tenista prodigio y gran promesa; y Mike Faist (“Pinball”) y Josh O’Connor (“La Chimera”) como Art y Patrick, mejores amigos y competidores. A partir de esa triada y al mejor estilo de “Y tu mamá también” (2001), de Alfonso Cuarón, “Desafiantes” explora la profundidad de las relaciones y pone a prueba los limites de la amistad, dejando lugar a la duda de la conformación de la sexualidad binaria en un film que contó con guion de Justin Kuritzkes, pareja de Celine Song (directora de “Past Lives”, otra película sobre un triangulo amoroso aunque con una mirada muy distinta).

Art y Patrick vienen de familias acomodadas y se conocieron en el internado donde aprendieron a jugar al tenis. A diferencia de Tashi, quien proviene de otra clase social, no es blanca y planeó su vida alrededor del deporte como única alternativa de supervivencia convirtiéndose en una fuerza imparable.

Cuando la ven por primera vez, en los juveniles, y luego en una fiesta al estilo de El Gran Gastby, armada para ella después de ganar la competencia que la propulsa a la fama, empieza la apuesta por conseguir su atención. “El tenis es una relación”, les explica la joven sobre su partido de esa tarde. “Durante 15 segundos estuvimos enamoradas”. Lo dice sentada sobre una piedra en la playa, con el pelo largo y con un vestido a lentejuelas azules. No podría ser más obvia la imagen del deseo adolescente.

Durante esa noche que deviene en una cierta exploración íntima entre los tres, en la que de fondo suena Blood Orange con “Uncle Ace”, se propone un trato: quien gane, ganará a Tashi. La amistad entre estos varones es larga e intensa, pero empieza a resquebrajarse porque no hay nada más excitante y personal que un nuevo plano de competencia.

Ella no es sólo un objeto de deseo. Después de lesionarse prematura y definitivamente, y terminar así su carrera como tenista, empieza su trabajo como entrenadora. Genera pactos, mueve hilos, y planea situaciones que tendrán efectos definitivos.

Vive vicariamente a través de los dos y, aunque empieza con Patrick, es con Art con quien se termina casando y teniendo una hija. Luego de una vida de lujo y fama, nota la complacencia y la falta de hambre de su pareja, y sus ganas de retirarse. La crisis está presente en los tres personajes, en quiénes son ahora, y qué es lo que quieren.

En el suburbio de New Rochelle está la competencia de poco vuelo -con el mismo nombre que toma la película- armada por una tienda de ruedas de goma, y este es el escenario donde se presenta una nueva oportunidad, un nuevo desafío. Ahí aparece Patrick, el viejo amigo, ex de ella y mayor competidor de Art, quien no ha logrado la fama, ni los premios, ni el estatus, y que a esa altura ya no tiene nada que perder. Si el hambre por competir en el juego que se presenta tanto dentro y fuera de la cancha desaparece, entonces no hay más nada.

A lo largo de la película no hay signos de amor claros, solo guiños y miradas. Y la mejor pista la da la banda sonora original producida por Trent Reznor y Atticus Ross, que suena cuando las cosas se ponen serias, cuando ya deja de ser superficial y hay algo que perder, o ganar. Una música tecno que podría sonar en una fiesta en un sótano repleto de personas, oscuro y sudoroso, en cualquier ciudad cosmopolita del mundo, y aparece en los momentos de juegos de poder, desnudez y sensualidad retratados con avidez y creatividad por el director de fotografía Sayombhu Mukdeeprom (“Suspiria”, también de Guadagnino; y “Memoria”, de Apichatpong Weerasethakul) dentro de los escenarios más fríos y representativos de Estados Unidos: vestuarios, canchas, lobbies y habitaciones de hotel sin personalidad, cadenas de comida rápida, camionetas gigantes, calles de hormigón, ladrillo y durlock en esta pequeña ciudad. Se trata del segundo largometraje que Guadagnino filma en los Estados Unidos luego de con «Hasta los huesos» («Bones and All») y, como siempre en la obra de este director, las locaciones tienen una importancia casi tan fundamental como la de los personajes principales.

Tampoco hay sentimentalismo en como está editada por Marcos Costa (habitual colaborador del director), dividida en tres sets, un match point y un desempate, con saltos visuales tanto entre los planos, como en esos instantes previos a que una raqueta le pegue a una pelota. Una clara diferencia con el resto de su filmografía, que cuenta con otro ritmo, más calmo y contemplativo, inclusive en sus películas de terror.

El único momento de vulnerabilidad que sí regala Guadagnino, es entre Art y Tashi en la habitación del hotel, sonorizada por Caetano Veloso con “Pecado”. Una conversación triste y tierna a la vez, la calma antes de la tormenta, literal y metafóricamente, cuando ella se reencuentre a escondidas con Patrick antes del partido final. Una secuencia fulminante, iluminada por la luz roja de los frenos del auto, y el viento y la música generando una tensión casi insostenible. Si este deporte es un juego de tiempos, porcentajes, provocación y paciencia para ver quién comete el error, también funciona como espejo de las relaciones en el marco de este triángulo. «Desafiantes» como la búsqueda del deseo de vivir (y de ver “good fucking” tenis).

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