Crítica de «La chimera», de Alice Rohrwacher: El tiempo contenido

La cuarta película de la directora italiana tuvo su estreno mundial en el Festival de Cannes 2023, pasó luego por el Festival de Mar del Plata y este año tuvo una función en el marco de la Semana del Cine Italiano en Buenos Aires.

Por Mariu Fermani

La imagen se invierte y vemos a Arthur boca abajo como una invocación al arcano 12 del tarot: El colgado. Esta carta augura el pasaje del mundo profano al sagrado, un cruce que requiere siempre de un sacrificio ejemplar como lo es la muerte. Durante toda la película nos preguntamos si en realidad lo que mueve a Arthur, el personaje interpretado por Josh O’Connor, son sus ganas de sacrificarse para encontrar a su amada muerta, la angelical Beniamina, así como Orfeo lo hizo por Eurídice.

La película narra las aventuras de Arthur, un inglés que luego de haber sido liberado de la cárcel regresa a un pueblo rural de la Toscana italiana. Ahí lo esperan sus amigos, los tombaroli, como se llama a los ladrones de tumbas con los que se dedica a buscar y desenterrar objetos etruscos que fueron ofrendas para los muertos. Arthur posee un don que lo vuelve ideal para este tipo de trabajo, ya puede conectar con el mundo espiritual, posee cierta videncia o sensibilidad que lo convierte en un médium entre el pasado y el presente, un intermediario de lo que está arriba con lo que está abajo enterrado. Como un zahorí medieval, aquellos que encontraban agua bajo tierra o metales empleando una rama con dos puntas, Arthur logra dar con las coordenadas justas de las tumbas y sepulcros etruscos. En esos momentos de hallazgo la cámara se mueve en un paneo vertical, completando un giro de 180° que deja la imagen invertida y a Arthur boca abajo.

Rodada en fílmico, la relación de aspecto de la imagen varía -a modo de código temporal- según el tiempo presente del relato y las revelaciones oníricas visualizadas por Arthur. Estas últimas configuran una especie de limbo, donde el personaje puede ver a Beniamina o luminosos paisajes rurales. La película está bellamente fotografiada por la francesa Hélène Louvart, responsable en este terreno de todas las películas anteriores de Rohrwacher, así como también de varias películas argentinas como «Salamandra» (2008), de Pablo Agüero; «Familia sumergida» (2018), de María Alché; y «Puan» (2023) de Alché y Benjamín Naishtat.

Otro recurso a destacar de «La chimera» es el uso retórico que hace de la música. Cuando Arthur y los tombaroli entran en acción cavando, desenterrando vasijas, huyendo de la policía, un cantor narra sus aventuras en paralelo. Este es Valentino Santagati, un auténtico intérprete de la música popular italiana. Del mismo modo que el coro en la tragedia griega, su canto reflexiona sobre las acciones de los personajes y, de manera algo explícita pero encantadora, es la voz crítica de la directora.

Rohrwacher vuelve a abordar el vínculo que la sociedad mantiene con el pasado. Así como en «Lazzaro felice» (2018) los personajes vivían en líneas temporales desfasadas, en «La chimera» se configura un presente indiferente al que le cuesta comprender y dialogar con el pasado. En forma de fábula, cuestiona la relación mercantilista que el sistema en el que estamos inmersos establece con la historia, específicamente cómo las ofrendas a los muertos terminan subastadas a precios altísimos por el mercado del arte para terminar exhibidas en un museo. Mientras que los hombres replican las reglas del sistema, las mujeres abrazan el pasado, lo actualizan y le dan una continuidad.

Es el personaje de Carol Duarte, que tiene la contundencia de llamarse Italia, la que a ofrece una alternativa al accionar de los tombaroli resignificando el pasado activamente. La misma Alice lo hace en su película recuperando distintas tradiciones, todas manifestaciones que convocan un sentir colectivo: desde el rito fúnebre de los etruscos, la mitología, el carnaval, las fiestas de baile y el canto popular, hasta incluyendo a la gran Isabella Rossellini como intérprete de uno de los personajes. Algo se está perdiendo. Los espectadores lo sentimos de forma deliberada en aquella escena donde se filman los frescos de un templo bajo tierra. Al ser profanado y entrar la luz de la superficie, pareciera que aquellas pinturas se secaran y los espíritus que lo habitaban se perdieran para siempre.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑