Nueva película en la que esta muy particular, versátil y multifacética familia nos sumerge por la bella poesía de lo tenebroso.
Por David Warjach
En una época como la actual, en la que se va incrementando la injerencia de las corporaciones en los guiones, direcciones y el corte final de las películas, las producciones de la familia Adams son una rareza. John Adams y Toby Poser, junto a sus hijas, Zelda y Lulu Adams, desde hace algo más de 12 años vienen creando varios films en calidad de guionistas, directores, musicalizadores y protagonistas. Poseen su propia productora, Wonder Wheel Productions, sin más instalaciones que la casa en que la viven en el pequeño pueblo de Beaverkill, y el bosque que la rodea.
“Where the Devil Roams” (Donde el diablo vaga), película que se ha exhibido en Argentina en la 38ª edición del Festival de Mar del Plata 2023, ha sido la última producción de la familia Adams. La han precedido otras dos películas también comprendidas dentro del género de terror, “The Deeper You Dig” (2019), y “Hellbender” (2021), con las cuales parecería haberse abierto un rumbo prometedor para estos realizadores, quedando postergada la perspectiva del simple drama, en la cual se encuadraban sus films anteriores. Y no se trata de que en el ciclo iniciado con la película de 2021 quede excluida la dimensión del drama. Es evidente que los integrantes de Wonder Wheel utilizan las formas del cine de terror para transmitir una multiplicidad de formulaciones que atañen a diversas áreas, y muy especialmente a la dramática de la vida familiar.
En “Where the Devil Roams”, los Adams (en realidad John, Toby y Zelda, ya que Lulu no interviene en esta película como directora ni guionista), crean un mito de base. Esta perspectiva, ya insinuada parcialmente en sus dos películas previas -con contenidos diferentes-, se presenta ahora de manera más contundente y afianzada, cimentando los acontecimientos que transcurrirán en el film. “Que transcurrirán”, ya que este contexto mitológico se presenta mediante un prólogo. Si bien este recurso no es original, ni inédito, la manera en que está realizado no sólo transmitirá información, sino que se constituirá en un soporte estético que infundirá un sentido poético, visual y narrativo al resto de la película.
Durante algo más de tres minutos, previos a la aparición del título del film, se presenta una escena que sugiere por su calidad (precario blanco y negro, imperfecciones en la reproducción, y escasa definición en varios planos) haber sido filmada a mediados de la década de 1930, época en la que transcurren los hechos referidos en la película. Con una iluminación temblorosa, en la que se resaltan las luces y sombras, al modo del expresionismo alemán, se presenta un teatro colmado de público. Ingresa al escenario un hombre que se arrastra ayudado por sus rodillas y manos, por evidente impedimento en las piernas, y lee pausadamente un poema. El tema: la historia de la caída de Abbadon y el corazón mágico. Se trata de un poema con métrica libre, y con un preciso uso del ritmo y la rima. Esto último queda totalmente perdido en los subtítulos en español, ya que, como se sabe, la traducción de los poemas es imposible, o una labor sólo para especialistas dispuestos a traicionar el texto original. Es necesario resignar por un momento los subtítulos y dejarse llevar por la musicalidad del poema. Entre esta y el sentido que transita por los callejones lúgubres del encuentro siempre imperfecto del demonio con el cuerpo humano el clima fascinante queda logrado. Quien habla podría ser uno de los amigos del Diablo, ya que, según el texto, entre ellos se encuentra “lo brutalmente defectuoso”.
Un inicio que impacta, más aún cuando a lo largo del film algunos de los versos del poema son repetidos a modo de conjuro o simplemente de relato de un conjuro. Y esa estética de filmación que se percibe en el inicio del film se reitera sobre el final, creando una ligazón, más allá de las palabras, entre el destino de los protagonistas, y la mitología fundante de la historia.
“Where the Devil Roams” relata la historia de Maggie (Toby Poser) y Seven (John Adams), quienes junto a su hija Eve (Zelda Adams) poseen un acto secundario en una feria ambulante de fenómenos en plena depresión económica de los años ’30 en los Estados Unidos. Existen dos hilos argumentales, vinculados entre sí, pero con diferente relación respecto del eje narrativo central y del curso de la estética de las escenas.
Por un lado, Maggie es una asesina serial, pero que mata a quien se lo merece (obviamente, según su propio criterio). En esta vertiente narrativa, comprendida en el subgénero gore, no se ahorran decapitaciones, violencia y sangre por doquier, pero es tomada con total naturalidad por los otros dos integrantes del trio familiar. Sólo existe el obstáculo de una cierta reacción adversa que sufre Seven ante la percepción de la sangre (producto de un pasado traumático en la Gran Guerra), lo cual se resuelve tapándole los ojos cuando se avecina el asesinato. Estas circunstancias y cierta candidez e ignorancia de Maggie brinda algunas notas de excelente humor negro.
El otro hilo argumental, que podría ser considerado central, está más vinculado al prólogo, tanto por su contenido como por su estética. Ice Carnival, la feria en la que los protagonistas tienen su fracasado acto, atraviesa las dificultades propias de la situación económica del país. Sólo uno de los actos, realizado por Mr. Tipps (Sam Rodd), logra cierta convocatoria gracias a un aspecto truculento carente de explicación para los espectadores de la feria, pero no para quienes han prestado atención al prólogo de la película. Ambos ejes argumentales se entrelazan cuando uno de los ataques realizados por Maggie sale mal, y ella y John quedan gravemente heridos. Eve va en busca de la solución y se apropia del secreto de Mr. Tipps, aunque no en forma total.
Podría pensarse que, a partir de ese momento empieza a percibirse una influencia de “Frankenstein …”, pero con cierta inversión: si el doctor Frankenstein unía partes de cadáveres para crear vida, Eve une partes vivas para evitar la muerte. El tema del cuerpo, su alteración, transformación y descomposición, pasa a estar en primer plano, incluyendo este film en el subgénero del terror corporal. Esta perspectiva de horror resalta aún más cuando en el acto que montan los protagonistas contrasta con la dulzura de Eve y su canto melodioso.
En las primeras dos terceras partes del film (exceptuando el prólogo), si bien mantienen un tono relativamente sombrío, hay presencia de colores generalmente apagados que alternan con escenas en sepia. En la medida en que la descomposición de los cuerpos va tomando un lugar prominente en la trama, los colores van desapareciendo, las escenas se restringen al blanco y negro, y la estética se asimila a la del prólogo. Lo ominoso, tenebroso y angustiante queda ligado a esta estética. De allí que el humor sólo haya podido anidar previamente, en el marco de los asesinatos cometidos por Maggi, por más violentos que hayan sido.
El contraste estético entre la primera hora de la película y su última media hora, hegemonizada por las vicisitudes de la alteración corporal, atraviesa el acto que Maggie, Seven y Eve montan en la feria. En un pequeño escenario, Eve, caracterizada como un ángel, entona con triste dulzura la canción “Blessed in the love”, mientras sus padres realizan una rudimentaria coreografía. En la medida en que los hechos se precipitan hacia desgracia, se van perdiendo los colores. Eve prosigue inmutable con su canto, la coreografía de sus padres se altera y el acto va ganando en popularidad.
Eve no se lamenta, sigue adelante con su propósito. Irá más allá de los límites. ¿Guiada su mano por el Diablo? ¿Será como lo sugiere Seven al relatar algo de lo que está leyendo?: El mundo vive al revés, el diablo dice la verdad y Dios miente.
Tanto en la secuencia de asesinatos como en el advenimiento del infortunio el grupo familiar se conduce con un apacible lazo de unidad. Sus actuaciones en todo momento son acordes a esa premisa. La “inocencia” de Maggi brota en Toby Poser con una naturalidad asombrosa, al igual que la perplejidad, y por momentos resignación, con que John Adams hace totalmente creíble en Seven. Eve, el personaje de Zelda Adams, no habla, se mantiene imperturbable, pero canta y, cuando lo hace, emana todo su carisma, el cual ya se había puesto de manifiesto en “Hellbender”. Debe mencionarse también la actuación de Sam Rodd, quien interpretando a Mr. Tipps se transforma prácticamente en un cuarto protagonista que acompaña a los tres primeros en esta épica de lo tenebroso.
Un párrafo aparte merece la banda sonora, compuesta en su totalidad por temas del grupo H6llb6nd6r (Hellbender) -también conformada por los integrantes de la familia Adams- que completa un producto altamente apreciable y que incita a esperar lo próximo por venir.
Por último, un agradecimiento a los Adams por haber hecho una película de terror, sin echar mano del recurso fácil de los despreciables (al menos para algunos) jumpscares.




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