Dos valiosos retratos de la marginalidad en zonas desfavorecidas que, más allá de lo sórdido y extremo de sus respectivas historias, no están exentos de una mirada empática y de impronta humanista.
Por Santiago Guia
En tiempos convulsos para la sociedad argentina, donde la crisis económica afecta severamente a una gran mayoría de la población, exponentes de la Competencia Argentina del BAFICI no son refractarios a esta cuestión. Más allá del ajuste y hostilidad discursiva que ha recibido el Instituto Nacional de Cine y Artes Audiovisuales (INCAA) de parte de funcionarios del Estado Nacional, la situación económica dificulta cualquier intento de filmar por fuera de la gran industria. En este sentido vale echar un ojo a producciones como «Territorio», de José Celestino Campusano (entre sus trabajos se encuentran «Hombres de piel dura», «Vil romance» y «Vikingos»); y «Vrutos», de Miguel Bou («Te la vamos a dar», «El camino de la rata», «La reina del arroz con pollo»). Estas películas no solo levantan orgullosamente la bandera del cine independiente sino que les interesa poner la lupa en aquellos sectores más vapuleados por la erosión del tejido social.
«Territorio», de un director prolífico director y habitué del festival como Campusano, nos lleva al sur del conurbano bonaerense, puntualmente a la localidad de Berazategui, para contarnos la historia de Román Campusano (Gustavo Vieyra), un hombre dedicado a oficiar de entrenador de boxeo consiguiendo para él y sus peleadores alguna moneda sacada mediante apuestas en exhibiciones; pero también ligado a cuestiones de seguridad y alguna intermediación punteril para los jefes del Partido Justicialista de su localidad. El apellido no es casualidad: el personaje está basado en su hermano, así también como -según palabras del director- el 90% de los personajes tienen correlato con las personas reales involucradas en su historia.
Moviéndose por estos medios tendrá que lidiar con la deshonestidad y el turbio ambiente del mundo del boxeo, donde las cosas se resuelven por la fuerza incluso después del acto deportivo; y también con los aprietes, chantajes y demás tensiones en el subsuelo de la política. Román no es mero medio para hablar de los rincones sórdidos de este Berazategui, sino que a Campusano (director) le interesa abarcar lo máximo posible de su dimensión humana. Es por eso que también explora la relación con su hijo (constantemente en el ojo de la policía por cuestiones de violencia de género), el desamor tras una reciente ruptura y su vacilación interna ante una realidad que ya no puede enfrentar con el vigor que poseía en su juventud.
Esta variedad de subtramas, algunas más interesantes y mejor cerradas que otras, generan una pérdida de foco que termina tapando sus exploraciones temáticas más interesantes, se privilegia la acumulación al detalle. Campusano tiene una intencionalidad política en esta representación abarcativa, intencionalidad que se deja ver también en su elección de elenco. La mayoría de los actores son debutantes y de extracción amateur, y esto se suma a un registro cuya idea es alejarse de las representaciones con una naturalidad impostada en el cine y la tv mainstream, pero el problema no radica ni en el léxico, ni el ritmo o cadencia utilizados sino en la dificultad para transmitir emoción en un estilo cuasi monocorde.
Por otro lado, «Vrutos» es el quinto largometraje de Miguel Bou como director y guionista. Esta historia también tiene un costado personal en su ambientación: es el Lugano natal del director. Brian (Gregorio Barrios) es un pibe de barrio que reparte su ocio entre sus amigos, jugando al fútbol, charlando o escuchándolos “tirar free” (enfrentarse en batallas de rap) en el skatepark de su barrio; y saliendo con su novia con la que planea convivir en el corto plazo. Mientras tanto vive con su padre Marcelo (Dante Mastropiero, el icónico Negro Pablo de «Okupas») con quien mantiene una tensa pero afectiva relación. Marcelo teme que la malas influencias del barrio lo lleven por el camino de la delincuencia que él mismo transitó de joven y del que intenta mantenerse despegado para alejar del peligro a su hijo.
Su temor no es infundado: Brian ante la discriminación que sufre por fuera del barrio y las dificultades económicas está tentado en convertir el robo y la violencia en su medio de vida, además de recrearse y/o evadirse con distintas drogas. Un altercado con un grupo de rugbiers quienes lo humillan e insultan tras verlo pasar con su novia insinuando que es demasiado para su estatus social, inicia un enfrentamiento violento que irá escalando con el devenir del relato.
Cumple un rol de apañamiento en su entrada al mundo del crimen su padrino e intimo amigo (y ex-socio) de su padre El Negro, interpretado por Diego Alonso, también celebre por su participación en «Okupas» como El Pollo. De la misma serie también extrae a Franco Tirri, quien interpretaba a El Chiqui y acá hace un papel menor que sin embargo tiene ubicación preferencial en la apertura y el cierre de la cinta. No es ociosa la referencia, hay una intencionalidad en trazar continuidades pero también radicalizaciones y rupturas en el panorama de marginalidad de finales de los años ’90 y principios de los 2000 que se retrataba en la obra Bruno Stagnaro, realizador y guionista de la serie y codirector y coguionista junto a Adrián Caetano de «Pizza, birra, faso».
Es ante todo una historia sobre violencia, y le interesa remarcar cómo esta violencia tiene sus raíces en el deterioro de las condiciones sociales, donde la desigualdad pero también la búsqueda de una diferenciación crea hostilidad. Filmada en blanco y negro (destaca la fotografía de Fer Rodríguez), principalmente con cámara en mano y donde los planos son habitualmente cortados por columnas o paredes que los encierran, se busca mostrar este Lugano como un ambiente opresivo donde es difícil evadirse de él y la incertidumbre que genera.
La historia de un padre que trata de darle a su hijo una mejor vida de la que él mismo tuvo, pero que debe lidiar con la fatalidad de estructuras sociales más fuertes y apremiantes que sus deseos recuerda a «Mamma Roma», de Pier Paolo Pasolini. Haya una inspiración directa o no, el punto fuerte de «Vrutos» no está en su originalidad sino en el buen hacer del director y sus intérpretes (destacadísimo Mastropiero) que logran mantener una tensión constante pero sutil durante gran parte de la película y tocar cierta fibra sensible en los momentos que lo pretende; además de lograr interpretar correctamente lo que es una tragedia universal en términos locales.
En ambas películas hay un lugar privilegiado para representar lo decadente, lo bajo de sus sus escenarios. Sin embargo, la humanización de sus personajes y las posibilidades de redención, con distinta intensidad, es algo que también comparten. Si el cine es entre otras cosas la posibilidad de compartir y dar a comprender miradas ajenas, la cercanía de sus autores con el material le da un plus a estas perspectivas del presente.




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