BAFICI 2024 / Crítica de «Los amantes astronautas», de Marco Berger: Los límites del chamuyo

El prolífico director de «Plan B», «Ausente», «Hawaii», «Mariposa», «Taekwondo», «Un rubio», «El cazador», «Gualeguaychú» y «Los agitadores» estrenó una película que es una suerte de variación de las temáticas abordadas en sus trabajos previos.

Por Astor Ballada

Podría decirse que el de Marco Berger es un cine de temática más que de obsesiones. La temática es clara: el mundo gay masculino, haciendo foco en la iniciación, sea del auto-reconocimiento homosexual (salida del closet) como de un sentimiento y/o la mera pasión física. A partir de ahí Berger parece embarcado en explorar distintos registros, pudiendo ir del drama melodramático (“Taekwondo”, 2016, codirigida con Martín Farina) hasta el thriller (“El cazador”, 2020, tal vez su película más lograda).

Esta vez estamos ante una comedia dramática que tiene como escenario el verano en una casa en Mar Azul, balneario hippie chic (o de hippie con OSDE) situado entre Villa Gesell y Mar de las Pampas, donde un grupo de amigos (amigues) pasa los días sin ningún apuro ni obligación, al son de playas casi desiertas, bosque, encuentros sociales afectados y visitas/paseos al centrito de la localidad.

Allí converge este conjunto de hombres y mujeres, que no son adolescentes pero tampoco terminan de ser adultos; digamos, veinteañeros largos o treintañeros cortos, que en sus usos y costumbres, opiniones y chistes se muestran burgueses y con ínfulas progresistas. Sabemos esto último por el aspecto físico, por la forma de vestir y hablar, por los términos que usan, por las pocas opiniones que vierten; con eso alcanza, aunque nunca sepamos de qué viven ni qué trabajo tienen, si lo tienen. Bajo este microclima se desarrolla la historia de la película, que no es otra que la del incipiente vínculo afectivo/amoroso entre Pedro (uno de los primos dueños de casa) con Maxi, un amigo del grupo, quien se había conocido con Pedro en la infancia para no volverse a ver hasta este encuentro.

El registro intimista, de miradas y charla relajada en tiempos de vacaciones (“vacas”, es el término que se utiliza) y sin apuro urbano, permite establecer la pertenencia del film, a su vez, a una suerte de subgénero (¿Relaciones de playa?), con ejemplos como “Paulina en la playa” (1983), de Eric Rohmer; “Una novia errante” (2007), de Ana Katz; o “Las Vegas” (2018) de Juan Villegas, donde los planos pueden detenerse y prolongarse en una conversación, sin abrirse pese a la tentación del bosque y, sobre todo, de la playa y el mar. En este sentido armoniza perfectamente la banda sonora del film (la música está a cargo de Pedro Irusta), con temas en inglés generosos en dejos acompasados de rock indie, para acompañar ciertas escenas.

Así las cosas, toda la ambientación de “Los amantes astronautas” daba pie para muchos e interesantes planteamientos, por eso cabe cuestionar el temprano agotamiento de una trama que se centra y se reitera en un ida y vuelta, en un juego del gato y el ratón, que se da entre sus dos protagonistas, Pedro y Maxi, mientras las cámara desafía al espectador no acostumbrado a detenerse en la belleza masculina heteronormativa (no hay gordura ni flacidez ni morochez, por ejemplo) de rostros, torsos, bocas y zona genital. Un abordaje a la estética homoerótica que no se llega e extremar en su expresividad, convengamos, como sucede en “La noche” (2016), de Edgardo Castro.

Se asiste, paralelamente, a un desfile de juegos de palabras e histeriqueos que a veces rozan aquella vulgaridad conservadora del doble sentido tan propia de los años ’80 (digámoslo, algunos parlamentos pueden hacer recordar a Alberto Olmedo en el sketch de El Manosanta).

Mientras amigos de toda índole y hasta de casas lindantes se manifiestan abiertamente empáticos (llegan a decepcionarse si la relación no termina de fluir), se aprecia cómo se van acortando las distancias entre el intelectual y españolísimo Pedro (lo vemos leyendo, tomando apuntes, dando referencias cinéfilas y melómanas) y el macho alfa que es Maxi, quien, mientras no termina de ser un cabeza de termo, amaga y amaga con salir del closet, alimentando la frustración de Pedro, que se defiende como puede, valiéndose para ello alternativamente del cinismo escondedor y la honestidad brutal.

Asistimos a una generación de confianza in crescendo (hacia el “japi” end, podría decir Pedro), y tal vez ahí resida la principal virtud de la película: mostrarnos -aunque para ello se repita el recurso del chiste fácil autoconsciente hasta el hartazgo- cómo se gesta en el transcurrir de unos pocos días, adrenalina, mentiras y sensibilidad mediante, un vínculo y una nueva mirada de la vida afectiva.

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