Entre los clásicos restaurados de la sección Rescates se exhibieron dos notables películas de mediados de la década de 1980, que fueron premiadas en el Festival de Cannes con diferencia de un año.
Por Diego M. González
Después de hora (1985). Dirección: Martin Scorsese.
El director de clásicos como Taxi Driver, Toro Salvaje y Buenos muchachos incursionó por segunda vez en la comedia negra con este film que le valió el premio a Mejor Director en el Festival de Cannes de 1986.
La película comienza en una oficina con un movimiento de cámara veloz hasta el primer plano del protagonista, Paul Hackett (Griffin Dunne), instruyendo a un empleado sobre la carga de archivos en la computadora. Mientras el empleado le cuenta que no va a pasar toda su vida haciendo ese trabajo, la cámara va girando alrededor de Paul; entre el travelling circular, primeros planos y planos detalles de la vida de oficina ya tenemos la descripción del personaje: un hombre de 30 años, cansado, desganado, aburrido de la existencia del hombre común. Cuando Paul sale del trabajo a través de un portón de rejas gigante, Scorsese sitúa la cámara frente a dicho acceso en un claro homenaje a los hermanos Lumiere, pero ahora no son obreros saliendo de una fábrica sino empleados alienados de una empresa de informática.
Paul llega a su casa, se tira en el sillón a ver televisión, chequea si tiene mensajes en el contestador, todo en modo abulia on. Luego, lo vemos en un bar leyendo «Trópico de cáncer», de Henry Miller, que es… ¡una oda al hedonismo y la vida desenfrenada! “Yo amo ese libro”, le dice Marcy (Rosanna Arquette) y así se conocen. A partir de ese momento, comienzan a sucederse varias situaciones extrañas: Paul pasa una noche frenética, con situaciones kafkianas, engorrosas e incluso peligrosas y momentos de gran comicidad.
Las referencias al cine y a la música como marca de autor de Scorsese: «El mago de Oz», «La ventana indiscreta», The Monkees, Joni Mitchel, incluyendo también un cameo del propio director como iluminador de una discoteca. Scorsese retrata una vez más su amada Nueva York, esta vez de manera nocturna e inquietante: el Soho, un barrio con calles sucias, solitarias y peligrosas, sin el glamour hípster de estos días, repleto de edificios con lofts abandonados y una cantidad de personajes nocturnos característicos de mediados de la década de 1980.
Después de las peripecias que vive el protagonista durante toda la noche, la aventura termina donde comienza la película: en su lugar de trabajo. Como si hubiera salido de un molde de yeso (Oh ¡vaya, efectivamente sale de un molde de yeso!), Paul vuelve a ingresar a través del portón de rejas gigante, entra a su oficina y se sienta abatido en la silla, mientras la cámara realiza el movimiento inverso del inicio.
“Después de hora” es una película que está construida de manera perfecta, como si fuera un mecanismo de relojería; no es casualidad que tanto el afiche publicitario como hasta los movimientos de cámara (los travellings circulares) se refieran al reloj y a su funcionamiento. Se construye así una circularidad que refleja la rutina del hombre común en su cotidianeidad dentro de un mundo capitalista. Como dijo Pappo varios años atrás, “el hombre (sub)urbano vive su rutina / sin darse cuenta que / su vida terminará…”
Paris, Texas (1984). Dir: Wim Wenders
Ganador de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1984, el director de «Las alas del deseo» (1987) y de la recientemente nominada al Oscar «Días perfectos» (2023) logra en «París, Texas» una obra maestra donde conjuga algunos elementos del género western con ciertas reflexiones filosóficas acerca del amor, las pérdidas y la redención en un drama seco y minimalista… como el desierto de Texas.
La aparición de un hombre en el desierto gigante y vacío. Camina. Camina sin sentido. Así comienza la película. Ese hombre es Travis (Harry Dean Stanton), quien perdió el habla y la memoria. Lo encuentra su hermano Walt (Dean Stockwell), la persona que lo ayuda de a poco a recobrar recuerdos sobre su repentina desaparición cuatro años atrás, cuando Travis abandonó a su esposa Jane (Natassja Kinski) y a su pequeño hijo Hunter (Hunter Carsson). El deseo de Travis es encontrar a Jane. Pero no recuerda nada. El dolor lo consume. No sabe hacia dónde ir. Pero sabe que necesita verla. Necesita verla una vez más. Necesita contarle qué pasó. Necesita que Jane sepa cuánto la amaba; cómo y por qué lo perdió todo. Necesita, por sobre todas las cosas, que el hijo recupere a su madre.
El uso de película en formato Super 8 para ver proyectada una filmación antigua donde observamos a Travis, Jane y Hunter plenos de felicidad es un recurso utilizado de manera genial por Wim Wenders para generar esa sensación de inmensa melancolía, resaltada con la sobria y exquisita guitarra de Ry Cooder. El director alemán crea, así, en “Paris, Texas” una composición visual fascinante. Su trabajo lo realiza junto al director de fotografía Robbie Müller, retratando, con una maravillosa paleta de colores tanto el sur de los Estados Unidos como los escenarios de intimidad (nota al margen: es una experiencia imperdible ver esta copia restaurada en 4K en pantalla gigante): desde el desierto amarillo que quema la pantalla hasta los rojos y fucsias en la cabina del peep show donde Travis encuentra a Jane; desde el azul que inunda de tristeza toda la escena de Travis hablando con Jane a través de un vidrio de la cabina hasta el verde esperanzador de la escena final.
Todo género cinematográfico tiene una serie de características por la cual es reconocido: en el western el héroe protagonista es un hombre solitario, anhelante de vivir en paz y en libertad y que generalmente tiene una misión que cumplir (a veces, es la de viajar de un lugar a otro; otras veces es rescatar a un personaje femenino; otras veces es la de imponer justicia de manera no convencional, etc.). El existencialismo, en tanto corriente filosófica y literaria, refiere a grandes rasgos a la angustia que genera en el hombre la responsabilidad de sus actos y su libertad; esa angustia que nace en el individuo por saber que las cosas comienzan y terminan, así como el ciclo natural de la vida.
El héroe de nuestro western existencialista, entonces, sale al camino otra vez en busca de cumplir su misión; debe llevar adelante su propio destino manifiesto, para poder así intentar suturar el pasado. Travis sabe que no habrá pan que tape el agujero, el de la angustia existencial. Sabe que con su súbita desaparición lo abandonó todo. Incluso lo que más amaba. Sabe que el amor no alcanzó. Sabe que su suerte está marcada. Pero sabe que tiene una última oportunidad. Un acto final de redención. Porque Travis sabe, irremediablemente, que primero hay que saber sufrir, después amar, después partir…




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