La última película del director de «Memento: recuerdos de un crimen» (2000), «Noches blancas» (2002), «El gran truco» (2006), «El origen» (2010), «Interestelar» (2014), «Dunkerque» (2017), «Tenet» (2020) y la trilogía de «Batman» integrada por «Batman inicia» (2005), «El caballero de la noche» (2008) y «El caballero de la noche asciende» (2012) se centra en la vida del científico que llevó adelante el proyecto que tuvo como corolario la creación de la bomba atómica. Una película de grandes pretensiones, pero que se sostiene principalmente en la gran actuación de Cillian Murphy.
Por Astor Ballada
Si bien flaqueada por distintas razones, la corrección política sigue estando presente en aquella filmografía que, aunque autoral, sigue avalando Hollywood. Un buen ejemplo es este nuevo trabajo de Nolan, «Oppenheimer», máxima ganador de los últimos premios Oscar (Mejor Película, Mejor Director y Mejor Actor, entre otros) que acaba de subirse a la plataforma Max.
Si en la saga de «Batman» (2005, 2008, 2012) Nolan se las arreglaba para hacer más de una reflexión interesante sobre el estado de las cosas, al son de un pulso narrativo tan loable como inflado de presupuesto, aquí ese rigor formal se mantiene (Oscar en Fotografía y Edición para confirmarlo), pero falla desde la obsesión de dar con todos los tópicos de una biografía por demás interesante: con guion del propio Nolan, el film es una adaptación del libro «Prometeo Americano: el triunfo y tragedia de J. Robert Oppenheimer», de Kai Bird y Martin J. Sherwin.
Entonces tenemos una película de tres horas -duración no excesiva si se piensa desde las motivaciones abarcadoras del director-, con una trama que se va tensando a pura vorágine de interrogantes y temas que se despejan parcialmente mientras se suman nuevos nudos narrativos. Vamos del pasaje del estudiante/científico iluminado que alucina partículas espaciales (a lo que se suman alegorías del fin de mundo) hasta al burócrata de estado que se pone al frente del proyecto atómico que tendrá consecuencias concretas pero también insondables hasta el día de hoy, y que es acusado en distintas instancias gubernamentales (no faltan escenas del género alegato, con participación ad hoc de actores de gran presupuesto como Matt Damon y Kenneth Branagh). También lo vemos como simpatizante comunista y hasta como mujeriego, aspecto que se manifiesta en flirteos, pero principalmente en la relación con una comunista con… problemitas mentales, para culminar sostenido política y afectivamente por una compañera seria y compresiva interpretada por Emily Blunt.
La sucesión de cortes de edición y flashbacks en distintas capas (se utiliza el blanco y negro para establecer tiempos intermedios) propone una seguidilla de protagonistas secundarios cuyas razones de ser muchas veces no son otras que las de justificar algún nombre propio de la historia real (por ejemplo, los que interpretan Cassey Affleck y Rami Malek). Por ahí lo vemos a un amargado Einstein, cuya aparición roza la caricatura, porque como tiene que pasar, te bate la justa. Tampoco faltan las sentencias precisas en el momento preciso, alla western; pero también están los diálogos que se tornan endebles, como aquel que termina con un “hablémoslo los viernes”.
La edición apresurada hace recordar a «JFK», de Oliver Stone. El tema es que cuando aquella vorágine de Stone mareaba con datos e imágenes en una suerte de metadiscurso del opaco acontecimiento histórico que retrataba, en el caso de «Oppenheimer» se trata de llevar al espectador de una respuesta argumental a otra, lo que requiere una atención propia de un científico durante toda la película. Por suerte esta Murphy, que atraviesa cada escena con una actuación milimétrica, para dar con el tono requerido en cada gesto y en cada palabra.
Problema, el de la dispersión, que Nolan sorteaba con sutileza en «Dunkerque» (2017), donde también retrataba un hecho histórico, pero sin dilemas tan personalizados, lo que paradójicamente le daba más concentración en lo que quería decir al director de la ya mítica «Memento, recuerdo de un crimen» (2000).
Pero si nos perdemos, no hay problema: sobre el final de «Oppenheimer» se nos asiste con la evidencia (sin tantos fuegos artificiales y con mucho Murphy) de lo que se nos quería contar: un héroe íntegro desde la no traición y la articulación del mal menor; pero que, torturado y culposo, recibe un reconocimiento a medias, ya que al fin y al cabo ha sido usado por un sistema que lo erige como chivo expiatorio.




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