Critica de “Pobres criaturas”, de Yorgos Lanthimos: Imágenes de un mundo deforme

Ganadora de cuatro premios Oscar, la más reciente película del director griego con Emma Stone (consagrada nuevamente como Mejor Actriz por la Academia de Hollywood), Mark Ruffalo y Willem Dafoe es una audaz y provocadora tragicomedia retrofuturista basada en la novela homónima de Alasdair Gray (1992).

Por Maria Laura Thaler

“Pobres criaturas” (“Poor Things”) despliega desde la primer escena un abanico de recursos visuales, técnicos y narrativos que atrapan al espectador en un relato que admite varias lecturas.

Ambientada en la época victoriana, en la que las mujeres enfrentaban numerosas restricciones sociales, económicas y políticas, la protagonista emprende un viaje liberador en el que logra escapar de los roles de género tradicionales y participar activamente de movimientos de activismo femenino.

Lanthimos refuerza sus ideas desde los créditos, que dibujan un espacio cerrado, limitante y también en la primera escena, en la que se ve a una mujer que se lanza al vacío o que vuela y que es anticipatoria de hechos que se darán a conocer más adelante.

El film sigue la historia de Bella (Emma Stone), una mujer que es vuelta a la vida por una suerte de Frankenstein, un extraño científico que la cría como su hija y la mantiene alejada del mundo real, introduciéndola en sus proyectos de experimentación. En busca de nuevas experiencias e impulsada por fuertes pulsiones sexuales, ella se rebela y emprende un itinerario hacia su madurez, su libertad y su empoderamiento. Los nombres de los personajes principales tienen un significado asociado a su rol en la historia.

El director recurre al ojo de buey, con el que podemos espiar lo que sucede, y al gran angular, con el que logra deformar la imagen. Parecería entonces que estamos frente a un mundo fantástico totalmente alejado de nuestra realidad cotidiana: el deseo de mantener controlado al ser querido, la crueldad, la lujuria, la venganza, la gula, la ambición y el engaño parecen ser ajenos a nosotros, pero la magia del cine hace que hasta nos riamos de situaciones dramáticas con un manejo brillante del humor negro.

Lanthimos nos somete a primeros planos de operaciones, sangre y muerte, y otro logro: los seres humanos se cosificaron en nuestras mentes. La manipulación genética está incorporada a la vida cotidiana de los personajes.

El cineasta griego utiliza una estética steampunk (retrofuturista). Se observa este recurso en algunas escenas como el carruaje a vapor con cabeza de caballo, el vestuario de la protagonista o el cable carril que comunica el barco con Alexandria. En esta película se condensan muchas de las obsesiones y elementos recurrentes de su filmografía: situaciones de encierro, uso de armas, asesinatos, violencia y sangre, dominación de un personaje sobre otro, sexo desapasionado como en “Langosta” (2015) y bailes ridículos como en “El sacrificio del ciervo sagrado” (2017), por mencionar solo algunos.

¿Un Frankenstein rechazado por la sociedad y con marcas profundas que son el resultado de los experimentos de su padre no es acaso una metáfora de las huellas que dejan los que nos crearon y nos formaron como si fuesen dioses?

La humanidad, en ese permanente proceso de creación, no puede escapar de un destino circular en el cual siempre hay dominantes y sometidos, poderosos y débiles. Los colores cambian, hay luces y sombras hasta llegar a la escena final, brillante y luminosa. Se impone un nuevo orden, un nuevo mundo con reglas propias, pero en el que las pobres criaturas siguen conviviendo como pueden.

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