Con este nuevo acercamiento desde la ficción a la tragedia (milagro, épica) de los Andes, el director de «El orfanato» (2007), «Lo imposible» (2012), «Un monstruo viene a verme» (2016) y «Jurassic World: El reino caído» (2018) consiguió una nominación al Oscar a Mejor Película Internacional. Disponible en Netflix.
Por Juan Negri
Como espectador, sucede algo particular con películas como “La sociedad de la nieve”. Es difícil encontrar a alguien de cierta edad que no sepa, aunque sea a grandes rasgos, lo que sucedió con ese grupo de uruguayos. No miramos este film esperando encontrar giros argumentales sorpresivos o finales inesperados. Lo hacemos para ver el tratamiento cinematográfico, incluso con un poco de morbo, de los conocidos aspectos dramáticos y crueles de la historia. La ventaja que nos da conocer el final nos permite detectar fácilmente en las escenas iniciales el intento de generar el crescendo de tensión. Así, los momentos de camaradería o las referencias a la travesía de Moisés en el desierto en una misa anterior al viaje anticipan el tono de la trama.
En lo sustantivo la película sale airosa en la tarea de poner en perspectiva la enormidad de la experiencia. El film de Juan Antonio Bayona logra quitarle a la historia su ropaje excesivo de heroísmo y superación personal para focalizar en las ambigüedades y dilemas a los que son sometidos los sobrevivientes. El film toca tres temas sucesivos y bien diferenciados: el accidente, las cavilaciones en torno a la comida y la necesidad de buscar ayuda cuando se percatan de que no serán rescatados.
Aunque no puede evitar incluir algunos elementos tradicionales del género (como los contrapuntos que van surgiendo entre los que creen y los que ven flaquear sus fuerzas a medida que corren los días, entre los “lideres” naturales y el resto), la película se interesa más por mostrarnos la dinámica social que define a los protagonistas en cada uno de esos momentos.
Sobre la consabida cuestión de la alimentación, aunque hay un par de momentos tal vez demasiado explícitos (en una escena se ve a los protagonistas alimentarse de un costillar), la película va llevando al espectador, al igual que a los protagonistas, a normalizar esta experiencia. Lo que al principio parece una bestialidad (una escena muestra a los primeros que decidieron alimentarse de cadáveres como sombras en medio de la nieve, dándoles un tinte ajeno y monstruoso) al final de la película todos (espectadores y protagonistas) entienden que es el único camino hacia la supervivencia. La creciente ascendencia de la muerte sobre los protagonistas también se hace notar. Rodeados de muertos y agonizantes, uno de los protagonistas fríamente asegura que morir es “dejar de sentir” y es preferible a eso que está viviendo.
La película también logra contraponer la belleza desoladora y monótona de la cordillera con el infierno de la supervivencia. Las imágenes de los dos miembros del grupo caminando en medio de las montañas (un acierto de la fotografía) son exitosas en remarcar lo dramático de la caminata durante diez días buscando alcanzar ayuda.
El montaje y el sonido, contraponiendo los ruidos del desastre (el accidente, la avalancha, los lamentos) con el silencio atronador de la montaña, son aliados de esta historia conocida pero muy bien contada.




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