Un escritor viaja desde la Gran Manzana hasta un pueblo petrolero en medio del desierto para investigar la muerte de una ex amante y aprovechar ese material para un podcast en esta ópera prima como director del también protagonista BJ Novak.
Por Olivia Najt
Texas es un estado con enormes complejidades. Fue conquistado y reconquistado por varios países: España, Francia y México. Luego de separarse de México, tuvo unos años en los que conformó un territorio propio, llamado República de Texas, y recién se unió al resto en 1845, casi 70 años después de la declaración de la independencia de los Estados Unidos. Desde entonces, ha mantenido un espíritu de marcada diferencia.
Es, por ejemplo, el estado que cuenta con más votos electorales después de California, es un territorio en disputa política por los dos grandes partidos, aunque desde 1980 el republicano gana las elecciones. Cuenta con una larga historia de fuertes corrientes separatistas y nacionalistas que siempre están al borde de proclamarlo un país aparte, de generar una guerra civil. Es el lugar donde reinan la ganadería y el petróleo, los cowboys y las armas, el desierto y Dios.
Texas también es terreno fértil de teorías conspirativas tales como que la Tierra es plana, que las vacunas contienen microchips o que los políticos que comen niños. Y allí es donde BJ Novak, un actor más conocido por su participación en la serie «The Office», dirigió su primer largometraje, «Venganza» («Vengeance»), una comedia negra con pocos momentos graciosos que tiene como protagonista a Ben Manalowitz (el propio Novak), un escritor que viaja de Nueva York a un pueblito petrolero en el medio del desierto para investigar la muerte de Abby Shaw, una chica con la que se acostaba casualmente. Los Shaw, una familia caricaturesca pero hospitalaria y entrañable, piensa que la relación era mucho más profunda y prácticamente lo adopta. Creen que Abby no falleció de una -triste y epidémica- sobredosis de opioides, sino que fue asesinada y quieren que Ben los ayude a vengarla. Él tiene motivos egoístas y banales, y decide explotar esta historia y convertirla en un podcast. Así comienza su proyecto “Dead White Girl”, un producto más sobre lo que inicialmente es la creencia de una familia en pleno duelo, que inventa teorías conspirativas sin sustento porque la realidad de la muerte es demasiado difícil de aceptar.
El recurso más usado es el pez fuera del agua, la constante incomodidad del protagonista con su entorno. Una escena clave se produce a la hora de dormir: Ben se encuentra en la oscuridad del cuarto de cuando Abby era adolescente y Mason ”El Stupido” Shaw, hermano de la víctima, de 9 años, entreabre la puerta. En sus manos sostiene una pistola semiautomática 9 mm, “¿Me ayudas a destrabarla?”, le pide a modo al protagonista, quien da a entender que jamás sostuvo un revólver. “Yo no sé hacer eso”, le contesta. El niño, con la ligereza de alguien que sostiene armas tan naturalmente como la extensión de su mano, la desarma y arma en segundos, y se acuesta a dormir en el piso.
Esa investigación es fomentada por Ty Shaw (Boyd Holbrook), el hermano mayor, y cuenta con otro personaje que llama la atención: Quentin (Ashton Kutcher), un productor de música de Marfa, el pueblito artificial y artístico que le da contexto crítico y profundo a los preconceptos de Ben sobre el lugar y sus habitantes.
La investigación parte de los típicos miedos de la gente blanca, local y republicana (pero miedos y sospechas que plagan al mundo entero) sobre lo distinto y lo desconocido: los carteles de droga, los inmigrantes y las fiestas oscuras a las que fueron todos, pero nadie vio nada. También una policía inútil y un Estado burocrático enorme, que al mismo tiempo es de cartón y que frente a la desolación de sus habitantes lleva históricamente a la conclusión de que la inoperancia sólo se contrarresta con “hacer justicia” por mano propia.
Toda esta visión se contrapone con la mirada de Ben, que es demócrata y reformista, tiene una mirada que conjetura y estereotipa, con aires de superioridad moral e intelectual, y que astutamente es desarmada en los diálogos perspicaces de los otros personajes en distintas escenas.
La película cuenta con giros inesperados de la historia que confrontan tanto al protagonista como al espectador y dan lugar a visiones un poco más conciliadoras. Está filmada con pocos recursos y tuvo mejor recepción de la crítica que del público. No cuenta con una gran banda sonora, ni tampoco resplandece su fotografía. Todo es un medio para un fin: un mensaje de reconciliación.
La película es un intento por unir dos polos contrarios que están desconectados, sobre personas que parecen estar cada vez más lejos. Y es un intento de unión que falla en dar un contexto profundo, social y económico de por qué las posiciones de los personajes son tan distintas. Y, aunque logra armonizarlas en cierto punto y redimir a un protagonista superficial, no logra ninguna conclusión que no sea violenta.




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