Crítica de “Días perfectos”, de Wim Wenders: Oda a la belleza de lo cotidiano

El más reciente trabajo del mítico director de «El amigo americano» (1977), “París, Texas” (1984) y “Las alas del deseo” (1987) nos traslada al Japón contemporáneo para, a partir de la historia de un hombre que limpia baños públicos, encontrar un particular lirismo en lo mundano.

Por Jose Matías Galván

Dirigida por el cineasta Wim Wenders, “Días perfectos” (“Perfect Days”) se alza como una obra cinematográfica que cautiva con su sencillez y profundidad. Nominada al premio Oscar como Mejor Película Internacional, nos muestra la vida de Hirayama, un hombre cuya existencia transcurre entre los rincones de Tokio, su comida y las páginas de los libros que tanto ama.

En la piel de Hirayama, el talentoso Koji Yakusho nos regala una interpretación magistral, digna de reconocimiento, galardonada con la estatuilal a Mejor Actor en el Festival de Cannes 2023. A través de una serie de encuentros inesperados, la película desvela los matices de su pasado, tejidos con la delicadeza propia de un maestro narrador.

La historia nos invita a contemplar la belleza de lo simple y lo mundano. Utilizando colores vivos como el azul, el blanco y el verde y en otros pasajes tonos ás oscuros, como grises en algunas escenografías, apelando tanto a primeros planos como a panorámicas, Wenders nos muestra la intimidad del protagonista pero también el entorno tanto urbano como natural en el que se mueve.

En una época actual donde predominan los edificios altos, con calles modernas, puentes, autopistas muy transitadas y servicios públicos de alta tecnología, como es común en los países asiáticos, el personaje recorre la ciudad cada día cumpliendo con su trabajo de limpieza (tan importante en ciudades cosmopolitas como Tokio) y apreciando los paisajes, como lugares arbolados y con mucho verde.

En las imágenes de la cotidianidad, encontramos al protagonista hallando la paz en los pequeños placeres que la vida ofrece: la música, los libros, los árboles que fotografía con devoción. Es en estas escenas donde la película encuentra su esencia, capturando la serenidad que se halla en la rutina diaria.

La musicalización, pacífica y alegre, acompaña cada momento, como es de resaltar una escena en donde escucha la canción que da título al film, “Perfect Days”, de Lou Reed, retratando lo que él vive, con el correr de los días, envolviendo al espectador en una atmósfera de contemplación y plenitud. A medida que avanza la trama, reflexionamos junto a Hirayama sobre la verdadera naturaleza de la felicidad, descubriendo que reside en las pequeñas cosas, en los gestos simples y en la armonía con el mundo que nos rodea.

En última instancia, «Días perfectos» nos brinda una lección valiosa: la felicidad no está en las grandilocuencia ni en las ambiciones desmedidas, sino en la capacidad de apreciar y encontrar la belleza en lo cotidiano. Una obra que nos invita a reflexionar sobre la importancia de valorar lo que tenemos y a no perder de vista las cosas simples que nos hacen verdaderamente felices.

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