Crítica de “Corpus Christi”, de Jon Komasa: Parte de la religión

El penúltimo largometraje del director de «Hater» fue nominado al premio Oscar 2020 por la inquietante historia -basada en hechos reales- de un joven que, tras salir de la cárcel y sin tener formación teológica, se convirtió en el máximo referente de una parroquia de pueblo.

Por Manuel Duarte

Supongamos la existencia de un chico de veinte años detenido en una cárcel juvenil en Varsovia al que le conceden, de pronto, salir en libertad condicional para trabajar en el aserradero de un pueblito. Supongamos, ahora, que el trabajo de carpintería no lo entusiasma, que circunstancias confusas y azarosas le dan la oportunidad de hacerse pasar por sacerdote y que, aún sin tener conocimiento teológico alguno, el joven logra quedar a cargo de la parroquia del pueblo. Supongamos también que, además del puesto, éste se gana el cariño de la comunidad en la que cada vez se encontrará, para bien y para mal, más involucrado. Llegado a este punto, podemos dejar a un lado las suposiciones: esta historia sucedió de verdad, en Polonia, y fue llevada al cine por Jon Komasa en «Corpus Christi», estrenada en el 2019 y nominada a Mejor Película Internacional en los Oscar 2020.

El film del también director de «Hater» sigue así los vaivenes del recluso Daniel (Bartosz Bielenia) y su inquietante camino que va de la cárcel a la iglesia y de la curiosidad a la confirmación de una vocación, la de cura, que nuestro protagonista ejerce sin experiencia pero mucha astucia; de allí el atractivo de sus misas, convertidas por él en cierto stand-up religioso improvisado pero no menos efectivo. Si el film de Komassa resulta cautivante es porque administra con virtud las tensiones propias de toda historia sobre engaños. En este caso, qué es lo que legitima a Daniel como (¿falso?) sacerdote, y sobre todo: por cuánto tiempo.

Aunque indague en temas como la fe, la creencia en la autoridad o el duelo, no cabe esperar de «Corpus Christi» un film complaciente ni didáctico; en sus casi dos horas, es probable que nadie encuentre con precisión una metáfora de la relación entre sociedad y religión, ni tampoco la clásica crónica de redención de un pecador vuelto santo o líder: si a nuestros ojos Daniel no termina de ser un héroe (tampoco un antihéroe), quizás sea porque su director entienda que el valor del film no deriva tanto del poder de hacer analogías como del de plantear interrogantes cuya respuesta, claro, es cuanto menos compleja, por no decir ambigua.

A medida que progresa la historia, y teniendo en cuenta que la comunidad a la que llega Daniel atraviesa un duelo por una tragedia reciente de responsables difusos, hay un paulatino acercamiento de «Corpus Christi» hacia el género policial. Si bien con ello la película gana en tensión, puede que, a partir de allí, algunas decisiones que Daniel toma den la sensación de ser algo más forzado por el (muy buen) guion de Mateusz Pacewicz que un móvil creíble del protagonista. En todo caso, son pequeños deslices derivados del gran acierto que es concentrar el devenir de toda la historia en los movimientos de Daniel y el talento de Bartosz Bielenia para interpretarlo. La capacidad sorprendente que tiene Bielenia para desorbitar la mirada explican con justicia la obsesión de la cámara por concederle tantos primeros planos, así como la gran fotografía, de tonos grises y azulados, de Piotr Sobocinski Jr., que pareciera hecha a pedido de los también azulados ojos de Bielenia (de una belleza muy vecina al terror), cuya actuación vino al mundo para confirmar que, como ninguna otra parte del cuerpo, el rostro es el más enigmático almacén de pasado y la mirada, la forma más inmediata, tal vez la más pura, de conocer a alguien.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑