El talentoso director profundiza, depura, exalta y se regodea en su estética y sus obsesiones a un punto tal que lleva todo a un nivel de capricho, abstracción y barroquismo que lo ubican en una zona de riesgo y posiblemente de inflexión dentro de su tan particular carrera.
Por Alejandro Pereyra
“—Sigo sin entender la obra.
—No importa. Sólo sigue contando la historia”.
Asteroid City, diálogo entre
dos personajes cualesquiera.
Si el cine de Wes Anderson («Vida acuática», «Viaje a Darjeeling», «El gran hotel Budapest») se ha caracterizado por anteponer la estética y el artificio por sobre las historias que narra, en «Asteroid City» el cineasta maduro ha llegado al punto en el que no debe justificar sus decisiones estilísticas ni llevar al espectador de la mano; ha instalado un mundo formal y puede jugar en él a su antojo.
Augie Steenbeck (Jason Schwartzman), fotógrafo de guerra que carga todo el tiempo sobre el pecho su cámara Müller Schmid y la angustia por su reciente viudez, lleva a sus cuatro hijos a un campamento de verano en Asteroid City, en donde se darán premios a colegiales brillantes de todo el país por algún invento ingenioso sobre astronomía. Como suele suceder en las películas del obsesivo texano, esta historia se desperdigará y se confrontará con las de otros personajes, incluso aunque algunas de ellas estén sólo sugeridas o sean apenas apuntes. Lo que sucede es que, para Anderson, las historias de sus personajes son también una posibilidad formal. Maniquíes sobre los que viste sus procedimientos ingeniosos, que suelen precipitar luego en momentos poéticos.
Se ha señalado con frecuencia la predilección de Anderson por los encuadres simétricos (aquí llega al punto de dividir una pantalla casi cuadrada, 4:3, en tres segmentos que ofrecen tres informaciones diferentes), pero menos de su gusto por la literalidad, lo que suele producir uno de los aspectos humorísticos más característicos de su cine. Un ejemplo de ello son los vagones del tren de carga, durante los títulos iniciales, que están rotulados con el nombre de lo que vemos acarrean, hasta que en el último vagón resalta un misil nuclear. Ese es el humor de Anderson. Y esa su estética. Cualquier cosa, hasta lo más terrible, puede integrar la caja llena de juguetes de colores pasteles.
Esta literalidad se despliega también en lo formal. Los paneos veloces que encuadran de manera abrupta y arbitraria el fuera de campo, reformulando la composición del cuadro, no se disimulan ni se excusan con el movimiento de algún personaje o describiendo algún paisaje. Sólo falta un cartel que diga: paneo a la izquierda. Estas dinámicas complementarias, donde la arbitrariedad resulta la salida al encierro que determinan la simetría y la literalidad, crean un estilo propio que articula el lenguaje cinematográfico de Wes Anderson.
Un ejemplo del virtuosismo al que ha llegado el cineasta es la escena en la que los adolescentes prodigios se desafían en un juego de memoria donde cada uno de ellos debe incluir un nombre célebre a los que van acumulando los jugadores anteriores —curiosamente, el director argentino Rodrigo Moreno incluye una versión semejante de este juego obsesivo en «Un mundo misterioso» (2011) y en «Los delincuentes» (2023)—. Anderson construye, para cada repetición de la lista, una puesta en escena cinematográfica diferente que van desde cortes entre planos de conjunto a paneos circulares o combinaciones con movimientos de cámara. Es decir, el contenido es aburrido o anecdótico, repetitivo, pero es casi una excusa para ejercitar la manera de narrarlo, que resulta lo divertido, para Anderson y para el espectador.
Es difícil saber hoy si la última realización de Wes Anderson es el punto cúlmine de un estilo, el inicio de su decadencia, o ambas cosas. Lo cierto es que, al ver «Asteroid City», se experimenta algo parecido a escuchar música barroca: todas las líneas son igual de bellas, y uno tiene la sensación de que algo se pierde si sigue sólo una. O quizás sean necesarios los ojos de ese extraterrestre que baja de la nave para robar el asteroide, esos ojos que oscilan de un lado al otro, desconfiados, pero que tratan de abarcarlo todo.




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