El director de “Bestia salvaje”, “Reencarnación” y “Bajo la piel” ganó dos Oscar (Mejor Película Internacional y Mejor Sonido) y el Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes 2023 por este retrato de la cotidianeidad de la familia de Rudolf Höss, comandante del campo de concentración y exterminio de Auschwitz.
Por Cristina Motta
El espacio privado fue, durante décadas, un espacio sin interés. La domesticidad, destinada a ser el lugar en el que las mujeres se desplegaban, o al que se las relegaba, no suscitaba la atención del Estado, de la política, de la economía, del mundo. Definido por sus densos límites, lo que pasaba ahí adentro se quedaba ahí adentro.
Fue el feminismo de las segunda mitad del siglo XX el que cuestionó la inviolabilidad de ese espacio y definió de manera categórica el carácter público de lo privado, de la violencia privada. Y es que es de ahí, de dentro de esas paredes protegidas, de donde proviene la más persistente y cruel desprotección. Pero un día los ojos de las mujeres, y no solo los de las mujeres, también los del Estado y los del derecho, decidieron incursionar y, con las limitaciones esperables, observar, regular y sancionar la violencia escondida –más bien tolerada– en el espacio privado.
Es ese espacio el que retrata Jonathan Glazer en “Zona de interés”. Se trata del lugar doméstico en el que transcurre la vida del comandante de Auschwitz y su familia, a apenas un muro de distancia del campo de concentración. El afuera de este hogar, el campo, es omnipresente e inevitable, porque, como el aire, está en todas partes: es el sonido humano, metálico, espectral de Auschwitz el que compone uno de los más estremecedores fuera de campo del cine. Mientras el horror viene de detrás del muro, a través del sonido, la familia vive una normalidad que ha llevado a evocar la teoría de Hanna Arendt sobre la incapacidad de las burocracias para comprender las consecuencias éticas de sus actos.
Sin embargo, “Zona de interés” no representa a seres incapaces. El comandante Rudolf Höss (Christian Friedel) ejerce el terror tanto en el campo como fuera de él y su esposa Hedwig (Sandra Hüller), infantilizada, entre frívola e irresponsable, ejerce de forma cabal su rol de mujer dentro del patriarcado. No, esta no es una familia de incapaces morales, lo que Jonathan Glazer muestra es lo contrario de la incapacidad –que en términos jurídicos conlleva a la exoneración de responsabilidad–: esta es una familia en la que cada uno cumple su rol, él impune, afuera y adentro; y ella, beneficiándose de su estatus de menor de edad en ese espacio protegido e inviolable que es la familia patriarcal, como si lo que allí ocurriera no fuera asunto de algún interés.



