Esta mega película de 220 minutos de duración estrenada en el Festival de San Sebastián de 2021 y presentada ese año en el de Mar del Plata resume varias de las búsquedas e ideas sobre el cine, la política y la vida del director de «Todas las canciones hablan de mí», «Los ilusos», «Los exiliados románticos», «La reconquista», «La virgen de agosto» y «Tenéis que venir a verla».
Por Mora Krygel
Una noche, un encuentro de amigos adolescentes. Entre canciones, tabaco armado y un juego de “yo nunca” con alcohol de por medio, comienza este coming of age filmado a lo largo de cinco años. Mitad ficción, mitad documental o un ejercicio de Cinéma verité (estará en cada espectador la manera de categorizarla si es que decide hacerlo), «Quién lo impide», del español Jonás Trueba, es un retrato generacional y posiblemente de los pocos que logra una fiel representación de la juventud actual. “Somos todos personajes de ficción”, canta un chico al son de su guitarra mientras sus compañeros ríen y se enamoran por primera vez.
Pasando de un personaje a otro por cambio de foco en vez de por corte, Trueba genera la idea del tiempo “real” e ininterrumpido que lleva a sentirnos dentro de las escenas, lo cual, junto a la larga duración del metraje, termina por lograr una experiencia altamente inmersiva. Los jóvenes son filmados con una gran sensibilidad y eso permite que la expresividad de los actores traspase la pantalla. Son sus rostros, repletos de emociones y dudas, los que protagonizan la película. No es tan importante lo que los personajes dicen o hacen sino cómo miran. “Cómo les gustaría ser representados?”, les pregunta el director en la primera parte. “Como personas, no como clichés, como seres pensantes”, responden los chicos. Y es que en «Quién lo impide» ninguno se define por su manera de actuar o por el estereotipo en el que encaja. Lo distinguible entre ellos es su manera particular de observar el mundo. Nadie se cierra, cada persona es un enigma. ¿Cómo podríamos encasillar a alguien que no puede encasillarse a sí mismo? La identidad está en constante formación para estos ni-adultos ni-niños. Una chica se mira al espejo por varios minutos y afirma: “Soy una desconocida”.
A lo largo de las tres horas y cuarenta de duración (dividida en tres partes, con dos intervalos de cinco minutos), la película pasa por distintas experiencias que caracterizan a la adolescencia madrileña. Entre ellas, la participación política y el lugar de la militancia. Manifestaciones, asambleas escolares y debates ideológicos forman parte de la rutina de estos jóvenes, los cuales son seguidos por una cámara que defiende la lógica de lo colectivo, partiendo siempre del grupo para ir hacia lo individual. Durante las conversaciones entre los chicos, estas suelen ir del plano general a primeros planos, hasta finalmente encontrarse con un personaje específico cuya historia tomará protagonismo por un rato.
“No nos gusta que nos etiqueten pero tampoco queremos etiquetarnos dentro de una colectividad y sentir que no estamos solos, porque al final es una época difícil y sentir que formas parte de algo es un alivio.”
Crecer es chocarse contra una pared. En un momento de nuestra vida abandonamos la niñez y con ella la inocencia, cuando empezamos a preguntarnos ciertas cosas. Las dudas existenciales se desbordan en la película. La felicidad, la muerte y el amor son incertidumbres que caen todas juntas como una bomba y así son lanzadas hacia el espectador. En otra película del mismo autor, «La virgen de agosto» (2019), la protagonista se hace los mismos planteos, pasando por un proceso de búsqueda personal, casi como si viviese una adolescencia tardía. Esta especie de versión española de Eric Rohmer lleva a pensar que crecer es un proceso tan personal en sus tiempos como variable en sus formas, y que nunca dejamos de hacerlo aún siendo adultos.
“El amor no es ciego, el enamoramiento es ciego. El amor ve y ve con lupa.”
El primer amor surge inesperadamente en «Quién lo impide» tal como lo hace en la vida. Candela (Candela Recio) y Silvio (Silvio Aguilar) se enamoran mientras caminan. La relación entre el caminar y el enamoramiento aparece también en «La reconquista» (2016), película del director en la que Manuela y Olmo, ex novios del secundario, se reencuentran después de 15 años. Pasamos unas horas con ellos, los vemos caminar por la ciudad. Luego de una noche de fiesta en la que los viejos sentimientos se vuelven a asomar, la película nos transporta al pasado, al enamoramiento juvenil de los personajes y a su primer encuentro amoroso que surge durante una caminata. Otro guiño son los actores Candela y Pablo, que participan en ambas películas. Esta historia es contada a través del voice-over: “Pablo y Candela se conocieron dos años antes en otra película y ahora por fin han conseguido quedar, después de mucho sin verse, en la vida y en el cine”. La vida y el cine se igualan y esto se ve reflejado también en «Los ilusos» (2013), película en la que el autor coquetea con la convivencia entre ficción y documental mostrando el propio rodaje del film. La distinción está en que ya no hay distinción.
“¿Sabéis lo que me da miedo? Que digamos todo esto ahora que somos jóvenes y que cuando seamos mayores se nos vayan olvidando nuestras ideas.”
«Quién lo impide» es una película hecha con ternura en la que la autoridad se corre de lado para darle lugar a los chicos, que incluso a veces llegan a participar como directores. En más de una escena los actores causan gracia o vergüenza, pero la intención de su retrato nunca es humillarlos; en cambio, la ingenuidad es abrazada con dulzura. A lo largo de la filmografía del autor se puede observar una preocupación por representar lo contemporáneo, siempre con el foco puesto en la juventud. Tomándola de síntoma para mostrar el diagnóstico de una época, la adolescencia vuelve a presentarse una y otra vez en sus películas, de una forma u otra. En «La reconquista», los adultos vuelven a sentirse jóvenes al revivir su amor del pasado. En «Los ilusos», los cineastas juegan a hacer películas como unos niños. En «La virgen de agosto», una mujer se da cuenta de que ha llegado a los treinta sin saber todavía quién es.
“Todos quieren cambiar el mundo pero nadie se atreve a hacerlo”, declara un chico en medio de una charla filosófica. Lo que rodea el documental es la idea de una revolución (y hay que recordar que grandes revoluciones han venido por parte de los jóvenes). Trueba pareciera pararse a defender a los niños, casi como un Holden Caulfield exclamando que todos necesitamos de la juventud, e incluso al propio joven interior, si queremos lograr un cambio; es ahí donde se esconde nuestro espíritu esperanzador.




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