En el marco de las Noches Especiales tuvo su première mundial la ópera prima de este reconocido dramaturgo con Luciano Cáceres y Brenda Gandini como parte del elenco.
Por Daniela A. Perez
“Todo vuelve”, solía decir mi abuela cada vez que se enteraba de que alguien hacía alguna maldad a otra persona y salía airoso con su cometido, como una especie de maldición que se echa al pasar, como un grito de indignación expresado desde el enojo y la impotencia por la impunidad ajena.
Más allá del enfado inicial, la simple pronunciación de esa frase parecía darle alguna especie de tranquilidad, por lo menos en lo inmediato, frente a la imposibilidad de desquitarse con aquel que había osado hacerle daño a un inocente, como una especie de resarcimiento sin mayores consecuencias para nadie en la vida real.
Pero… ¿qué sucedería si realmente tuvieras la posibilidad de vengarte de aquella persona que te hirió, ya sea a vos o a alguno de tus seres queridos? Es en este tono que versa la película argentina «Nene revancha», ópera prima del dramaturgo y director Gonzalo Demaría.
Esta potente historia comienza a discurrir en una secuencia de hechos que van a ir posicionando al protagonista en la situación ¿fortuita? de encontrarse cara a cara con la chance de hacer pagar a la persona que, más tarde descubriremos, le ha ocasionado innumerables pesares a su familia cuando él era niño.
Nene tiene 26 años y está encerrado en un pabellón de “buena conducta” de un penal por un hecho que, en principio, desconocemos y se ha ganado el respeto de la mayoría de los internos de la institución a base de haber sido el protegido de Mendo, otrora un cabecilla del lugar que obtuvo hace poco la libertad. Ello hace que su poder dentro de la cárcel tambalee y sea disputado por algunos compañeros de prisión a través de peleas de boxeo –deporte que practican la mayoría de los presos en ese pabellón- y mediante algunas actitudes provocadoras que buscan su constante reacción.
En dicho contexto, llega al penal un nuevo interno muy joven llamado Leandro, un chico en apariencia tímido y callado que enseguida se va colocar bajo el ala protectora de Nene.
Si bien en una primera aproximación uno puede pensar que se trataría de un drama carcelario típico, más tarde descubrimos que la utilización del recurso del encierro no es más que una herramienta para poder contar un segmento de la historia y tender un puente argumental con la segunda parte de la historia, que es la que considero más rica y mejor desarrollada de la película.
Lo cierto es que Nene tiene un propósito para proteger a Leandro y no es ninguno de los que en distintos momentos del relato podemos creer que son. En ese sentido, el guion hace un buen trabajo ya que provoca que uno se replantee varias veces a lo largo de la película qué es lo que motiva a Nene a defender y cuidar tan celosamente al novato prisionero, buscando ganarse su confianza y cariño de diferentes maneras. Cuando uno creía saber cuáles eran las intenciones del protagonista, sucede algo que nos hace descartar esa teoría y saltar hacia la próxima que nos es propuesta. Esto es principalmente lo que hace que nos mantengamos en vilo hasta casi el final para saber qué es lo que quiere Nene y torna efectivo el suspenso creado a lo largo del film.
Definitivamente, la elección de las locaciones de la zona en la que se desarrolla la película –General Rodríguez, Provincia de Buenos Aires- otorga un marco un tanto lúgubre y decadente que acompaña muy bien a la segunda mitad, que discurre cuando el espectador se encuentra más cerca de entender la verdadera razón que ha motivado a Nene a hacer todo lo que ha concretado hasta ese momento.
La irrupción de los personajes interpretados por Luciano Cáceres, como un ex boxeador ciego, y Brenda Gandini, como su esposa-cuidadora, es definitivamente un acierto y le aportan al film solidez y dinamismo, logrando que repunte considerablemente tanto en los aspectos dramáticos como tragicómicos de la trama.
A pesar de las apariencias, «Nene revancha» no es un film sobre cárceles, ni sobre boxeo, ni tampoco sobre la ambición ni la marginalidad que inunda las calles. Al final parece que todo se reduce a lo que le perturbaba a mi abuela cuando lanzaba esa frase que en un principio cité. ¿En algún momento le llegan las consecuencias de sus actos a aquel que hace el mal? Y esas consecuencias, ¿llegan solas, como un derrotero natural de los hechos originarios o en realidad tenemos que tomar cartas en el asunto para asegurarnos de que la venganza perfecta tenga lugar?
Y la película parece plantear, por lo bajo, un interrogante más que a veces es inexplorado en las típicas películas de venganza. Una vez que el vengador obtiene lo que desea, una vez que la balanza parece equilibrarse y el victimario sufre los males que pareciera merecer, ¿ello libera definitivamente de su sufrimiento a la víctima vengadora?
La escena final de la película parece darnos una respuesta, pero me permito dudar de que la metáfora utilizada por el director para acercarnos a una idea afirmativa no sea en realidad una trampa, porque uno allí entra en duda de si lo realmente liberador es el perdón en sí o la venganza. Quien ha tenido que dañar a otros para restablecer alguna especie de “equilibrio universal”, tal vez haya entrado en un nuevo circulo de poder confundiendo ahora a víctima con victimario y a victimario con víctima, todo proyectado en un solo espejo –llamativamente en la película aparecen en dos momentos diferentes dos pares de mellizos idénticos tal vez como una especie de simbología-.
Quizás cuando mi abuela se indignaba y soltaba esas dos palabras a los cuatro vientos, en realidad se estaba liberando, liberando de la pesada tarea de tener que devolver ojo por ojo, diente por diente, sangre por sangre, y de alguna forma el equilibrio de bien y el mal se restablecía, pero no por efecto del maleficio, sino porque la bondad está realmente en quien, pudiendo hacerle daño a otro ser con todas las aparentes justificaciones del mundo, elige simplemente no hacerlo.




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