La periodista y documentalista japonesa presentó esta película sobre la reescritura de la Historia en los libros de textos japoneses, un debate que trasciende las fronteras niponas y permite (re)pensar cómo se construyen los relatos en el ámbito de la enseñanza.
Por Isaias Amado
La Historia, como disciplina científica, tiene por objeto de estudio los cambios y las permanencias del pasado humano. Quienes se encargan de su análisis, los historiadores, interpretan documentos o restos para alcanzar lo que se llama “la verdad histórica”. Una verdad en permanente construcción, por ende, cambiante, cuyo rigor científico pretende una objetividad que, se sabe, tiene mucho de interpretación de quien la escribe.
Una definición de manual como la anterior, esconde las tensiones que viven las sociedades a la hora de la enseñanza de la Historia. Es un campo de disputa política permanente, a veces invisible, pero en el que la lucha de clases y la construcción de una hegemonía cultural se presentan para batallar sobre los sentidos que adquieren hechos del pasado y resignificarlos a luz del presente. No hay que irse tan lejos. Los países latinoamericanos que vivieron las dictaduras militares en las décadas de los años ’70 y ’80 debaten, en forma periódica, lo que la historiadora Florencia Levín dio en llamar el “pasado reciente” (1): un pasado inacabado, inconcluso, abierto a las pasiones y luchas simbólicas, y que interpela en forma constante a nuestro presente.
Para quienes no estamos muy al tanto de la política interna japonesa, el ex primer ministro Shinzo Abe podría causar cierta simpatía en el mundo occidental. Será por su acercamiento a los países del cono sur con objetivos de apertura comercial, o tal vez por haberse disfrazado de Mario Bros. en la ceremonia de clausura de Río 2016 (promocionando Tokio 2020), o su reciente asesinato en plena campaña electoral (8 de julio de 2022) que generó impacto por estos lares. Sin embargo, el documental en cuestión nos pone frente a otro costado de la administración Abe (gobernó en dos períodos: 2006 a 2007 y 2012 a 2020). A partir del 2006, encara una reforma educativa que se basó en la reescritura de los libros de texto japoneses con especial énfasis en la Historia.
Es aquí donde se para la directora Saika para realizar una reflexión sobre la enseñanza del pasado y cómo su construcción de relatos forma parte de un proyecto político. La revisión de los textos escolares tuvo como objetivo revitalizar la identidad nacional japonesa, evitar la visión “masoquista” de la Historia y darle confianza a los jóvenes nipones en su formación como ciudadanos. No se trata de borrar el pasado, sino de cambiar sus énfasis con pequeñas alteraciones en el relato y en las oraciones.
El ejemplo que recorre toda la película es el de la participación de Japón en la Segunda Guerra Mundial y uno de los crímenes de guerra más atroces que cometieron los soldados asiáticos: el reclutamiento de mujeres para utilizarlas como esclavas sexuales en Corea (aunque no fue solo allí donde se cometieron estos delitos). Se estima que podrían haber sido 100.000 las jóvenes que fueron llevadas a punta de pistola, o con promesas de trabajos remunerados a otros territorios, para integrarlas a las “casas de consuelo”, eufemismo utilizado para esconder la realidad de esclavitud y prostitución forzada a la que eran sometidas estas mujeres. El gobierno de Abe buscó desde la reescritura de 41 libros de textos exonerar a las milicias japoneses de estos hechos.
Es un documental donde importa más el contenido que la forma. De hecho, en este plano, es bastante convencional, con acumulación de pruebas, testimonios a favor y en contra de la tesis, denuncias políticas y un mensaje promoviendo el compromiso de las generaciones más jóvenes para mantener viva la memoria y seguir luchando por la verdad histórica. Se manifiesta cierto aire de documental televisivo, entendible por la experiencia de Saika en la realización de muchas películas para la televisión de su país, con temáticas similares a las propuestas de «Educación y Nacionalismo».
En su contenido, la principal denuncia es desenmascarar a aquellos que, en nombre de la Verdad, sostienen que existe una única forma de ver el pasado y en sus declaraciones terminan confesando la real intención de su accionar: cuando Saika le pregunta al ex editorialista de libros de texto sobre qué es lo apropiado a la hora de enseñar el pasado, este responde: “no ser de izquierda”. Y allí podría comenzar otro debate, u otra película.
(1) LEVÍN, Florencia. Historia reciente: entre el pasado y la memoria. En FRANCO, Marina y LEVÍN, Florencia. Historia reciente: perspectivas y desafíos para un campo en construcción. Editorial Paidós.




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