Investigaciones, historias reales y falsas, humor, citas, misterios y elementos (auto)biográficos y (auto)paródicos se suceden en la que podría catalogarse como la película más graciosa e íntima del director de «Balnearios», «Historias extraordinarias» y «La flor».
Por Mora Krygel
El libro “Clorindo Testa” de Julio Llinás (padre de Mariano Llinás, crítico de arte, poeta y escritor) no aparece. Lo que aparenta ser un inocente chiste en cambio sugiere un guiño, un subtexto que será abordado a lo largo de este film marcado por contradicciones: esta es una película llamada «Clorindo Testa», pero no es una película sobre Clorindo Testa. En la escena que abre la película, la pregunta de dónde está el libro hace que surjan otras ¿Qué filmar? ¿Sobre qué (o quién) será este film? ¿Sobre Llinás? ¿Sobre su padre? ¿Sobre Testa? ¿Sobre Argentina? Nos estamos enfrentando a una parodia, acaso una auto-parodia, en la que Llinás, como suele hacerlo, remarca su autoría (tanto desde la voz en off como utilizando su propia imagen).
Una película sobre de qué va a tratar la película, una que nos hace participar del proceso cinematográfico. Llinás toma el libro sobre Testa y luego arrastra su silla hasta la sala de montaje; aquel lugar para repensar lo filmado, momento en el que se ordenan la historia y las imágenes. Como suele suceder en la práctica cinematográfica, al sentarse a ver los planos, el director tiene más preguntas que respuestas. Las historias abren más historias, el cosmos de la ficción es infinito (idea que se repite en toda la filmografía de Llinás). Es así que a medida que el protagonista se cuestiona sobre Testa y su padre, sobre la amistad que había entre ellos, nuevos relatos posibles van apareciendo.
Manteniendo, como siempre, su espíritu rebelde, el autor se niega a hacer un homenaje de la manera convencional. Escapa de los clichés, del film expositivo, nostálgico y genérico sobre “el padre”. Pareciera que la mejor manera de hablar de él es a través de su obra, o dejando que su obra hable. La obra como elemento político; si el cine ha marcado el pasado, ¿cuál será el futuro? Con simpáticos tonos godardianos, se propone una meditación sobre el cine para pensar el mundo, sirviéndose también del libro, la pintura, la arquitectura, e incluso una nota periodística un poco absurda.
La particularidad de «Clorindo Testa» no recae, sin embargo, en su carácter meta ni en su originalidad narrativa, sino en la estructura de rompecabezas en el que cada una de sus piezas resulta difícil de unir. Es allí que se oculta el gran misterio de la película; no son las piezas, es la imagen que ellas componen. Pero llegar a esa instancia no es algo sencillo, ya que el film, para ser honesto, requiere de la posición tan desnuda como vulnerable en la que se pone el director. Lo afectivo tiñe todo y eso le permite a Llinás contradecirse e incluso defender políticamente aquello con lo que no coincide. Dejando al espectador entrar en su vida hay un ejercicio de volver a los orígenes y preguntarse todo como un niño (la aparición del hijo de Llinás invita a reflexionar sobre la figura del padre y cómo la visión de la paternidad cambia cuando se manifiesta en carne propia). Si la película evita las conclusiones cerradas es porque así establece que volver a visitar una obra es siempre vivir una nueva experiencia.




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