Crítica de “Todo en todas partes al mismo tiempo”, de los Daniels: la extravagante metáfora sobre nuestro presente

El segundo largometraje de Dan Kwan y Daniel Scheinert luego de «Un cadáver para sobrevivir» («Swiss Army Man») los consagró de forma definitiva tras ganar nada menos que 7 premios Oscar, incluido el principal a Mejor Película.

Por Rosario Fraga Di Bella

Drama familiar, la vida como inmigrante asiático en Estados Unidos, dificultades económicas, trauma generacional, y el pesimismo y estrés tan característico de nuestros tiempos conforman el segundo largometraje de los norteamericanos Daniel Scheinert y Daniel Kwan. Pero los cineastas no se quedan ahí: todo esto lo mezclan con la ciencia ficción, el humor absurdo, la estética camp, temáticas filosóficas (como el nihilismo y el existencialismo), y tributos y parodias al cine (que van de Wong Kar-wai a «Ratatouille»). El título realmente refleja la gran combinación de elementos que es «Todo en todas partes al mismo tiempo» (de ahora en más TETPAMT).

La película es una gran muestra del poder de condensación del cine, el cómo incluir una inmensa cantidad de información y temáticas dentro del límite de dos horas (y 20 minutos). Scheinert y Kwan pusieron todas sus obsesiones creativas y humanas/sociopolíticas dentro de la misma galera sin que el resultado final se pierda en un mar de incoherencia; aunque momentos ilógicos no faltarán, lo que hará difícil seguir la trama hasta el más mínimo detalle.

Si esa locura frenética logra salir a flote es gracias a una sólida base dramática -pero realista- y a la originalidad de sus ideas. El hecho de haber tenido detrás a A24, el prestigioso estudio de cine independiente, le permitió a los Daniels la libertad creativa propia de ese tipo de films, una infinita exploración temática y visual que dentro de todo logra ser modesta; los directores no encararon su obra como una forma de demostrar lo buenos que son, ni tampoco parecen querer probarle nada a nadie.

Su película hace uso (¿y abuso?) de los recursos cinematográficos para construir esa gran experiencia audiovisual, que lleva el nombre de «multiverso» y funciona como una metáfora de todas aquellas temáticas, obsesiones y libertades creativas. Allí es también donde se verá arrastrada la protagonista, Evelyn (Michelle Yeoh), una madre, esposa e hija tan estresada y atenta a sus responsabilidades laborales (ella y su marido, Waymond -Ke Huy Quan-, son dueños de una lavandería) que la crisis no solo termina siendo financiera sino además familiar. Cada personaje actuará de forma distinta para llamar de nuevo su atención y reparar los lazos familiares. La película en sí, por su parte, considerará necesario sacar -de forma literal- a Evelyn de su presente para volver a conectar con lo que la rodea.

Una vez dentro del multiverso, Evelyn deberá convertirse en una superheroína para luchar contra el mal cercano que amenaza a todas las realidades por existir y repercute mentalmente en la de los protagonistas. En este sentido, no habrá problema, ya que Yeoh es una experimentada actriz de films de artes marciales; las producciones asiáticas que realizó en los años ’90 la lanzaron a la fama y le dieron el pie de entrada a Hollywood. Se podría decir que el rol de Evelyn es una carta de amor a Yeoh (tanto que los Daniels quisieron llamar a la protagonista igual que ella); y pocos habían sido los papeles en la industria norteamericana que permitieron a la actriz, nacida en Malasia, desplegar todo su talento.

Tanto Yeoh como Quan han hablado mucho en los últimos meses sobre la desafortunada discriminación racial que padecieron como intérpretes de Hollywood. Es más, antes de TETPAMT, Quan se encontraba retirado de la actuación debido a las escasas oportunidades laborales. ¿Cómo no pensar, entonces, que hizo eco de su propia experiencia cuando Waymond le dice a Evelyn con la cámara enfocándolo en un primer plano que «cada rechazo y cada decepción te han llevado hasta donde estás hoy»?

No solo ellos dos están disfrutando orgullosamente del momento; también lo están haciendo los demás actores de la película (Stephanie Hsu, Jamie Lee Curtis y James Hong completan el elenco). Cada uno parece ser la viva imagen del mensaje y objetivo del film: poder enfocarse y disfrutar del presente que “nos toca” vivir (el único presente que nos incumbe, en definitiva). Y esto es posible gracias a la base emocional del film, que ayuda a mirar más allá de toda la ridiculez estética y quedarse con lo que verdaderamente importa en la vida.

Quizás TETPAMT sí incluya demasiado contenido (sobran las bromas de mal gusto), pero ha conseguido destacarse por su originalidad, algo clave en una época en la que las nuevas ideas parecen haberse agotado, aún dentro de la relativamente corta edad que tiene el cine. Como lo demuestra su victoria en la categoría de Mejor Película en los Oscar de este año, esa creatividad es uno de los aspectos que han convertido a la obra de los Daniels en el modelo aspiracional de Hollywood a partir de ahora.

TETPAMT es un reflejo del llamado de la comunidad artística para que las nuevas y diversas historias -hechas con una estética actual, sin caer en el sentimentalismo hollywoodense pero que tampoco dejen de honrar la tradición artística del cine- no se tomen tan en serio a sí mismas (una estrategia, además, para abordar temáticas pesadas de una forma más amena), y nos regalen un mensaje multiversal que traspase cualquier barrera cultural y le hable a todo tipo de audiencias.

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