Crítica de “Los puentes de Madison”, de Eastwood: Meryl y Clint se enamoran

La transposición de la novela original de Robert James Waller a cargo del guionista Richard LaGravanese fue dirigida, producida y protagonizada por Clint Eastwood, quien se luce junto a la notable Meryl Streep en un melodrama romántico que logra trascender un planteo en principio dominado por lugares comunes.


Por Martín Navarro

Francesca Johnson es una típica ama de casa de los años ’60, cuya vida está marcada por el tedio y la monotonía de una madre y esposa en el Iowa rural de la época, hasta que una semana de verano conoce a Robert Kincaid y todo cambiará …

Así narrada, la sinopsis de la película no se distingue de la de cualquier telefilm noventoso. Los motivos por los cuales “Los puentes de Madison” destaca del resto son dos: Clint Eastwood (en su triple faceta de productor, director y actor) y Meryl Streep.

El actor-director encara la que quizás sea su película más intimista y emotiva de su dilatada trayectoria (donde abundan thrillers y dramas de acción). A partir de la novela de Robert James Waller, Eastwood construye un film en el cual la sutileza y la sensualidad de miradas, gestos y frases trascienden la propuesta casi teatral del guion (la mayor parte de este recae en los personajes principales y en la casa de Francesca) y lo eleva por encima del común denominador de la época, más aún teniendo en cuenta que los protagonistas son personas maduras con sus vidas en una encrucijada.

En cuanto a su personaje en la obra, Clint interpreta a un fotógrafo de la National Geographic con el objetivo de retratar los puentes del título, el cual posee una vida intrigante y aventurera, totalmente despreocupada de las conexiones personales. Este personaje puede tomarse como una variante de su arquetipo de hombre duro y reacio de sus películas anteriores (vale recordar «Harry el Sucio» de 1971 o «Impacto fulminante» de 1983), esta vez otorgándole más matices y reflejando la sensibilidad, la angustia y la pasión de un hombre enamorado de un imposible.

Por otro lado, tenemos a Meryl Streep en su madurez como actriz, realizando un personaje icónico y creíble, totalmente identificable con sus miedos y sus dudas, su pasión y su desesperación, que vive en una angustiante dicotomía entre el amor y el deber. Ella sabe que ese amor será fugaz y sin futuro, pero aun así se permite vivirlo y disfrutarlo durante esos días como nunca antes en su vida. Si bien Meryl utiliza muchos recursos propios por los cuales ya era reconocida en ese entonces (acento ítalo-americano, gestualidad sutil en miradas y formas de hablar), se destaca el uso de la caracterización de su personaje a lo largo de la película: cuando apenas la conocemos, ella tiene un vestido a rayas verticales (como los presos) y a medida que conoce a Robert, se comienza a vestir con ropa más elegante («su vestido de novia») y se permite llevar el pelo suelto y revuelto; es muy llamativo que su última noche juntos ella lleva un vestido rojo pasión y una vez regresa a su rutina familiar, su vestimenta vuelve a colores neutros y simples como antes.

El aspecto más reprochable de la película puede ser el tratamiento de la historia de vida de los hijos de Francesca, los cuales, si bien tienen sus propios problemas y dificultades matrimoniales, a través del diario de la madre pareciera que pueden resolver todos esos inconvenientes y rápidamente aceptar la petición de la madre para brindar un final feliz para todos, típico de este tipo de películas.

En fin, si bien la película puede pecar de ciertos artilugios de las películas románticas de la época, la química y la actuación de sus protagonistas permite que aun hoy resalte y destaque del resto y pueda recomendarse para ser disfrutada por todo tipo de público, incluido aquellos que no son fanáticos del género.

Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑