La aclamada actriz de «Machuca», «El futuro» y «La buena vida» da el salto a la dirección con un largometraje incómodo donde la clase alta de su país intenta expiar sus culpas (o algo así).
Por Simón Torres
«1976» es un thriller psicológico de época ambientado en los primeros años de la dictadura militar de Augusto Pinochet. Protagonizada por Carmen (Aline Kuppenheim), quien, si bien en un primer momento pareciera ser una caricatura de una «momia» (mujer de clase alta chilena con ideología de derecha), poco a poco va evolucionando hacia algo así como una heroína (o quizás solo una buena samaritana). De todas maneras, quedará a criterio del espectador si el móvil de su heroísmo es la valentía, la empatía, la culpa o el mero aburrimiento.
Carmen duerme y come a deshoras, no tiene mucho que hacer durante el día, se levanta tarde y básicamente no se rige por horarios ni calendarios. El único plazo que conoce es el próximo cumpleaños de una de sus nietas y para entonces la casa que Carmen está remodelando en la playa debe estar lista. Metáfora perfecta para distanciar a Carmen y su clase social del Chile de la época. Mientras ella remodela su casa en la playa, en las calles la sociedad civil se derrumba. Esto hasta que el cura del pueblo literalmente la despierta y, apelando al pasado de voluntaria de la cruz roja de Carmen, le pide un favor que marcará el destino de ambos: «cuidar a un joven prófugo de la dictadura que salió herido de un enfrentamiento con los militares».
Así comienza el viaje de (re)transformación de la protagonista, un recorrido que comienza de forma inesperada y que termina de manera previsible (ya que todos los chilenos sabemos que los ricos niegan todo y nunca enfrentan a la Justicia), pero lo previsible de su final vuelca la importancia hacia el desarrollo del personaje y su transformación hacía una doble vida.
¿Qué diferencia hay entre una buena samaritana y una heroína? ¿Lo eres cuando no estás consciente de los riesgos que estás tomando? ¿No sucumbir a la paranoia es heroico? ¿Salir de la zona de confort es heroico? Quizás en el Chile del ’76, sí.
En lugares donde no abundan las oportunidades, las óperas primas se consideran una prueba de fuego. Recuerdo que un profesor me dijo una vez: “Hacer una ópera prima es fácil, lo difícil es hacer una segunda película. Para ello, debes demostrar (y con creces) que sabes dirigir, que puedes cumplir con un plan de rodaje y que puedes convencer al público de que ver tu película vale la pena».
En este sentido, la directora Manuela Martelli ha logrado apoyarse en actrices y actores de primer nivel con los que ya ha trabajado anteriormente (incluso en personajes con características similares). Además, se apoya en la música, que constantemente ayuda al espectador a no desentenderse de una historia con pocos diálogos pero sin silencios, y en la dirección de fotografía, que resalta por la belleza de los espacios íntimos y lo cuidada de la composición en los exteriores. Sin duda, uno de los puntos más altos de toda la película. También se puede notar la influencia de Andrés Wood, quien la dirigió como actriz en películas como “Machuca” y “La buena vida” en el manejo de los tiempos narrativos.
No recuerdo otra película chilena en la que se muestre que la derecha chilena y la Iglesia Católica puedan salvar vidas (con la notable excepción de la serie de TV “Los archivos del cardenal”). Quizás ahí radica su mayor virtud: el atrevimiento de contar una historia biográfica incómoda, llena de matices, claroscuros y dobles interpretaciones, dispuesta a enfrentar todo tipo de prejuicios en una sociedad aún marcada por la lucha de clases y las heridas eternas de las dictaduras. Todo un riesgo, si consideramos que, como dice Carmen en una cena familiar: “En la mesa no se habla de política”.




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