La nueva película del director de «La helada negra» (2015), «La siesta del tigre» (2016) y «Jesús López» (2021) se presentó en la sección oficial de cine nacional luego de su paso por el prestigioso Festival Visions du Réel.
Por Ximena de la Fuente
Primera escena de la película. Dos mujeres en un viejo Volkswagen detenido en mitad de la penumbra del anochecer entrerriano. Ambas miran fijamente por el parabrisas hacia algún punto lejano fuera de campo. Una de ellas sostiene un binocular; la otra, una lata de cerveza. Hablan sobre una luz en el cielo, que “está bajando”. La que tenía el binocular se lo pasa a la otra y le dice: “Mirá”. Tras un intercambio de confusas indicaciones, la primera le dice: “No, estás mirando para cualquier lado”.
Las dos mujeres son Silvia y Andrea Pérez Simondini, madre e hija y ufólogas de la ciudad de Victoria, Entre Ríos. Investigadoras incansables del fenómeno extraterrestre, son las creadoras del Museo Ovni, escenario de la siguiente escena -y de tantas otras- de la película. Allí conservan desde una réplica de un extraterrestre, que emula a aquel de la famosa “autopsia” de 1947, hasta rocas, muestras de animales y objetos de todo tipo que han ido recogiendo a lo largo de más de 20 años de investigación.
“Este es un fenómeno que dejó de ser ciencia ficción para convertirse en una realidad que convive entre todos nosotros”, dice Silvia en un video de los muchos que conservan en VHS en estanterías del museo, para ser exhibidos a los curiosos visitantes.
La propuesta de Maximiliano Schonfeld, ganador en la Competencia Latinoamericana del año pasado con su película Jesús López, transcurre en una mixtura que intercala material capturado por el autor con imágenes de archivo tomadas por las mismas protagonistas, que han ido registrando paso a paso cada una de sus investigaciones.
El uso de la luz es excepcional, no sólo por la belleza de las escenas al atardecer a orillas del río, sino también porque el aspecto lumínico (tal como el nombre de la película nos anticipa) juega un rol fundamental en la percepción del espectador. A través de planos generales nocturnos, en los que lo único que brilla son los faros de algún coche, el director juega a hacernos ansiar ver esas luces en movimiento que representan la incertidumbre de lo desconocido.
La banda sonora de la película contribuye a este juego: la música, también de Schonfeld, mezcla sonido blanco con notas electrónicas que encajan a la perfección en este imaginario de danza cósmica. Mediante estos elementos, y con la sensorialidad como vehículo, la película nos transporta a una experiencia perceptual donde, aún en las imágenes más difusas registradas por viejas cámaras caseras, efectivamente encontramos verdad.
Luminum no nos trae una mirada bizarra o delirante sobre un tema que bien podría propiciar esta perspectiva. Nos transporta al lugar de curiosidad y genuina emoción que vivencian Silvia y Andrea cuando miran al cielo. (“¡Eso es un OVNI!” dice Silvia, bajando del auto y señalando al firmamento con una sonrisa de oreja a oreja. “Yo te estoy filmando a vos”, le responde el director desde atrás de una cámara que no se mueve un milímetro de su encuadre, centrado en la mujer). Tal como sucediera en La siesta del tigre (2016), el autor posa su mirada en el deseo que motoriza la búsqueda de una evidencia irrefutable de algo misterioso e inasible. En aquel momento, se trataba de un paleontólogo persiguiendo el rastro de la presencia del tigre dientes de sable en Entre Ríos. Aquí, de dos mujeres buscando pruebas de la existencia de vida extraterrestre en la misma provincia (no casualmente, esa de la cual es oriundo Schonfeld).
Aunque vivan mirando al cielo, nuestras protagonistas tienen los pies bien plantados en la tierra. Creen firmemente en el método científico para comprobar sus sospechas y no adhieren a teorías conspirativas. En un set de TV, ambas sentadas frente a una mesa enorme, el conductor del otro lado, Andrea exhibe orgullosa un frasco de mermelada con un contenido indescifrable que nada en un líquido viscoso, y lo describe como una muestra de tejido de un animal que ha sufrido una extraña mutilación. “Lo trajimos para que la gente que está mirando comprenda que es importante tomar muestras y colocarlas en una solución con formol al diez por ciento, porque es una forma de preservar las muestras para que después se puedan llevar al laboratorio.” Acto seguido despliega su absoluta convicción de que se trata de un fenómeno extraterrestre por lo limpio del corte, ya que “el hombre siempre comete un error.”
– Prendé la luz alta, Andrea
-Pero si igual no ilumina nada, mamá
Silvia y Andrea están arriba del Volkswagen, llegando al lugar en donde un hombre, supuestamente, vio una luz misteriosa. Discuten sobre la veracidad de las pruebas del testigo. El vínculo entre estas mujeres se cuela en los intersticios del relato y configura el eje vertebral de la película. Debaten. Se ríen. Coinciden. Toman cerveza. Se emocionan.
“Mi relación con Andrea es la cosa más hermosa que me tocó vivir en la vida. Andrea es la mejor persona, es la mejor amiga, es la mejor compañía que un ser humano puede tener.”, dice Silvia en un primer plano mirando a cámara, con los ojos empañados.
Y es que la emoción por sentir que no estamos solos, efectivamente es mayor si se vive acompañado.
– Ponele que mañana baja un OVNI, aparece un extraterrestre, ¿Y qué hacemos?
-Yo haría lo mismo que hicieron con Alf, me lo guardaría en mi casa.
El ansia -mezclada con temor- por esos encuentros improbables, se funde con la desazón por la pérdida de los encuentros cercanos, estos sí, del primer tipo. Andrea debe partir hacia Buenos Aires y deja a Silvia sola en un banco de estación, pero también en una casa-museo compartida con un simpático loro que la llama, y en el viejo Volkswagen ploteado que ya no manejará.
Así, Luminum se perfila como una película sobre los encuentros, aunque no necesariamente con entidades extrañas, sino más bien con pares, amigos -algunos un tanto estrambóticos, gracias a las pinceladas de realidad mágica de Schonfeld- y familia. Una película en la que todo es verosímil, porque los lazos se exhiben de manera sencilla y genuina. “El cine es un facilitador de la sensibilidad de la película”, dijo Schonfeld hace un tiempo en una entrevista. Y, si de sensibilidad se trata, Luminum hace alarde de ese lema. No todo lo que brilla está en el cielo




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