De cómo un libro primero y luego una película cautivaron y cambiaron para siempre a un adolescente de Neuquén
Por Claudio Trejo
Comencé a escribir las primeras ideas para este texto a finales de septiembre. Por esos días, desde los medios online y los canales de noticias de Bueno Aires y desde hacía semanas, una de las principales noticias de las que se hablaba era la quema intencional de pastizales y humedales en la zona del Delta de Paraná. Varias ciudades de Santa Fe estuvieron cubiertas de humo y cenizas durante días, lo que es considerado por especialistas como un ecocidio del Delta, pero fundamentalmente por los problemas de salud que traen para los que habitan en esa zona. Según una nota de la agencia Télam del 15 de septiembre, que cita al intendente rosarino Pablo Javkin respecto a la cantidad y volumen de las quemas, “estamos frente a algo de mayor especulación. Son actividades inmobiliarias y actividades de expansión agropecuaria que no tienen que ver con lo que tradicionalmente sucedía en las islas, por eso el volumen”. Desde hace años se repite y cada vez con más intensidad esta problemática que la mayoría de las veces es noticia recién cuando el humo llega a la ciudad de Buenos Aires. Pero interesa solo en este punto y no en lo que está detrás, la expansión de la frontera agrícola, el agronegocio y los monocultivos.
Jurassic Park, la película de mi vida
Del cine, a veces pienso en cómo nos transporta, nos llevan a ese otro lugar, nos interpelan las películas y, si las respuestas que intuimos, representan algo para nosotros mismos. Cuánto de eso se queda en nosotros, cuánto nos hace crecer y si lo consigue. Para mi las películas son muchas cosas, no solo lo que vemos en la pantalla. Son momentos, recuerdos, viajes, anécdotas, amigos. Hay algo inexplicable, algo de magia verdadera en todo eso.
Cuando estaba en séptimo grado de la primaria en la escuela provincial N° 125 vino de visita a darnos una charla que incluía proyección de diapositivas un paleontólogo de la Universidad Nacional del Comahue. Hacía poco se había descubierto en la zona de El Chocón, a unos 85 kilómetros de Neuquén, al dinosaurio carnívoro más grande que pisó la tierra: el Giganotosaurio Carolini, así como muchas otras especies prehistóricas. La clase fue un espectáculo en sí mismo y la idea de que nosotros los neuquinos vivíamos en una de las zonas más ricas de fósiles de todo tipo era (y sigue siendo) alucinante.
Casi al mismo tiempo, por esos años, cerraba el cine Belgrano del bajo de la ciudad. Era la sala a la que iba con los chicos del barrio, de las matinés de películas de los sábados a la tarde, de las entradas baratas, de las butacas medio rotas y el piso sucio. Era un cine humilde, ubicado en una parte de la joven ciudad que a veces era complicada. No era una novedad que un cine cerrara en la Argentina por esos años. El problema era que aquel Neuquén sólo había dos, el Belgrano y el Español. A finales de los ’80 y en los ’90 cientos de salas cerraron en todo el país y esos lugares terminaron como cocheras en la mayoría de los casos. Hasta el día de hoy el ex cine Belgrano, sigue siendo un estacionamiento. Y sorpresivamente por esos años, a finales de los ’80, cerraba el Cine Teatro Español a unas pocas cuadras del Belgrano, en el alto de la ciudad. Lo que Pierre Bourdieu refiere sobre populismo estético y la crítica al arte contemporáneo en «El sentido social del gusto»: “el hecho indiscutible de la distribución desigual del capital cultural (…) que hace que todos los agentes sociales no estén igualmente inclinados y aptos para producir y consumir arte” era algo dado no solo por la coyuntura nacional, sino por una mala decisión y por una casualidad.
De repente, los neuquinos nos quedamos sin cines. Los Sabrón, familia que manejaba el cine Español, decidieron un cierre temporal para empezar las obras de remodelación y modernización del complejo y ya nada volvería a ser como antes. La sala se reconstruyó por completo y reabrió en 1989 con “Batman”, de Tim Burton. Tenía butacas nuevas, piso y paredes alfombradas, luces en la numeración de los escalones, una enorme pantalla panorámica y sonido envolvente. Era en su momento catalogada como la quinta mejor sala de la Argentina. Tenía proyectores de última generación y un sistema de sonido certificado por Dolby que se actualizaba periódicamente. Cada semana, cuando el cine cambiaba su cartelera, se llenaba en todas las funciones de jueves a domingo. Para un neuquino, ir al Español a ver una película era como ir misa los domingos: un evento, una liturgia, un acto de fe.
De unos pocos años después, me viene la imagen de pasar frente al cine-teatro Español y ver en una marquesina apartada de películas a estrenarse un afiche de fondo negro recortado en el centro por un círculo rojo y en el medio de ese círculo la figura del esqueleto de un tiranosaurio Rex. Abajo de eso que parecía un logo, una tipografía jamás vista en letras mayúsculas, que titulaba “Jurassic Park” y más abajo un remate en letras más chicas tipo Time New Roman: “Una película que tardó 65 millones de años en realizarse”. Fue cautivante e hipnótico. Creo que me quedé parado frente a ese afiche pegado al vidrio del cine por varios minutos.
Pocos días después, mientras cursaba los primeros años del secundario, nos mandaron a buscar fotocopias a una librería cerca del colegio donde estudiaba entonces. Mientras hacíamos la cola, no quedaba otra que mirar los mostradores donde se exhiben los libros y uno de esos tenía ese fondo con el esqueleto del tiranosaurio, pero la tipografía era bastante más simple, rudimentaria y menos atractiva. El libro se titulaba (se titula) «El parque jurásico», de Michael Crichton. Por supuesto que esa novela tenía que ser mía y no “reparé en gastos” para comprarla. Junté los ahorros, hice algunos mandados y corté el césped de los vecinos por unos pesos más. Al cabo de unos pocos días ya tenía en mis manos la obra impresa y para la otra semana ya la había leído por completo dejando de lado mucha de la tarea del colegio. No quería perderme ningún detalle a saber antes de que saliera la película.
La sorpresa no podía ser más grande cuando vi el film en la pantalla del Español. No era una evocación exacta del texto de Chricton, pero la conjunción de elementos visuales, el milagro de ver esos gigantes vivos, el sonido digital/envolvente, la música de John Williams mientras el helicóptero bajaba al lado una cascada y el prodigio de Steven Spielberg hicieron que yo amara al cine para siempre.
Pero la película no era como el libro. Era un pibe y todavía no entendía la noción de adaptación ¿Pero qué importaba si lo que se veía en pantalla no era en muchos aspectos lo que contaba la novela? La película era genial, espectacular y listo. Para aquel pibe, la película era mejor que el libro. Y al final me volví un fanático de “Jurassic Park”. Tengo los libros, los discos compactos que compré en el Musimundo de un shopping de Buenos Aires con ese soundtrack y el de “El mundo perdido: Jurassic Park” que venía con un diorama 3D. Ambos los escuché miles de veces. Había comprado también el libro de la producción con todos los secretos de la película (libro que presté y nunca me devolvieron), que además venía con storyboards, diseños de producción, conceptos, fotos, etc. Tenía el afiche pegado en la puerta de mi pieza. Si existiera un mundial sobre quién sabe más de “Jurassic Park”, lo ganaría por goleada. Traigo la copa y damos la vuelta al Obelisco. Se los juro.
A Steven Spielberg ya lo conocía
La memoria me lleva a recordar cuando mi mamá me llevó a ver “E.T.: El extraterreste” (1982), también en el Español, que se reestrenó en castellano uno años después de su lanzamiento original. No me acuerdo qué edad tenía, poro no tendría más de diez años por ese entonces. Todavía hoy (cada tanto) revisito con felicidad esa película. La fascinación de ver a un personaje que se esconde para que no lo encuentren, pero con el tiempo entender que era Spielberg quien usaba su genio para esconder la cámara y ponerla en una posición baja, como agachado, tapándose por el follaje de helechos silvestres para tratar de entender el punto de vista de este extraterrestre aterrado. Como juega con la dualidad de la idea de “invasión” que nos lleva a preguntarnos “¿quiénes son los invasores?”, cuando a la casa de Elliot entran estos oficiales vestidos de astronautas y tropas formadas que marchan con equipo pesado. Un detalle en este punto. John Williams, el músico que colaboró prácticamente en toda la filmografía de Spielberg, repite aquí el tema del comienzo de la película que funciona como el arribo de estos invasores. Nada de esto (esconder la cámara) era nuevo en el cine de Spielberg.
Durante el rodaje de “Tiburón” (1975) el director quería mostrar el tiburón construido para la película todo el tiempo, pero como este fallaba mecánicamente en cada toma, Spielberg se las ingenió para esconderlo y usar su punto de vista desde la cámara. Algo similar sucedió en el rodaje de “Jurassic Park”. En la escena del ataque del dilofosaurio a Nedry, el ingeniero en computación y sistemas que pretende escapar y robar embriones, el cineasta quería usar una réplica del dinosaurio a escala real y mostrarlo también todo el tiempo, pero este falló durante el rodaje y tuvo que usar el punto de vista escondido del animal hasta el momento del ataque. En todos los ejemplos, el efecto narrativo siempre fue superior y de mayor suspenso.
Así como el uso de la música para amplificar lo visual, sacando lugar a momentos explicativos y dando lugar a la emoción y la puesta en escena. El vuelo de ET y Elliot, la llegada del helicóptero a Isla Nubla y el primer braquiosaurio que aparece en el parque, Indiana Jones cabalgando hacia un atardecer, la nave extraterrestre llegando en la noche al monte Devils Tower, todas escenas, momentos completos que Spielberg deja como solos a Williams para que este desarrolle su estilo clásico neo-romántico y sea la conjunción de la imagen y lo sonoro el absoluto motor del relato.
Con los años, tras la aparición del VHS y luego de los formatos digitales, pude completar de ver y analizar toda la filmografía de Steven Spielberg, que al día de hoy se sigue expandiendo. Muchas de estas herramientas visuales se repiten, pero cuenta con un enorme abanico de recursos que usa y que le son comunes. Lo que no deja de sorprender es cómo, a pesar de que muchas veces uno pueda advertir de antemano con qué se va a salir según lo que esté contando, siempre parece encontrar algo novedoso: un plano inesperado, un movimiento de cámara fugaz, una mirada en primerísimo primer plano de un personaje que cautiva, o un seguimiento a alguien lleno de suspenso.
Una historia mucho más oscura
Pero la película no era como el libro. El relato escrito por Michael Crichton es mucho más oscuro, siniestro y corporativo. Se centra en la crítica al avance tecnológico sin control de la bioingeniería y los millones que reparte. A diferencia de la película, que nos presenta una isla paradisíaca y colorida, el tono siempre es oscuro desde el prólogo. No dejar lugar a otras interpretaciones de que todo lo que ocurre, sucede a escondidas, clandestinamente y sin controles. Hay sangre, mutilaciones y muerte. Hay capítulos enteros que fueron quitados en la adaptación a la gran pantalla porque en ese momento hubiese sido imposible realizarlos, pero que luego se incorporaron en las secuelas. Mucho de esto hace que se pierda el verdadero corazón del relato. Mientras que Spielberg y David Koepp. este último guionista a cargo, eligen contar una historia de aventuras y misterio en una isla del caribe, el libro es definido por la crítica como un techno-thriller. Básicamente ciencia ficción con detalles de espionaje industrial, suspenso, mucha tecnología y cómo estos avances tecnológicos se transforman en mecanismos de control, manipulación y peligros para la humanidad. Otro autor famoso de este subgénero literario que fue llevado a la pantalla es Tom Clancy, “La caza al Octubre Rojo”, por ejemplo. Conceptos como la “guerra electrónica” fueron sacados de páginas de estos libros para hablar del uso de satélites, vigilancia monitoreada, GPS y la potencia de supercomputadoras cuando nadie sabía de qué se trataba esto en los ’90. Cosas que la mayoría hoy conoce, pero que a principios de esos años era toda una novedad.
“Jurassic Park” se aparta de eso y describe un mundo donde el uso de la tecnología y empresas de bioingeniería con más ambición por los millones que ética, representan un peligro cierto para la humanidad. En sus primero capítulos hace una descripción pormenorizada de la actualidad (de aquellos años) de la industria biotecnológica y lo más importante, la falta de legislación nacional e internacional que deberían tener este tipo de empresas y cómo ese contexto exento de controles representó una oportunidad única y favoreció la carrera para experimentar y enriquecerse por parte de estas empresas:
“Tal como expresó un observador, “la biotecnología va a transformar todos los aspectos de la vida humana: nuestros servicios médicos, nuestra alimentación, nuestra salud, nuestras diversiones, nuestro mismo cuerpo. Nada volverá a ser lo mismo. Literalmente, va a cambiare la faz del planeta””
(…)”no hay control sobre las investigaciones. Nadie los supervisa. No hay legislación federal que la regule. No hay una política estatal coherente ni en Norteamérica ni en parte alguna del mundo. Y, dado que los productos de la biotecnología van desde medicinas hasta nieve artificial, pasando por cultivos mejorados, resulta difícil instrumentar una política inteligente.”
“La comercialización de biología molecular es el acontecimiento más pasmoso en la historia de la ciencia, y tuvo lugar con velocidad desconcertante.”
“De repente pareció como si todo le mundo hubiera querido volverse rico. Compañías nuevas se anunciaban con frecuencia casi semanal y los científicos salían en tropel para explotar las investigaciones cobre genética. Para 1.986, por lo menos trescientos sesenta y dos científicos (incluidos sesenta y cuatro pertenecientes a la Academia Nacional de Ciencias) figuraban en las juntas de asesoramiento de las empresas dedicadas a la biotecnología. La cantidad de aquellos que gozaban de participación accionaria, o que estaban a cargo de consultorías, era el varias veces mayor.”
Está claro que era una advertencia de mucha potencia que se enmascaraba en un relato desde lo novelístico más accesible y atractivo, pero claro y preciso en su denuncia de un presente peligroso y un futuro incierto que ponía a esta industria en el centro de una carrera feroz y sin control. Para Spielberg y Koepp, este asunto era lo menos interesante y si se lo insinúa es apenas un chiste del personaje de Genaro, el abogado de los inversionistas.
Hasta dónde llega una advertencia
En el libro «La construcción de la democracia en el campo latinoamericano», del compilador Humberto C. de Grammont (CLACSO, 2006), uno de sus capítulos habla de la democracia y los gobiernos neoliberales y su relación con el campo argentino. Allí se describen los cambios en el sistema agroalimentario y la trasformación conservadora que se produjo en los últimos decenios del siglo XX, en particular con la introducción de la soja y cómo a partir de esto se acentuaron todos los elementos del modelo de la agricultura industrial. “Tales transformaciones tuvieron que ver fundamentalmente con: políticas macroeconómicas globales que aplicaron sucesivos gobiernos, particularmente los ajustes estructurales (privatizaciones, desregulaciones y aperturas al exterior) enmarcadas en el Plan de Convertibilidad de 1.991; y políticas de influencia sobre le sector agropecuario”. Gracias a esto, en la década de los ’90 aumentó la producción global agropecuaria en la Argentina. Tuvo un protagonismo importante en este proceso el auge de la soja y, a partir de 1996, la soja RR, o sea, aquella basada en semillas transgénicas.
Hacia mediados de la década de los ’90, se da un nuevo salto tecnológico en el agro argentino. En 1996 comienza la implantación de la semilla transgénica de la soja RR que se combina con la denominada siembra directa y la utilización del glifosato, agroquímico exclusivo aplicable a aquella implantación. “La producción sojera se expande a lo largo y ancho del país. Se trata de una producción que tiene dos consecuencias importantes para el perfil del agro argentino: en primer lugar, contribuye a la desaparición de explotaciones agropecuarias regionales y, en segundo, se trata de una producción orientada casi exclusivamente hacia la exportación que sustituye en gran medida la producción de alimentos básicos orientados hacia la demanda interna”, agregan Norma Giarracca y Miguel Teural, autores de este apartado.
El lunes 17 de octubre de este 2022 la versión virtual del matutino El Litoral titulaba: «Encontramos un humedal convertido en desierto», y la bajada continuaba: “La Dra. en Ciencias Naturales Paola Peltzer junto a investigadores del Conicet monitorearon la zona que fue arrasada por los incendios en la isla Santa Cándida.” Para la Argentina y para las islas del Delta en particular, no hubo advertencia alguna. El agronegocio no espera, no tiene límites y menos responsables.
De regreso a la isla
La revista española «Acción» en su número 2011 trae un interesante guía visual de “Jurassic Park”, la cual disecciona y ejemplifica tomando 10 fotogramas de momentos claves del film. Jesús Usero, autor de la nota, dirá al respecto “Steven Spielberg sabe continuamente conjugar los géneros en la película, haciendo que el viaje emplee elementos de “Tiburón”, “ET” o “Indiana Jones”, pasando de la aventura al terror, siempre moderado desde el inicio. El propio arranque es un ejemplo de esa dicotomía en la película (que añade elementos de humor, por supuesto, o de drama, pero su juego está en otra parte). Con la llegada del velocirraptor a la jaula, Spielberg sienta las bases de lo que pretende. La expectación, la emoción y el miedo a lo inesperado, con el empleo de las llamadas luces de Dios tan habituales en su cine”. Todo esto para mostrar la muerte de un trabajador ante sus compañeros que intentan salvarlo. Esta secuencia inicial, es solo una parte en la que el realizador elige una forma de contar y mostrar el terror. Pero ninguna otra escena del resto del metraje se acercará al suspenso y miedo que genera este inicio. El tono oscuro que aparece en esta parte, desaparece desde la llegada del helicóptero a Isla Nubla porque la intención es que el espectador pase por esa fascinación e ilusión que el parque quiere representar, alejado del verdadero terror que esconde. El poder de jugar a ser Dios tiene sus consecuencias, pero es mejor no mostrarlas.
James Hoberman dirá en un apartado de su artículo «Apocalipsis ahora y entonces» (1998) respecto del cine catástrofe de los ’70: “Algunas películas de desastres ofrecían una crítica populista que culpaba a corporaciones rapaces por las catástrofes, las cuales en muchos casos empeoraban gracias a líderes codiciosos, corruptos e ineptos. De hecho, al igual que los programas televisivos de policías y las películas de vengadores, las películas de desastres pusieron en tela de juicio la idoneidad de la élite dirigente de Estados Unidos”. “Jurassic Park” no esconde esa tradición hollywoodense del cine catástrofe: la isla remota que se transforma en una trampa mortal, sitiada por una tormenta tropical y monstruos gigantes. Pero esconde las ganas de criticar la verdadera amenaza que representan los poderosos.
Pero la película no era como el libro. “Jurassic Park” no sé si es la película de mi vida. Tengo hermosos recuerdos de mi juventud, de defenderla, de explicarla, de verla una y mil veces, de conocer su ritmo, sus diálogos, su música. También sería deshonesto intelectualmente omitir cuánto me ha interpelado esta película. Sus silencios, sus ausencias, su complicidad aparente. En otro artículo, Hoberman ubica a esta película dentro de la categoría del Spielberg malo como “autorreflexiva”. Francamente, me cuesta entender la parte autorreflexiva en “Jurassic Park”. ¿Acaso Hammond comiendo helado y hablando de su parque de pulgas no reflexiona lo suficiente sobre lo que pasó? Puede ser… Pero cuando veo las consecuencias de las muchas cosas que el texto original de Crichton denuncia hacer estragos en nuestro país, en nuestro medio ambiente, siento una gran decepción porque no lo vi venir y estaba ahí, en el texto y no en la película. No se trata de la película que ahora me hubiera gustado ver. Es sobre la película que no se contó.
Es posible que “Jurassic Park” no sea la película de mi vida, pero es una parte importante de mi existencia y siempre la voy a recomendar, la voy a ver y la voy a discutir. Aunque me duela.




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