La película de mi vida: “Con ánimo de amar”, de Wong Kar-wai

El clásico romántico estrenado en Cannes 2000 sirve como disparador para un ensayo íntimo sobre experiencias de vida que «dialogan» con aquella historia protagonizada por Maggie Cheung y Tony Leung.

Por Joaquín Herrera

“A Marco Ramírez; In memoriam.”


“Sólo es un ensayo… no te lo tomes tan en serio.”
El señor Chow


Suele ser muy difícil elegir cuál es la película de nuestra vida o si se puede vivir la vida como si fuera una película, pero recuerdo que mi primera epifanía dentro del cine ocurrió en el cumpleaños de mi amigo Marco. Por entonces su padre, un militar exiliado en México, le había regalado su primer auto, pasó por mí y nos fuimos en su nave a la sala más cercana para ver una película al azar, dicho film fue In the Mood for Love / Con ánimo de amar (2000), de Wong Kar-wai, director hasta entonces desconocido para mí, donde las escenas de roces de ropa y miradas en los cruces de escaleras, la pasión contenida, el amor sólo fecundo en los sueños, los diálogos profundos sin palabras, la sensualidad de los cuerpos, los juegos de colores y la música, sin encontrar espacio para cortar las alas del puer aeternus que vive en los personajes principales, consiguieron hacerme salir de la sala con el síndrome de Stendhal.

El general Mejía, padre de Marcos, era un fanático coleccionista de objetos de arte, su casa parecía un museo a donde regresamos a cenar. En la mesa, mi amigo, su madre Margarita, su hermana Carmen de 17 años, su hermano menor de casi 15 que ahora me es difícil recordar su nombre, el general en la cabecera y yo, en secreto enamorado de la chica pero sin atreverme a abordarla por miedo a deteriorar nuestra amistad.

Esa misma noche me enteré de que Marco se iría a estudiar Cine a la UCLA, yo estudiaría Literatura en una universidad de México. Después de felicitarlo, supuse era una oportunidad para acercarme a Carmen, quien con aquellos ojos verdes sentí me acariciaba durante mi exégesis sobre la película, así que sigilosamente cuando ella lavaba los platos me colé en la cocina con el pretexto de ayudarla, allí le di un beso extremadamente tierno para intentar seducirla y declararle mi amor, pero mi táctica fue fallida, pues aunque no me respondió con una bofetada me confesó que a ella le gustaban las mujeres.

Con el corazón roto decidí tomar como terapia volver a mirar seis veces más la película de Wong Kar-wai, donde estaba presente el deseo de un amor que quedaba en puntos suspensivos, para después remitirme a la filmografía anterior del autor, desde As Tears Go By / El Fluir de las Lágrimas (1988) hasta Happy Together / Felices juntos (1997), así como las cuatro intermedias.

Ya en la universidad escribí mi primer guion, donde narraba mis malogradas experiencias en el amor; mi alquimia no logró el oro fílmico, así que la representé yo mismo como un monólogo en el festival de teatro universitario.

En las vacaciones de verano recibí una invitación de mi amigo para ir a Los Ángeles, tomé el primer avión, terminé mi segundo guion, el cual di a Marco para ver si en alguna de sus tareas como incipiente cineasta lograba filmar un cortometraje, fuimos a los estudios Universal, donde trabajaba como empleado de medio tiempo (lo cual le había impedido visitar a su familia), y allí me presentó a Tom Hanks, quien me estrechó la mano cordialmente para después darnos la espalda y seguir concentrado en su café.

Regresamos a la pequeña casa muy cercana a la UCLA y en la puerta había pegada una nota que dejó la casera. Era del General, su familia se encontraba en crisis, le habían retirado la pensión como exmilitar y la madre de mi amigo estaba hospitalizada de gravedad, en ese momento empacamos y volvimos a México. Ambos sabíamos era un punto sin retorno.

Después del funeral de su madre, el papá vendió los tres automóviles de la familia y compró una pequeña camioneta, además de montar una tienda de antigüedades en la planta baja de su casa y puso a trabajar allí a Marco por las mañanas y a Carmen en el turno siguiente, la galería fue un descalabro, ya que los escasos clientes no ofrecían ni la mitad del valor original pagado por lo que se exhibía allí.

Marco no volvió a estudiar cine, pero en el turno vespertino se inscribió en una escuela de algo parecido al karate, para retomar los estudios que había abandonado en su adolescencia y que lo hicieron fanático de ese tipo de películas, además se tatuó en el antebrazo izquierdo el nombre de su madre.

Su padre puso un anuncio en el periódico y logró rentar su mobiliario para una película, el siguiente sábado ya estábamos en los Estudios Churubusco en plena convivencia con los actores y empapados cada vez más con las correrías de la filmación. El negocio tuvo un auge importante para películas de época, que hasta les asignaron su propio espacio para guardar todo su inventario.

Retiraron el bazar y en su lugar Marcos puso una escuela de artes marciales. Uno de sus primeros alumnos fue Nicolás, un arquitecto que hablaba chino y quien tomaba las clases como parte de su preparación cultural para irse a trabajar al continente asiático.

También rentaron algunas habitaciones a estudiantes para tener ingresos extras, Carmen ahora compartía su habitación con una compañera de escuela, a quien todos en su familia querían y que, al igual que yo, tenía su propia llave de la casa, entonces de improviso cargué sobre mis hombros su mundo secreto.

Ya iba al cine solo porque mi amigo estaba dedicado de tiempo completo como forjador de peleadores, encontré un trabajo en una revista y además me esforzaba por acreditar las últimas materias para concluir la carrera.

El siguiente domingo decidí dormir hasta tarde, pero el teléfono tenía otros planes, mi camarada me llamaba, me dio mucha alegría porque imaginé me propondría fuéramos al cine como antaño, pero a él ya no le interesaba el séptimo arte. Me dijo que había sido convocado para una competencia de Wushu (Kung fu en español) en el Monasterio Po Lin y me exhortó a que lo acompañara, con el plus de que el arquitecto amigo suyo nos daría asilo en su casa. Pedí un préstamo y nos fuimos con destino a Hong Kong.

Nicolás pasó por nosotros al aeropuerto, nos llevó a su apartamento ubicado para mi sorpresa en el piso 17 de uno de los cinco edificios de las Chungking Mansions, entonces concebí la posibilidad de conocer a Brigitte Lin, diva del cine chino, pero me informaron ya se encontraba retirada. Me conformaría entonces con saludar a Tony Leung y tomarnos una fotografía, encontré a más de una tercia con su aspecto físico pero todos negaron ser él.

Al día siguiente nos levantamos muy temprano para ir al convento, yo eché una ojeada a los aparadores de las tiendas de la planta baja e hice planes para al regreso comprar unas camisas de lino con estampados de dragones.

Para llegar al monasterio tuvimos que abordar un teleférico que nos ascendió hasta el lugar, en un viaje de aproximadamente treinta minutos entre el mar y la montaña. Desafortunadamente, el acceso a la justa sólo se lo permitieron al competidor, por lo que Nico me invitó a almorzar en un comedor comunitario, allí había varias mesas con una docena de sillas cada una que compartimos con desconocidos, nos sirvieron en cuencos enormes porciones de arroz, verduras, fideos y algo parecido al chop suey, me encuentro con los palillos chinos entre mis dedos poco ejercitados, mientras los demás comensales masticaban y devoraban ruidosamente, todos con la boca abierta y a gran velocidad, al grado que apenas logré consumir unos cuantos fideos, pero recordé cómo el Señor Chow imitaba al esposo de la Señora Chan cuando comía desagradablemente en la ahora película de mi vida.

Antes del atardecer pasamos por Marco, yo estaba seguro de que habría derrotado a todos esos monjes de escaso metro y medio de estatura con facilidad, pero en la vuelta nos narró su experiencia, eran cuatro chinos y un estadounidense en competencia por parejas, a él le tocó hacer equipo con el gringo, fueron superados en todos los enfrentamientos y apenas obtuvieron dos puntos, él asombrado describía como los locales “volaban” tal como en Crouching Tiger, Hidden Dragon / El Tigre y el Dragón (2000) de Ang Lee, y yo no le creí porque las leyes físicas establecen que se debe tener un punto de apoyo para dar un buen golpe, pero me consolé al mirar que le habían dado un trofeo como símbolo de valor, mismo que más tarde usó como modelo para tatuarse ahora en el brazo derecho y rebautizar a su escuela como Flor de Loto Plateada.

Regresamos al apartamento en la torre B, allí Nico nos informó que al día siguiente debía ir a trabajar por lo que nos dio una copia de la tarjeta de acceso tanto al elevador como a la vivienda y se acostó a dormir en la única recámara, nosotros sobre una colchoneta en la pequeña sala no teníamos sueño por el estrés acumulado, así que decidimos salir a deambular por el centro. Nico nos había advertido que la zona era peligrosa, pero yo me sentía seguro por ir acompañado de un maestro de combate.

Solo habíamos caminado unos pasos, cuando fuera de campo un asaltante nos daba gritos intimidantes además de amenazar espetarnos las nucas con dos garfios fríos y punzantes, voltee a mirar a mi “guardaespaldas” como indicándole que era su oportunidad para llevarse su primer contienda victoriosa de aquella ciudad, él alterado por la escena y sin girarnos, me pidió entregara mis últimos 100 dólares que había reservado para comprar las prendas de vestir, la sombra del villano me arrebató los billetes y se esfumó entre la bruma como un monstruo marino con su presa.

Me encontraba decepcionado, pero mi amigo me explicó que si lo hubiera golpeado podrían meternos a prisión y sufrir vejaciones por ser extranjeros como ocurrió en la película Midnight Express / Expreso de Medianoche (1978) de Alan Parker, fue cuando se me ocurrió pedirle me invitara a cenar precisamente en el café que llevaba el nombre de dicha película, aceptó y agregó también que al día siguiente compraría boletos para un concierto nocturno como manera de agradecimiento a la hospitalidad del arquitecto, ya me imaginaba en un teatro de ópera china, con actores trasvestis como en M. Butterfly (1993) de David Cronenberg, lo cual no me apetecía.

Nos llegó una nueva contrariedad pues la cafetería ya no existía, en su lugar había un Seven Eleven, allí pedimos dos hot dogs y un par de Coca Colas, porque ya no deseaba repetir mi experiencia con cubiertos chinos. Pero había un anuncio que pregonaba un concierto de Faye Wong en el AsiaWorld-Expo, le sugerí a Marco comprar las tres entradas para el mismo, así lo hizo justo en la caja del mini súper.

La cantante interpretaba en cantonés temas llenos de energía, entonces me vino la brillante idea de hacer el dibujo de un boleto de avión sobre una servilleta, pero que el destino en lugar de California esta vez sería México, junto al logo ficticio de la aerolínea escribí mi correo electrónico por si a ella se le ocurría saludarme, avancé entre el tumulto con la respiración entrecortada para intentar entregar el obsequio improvisado a la rockera, pero los guardias de seguridad no me lo permitieron.

Ya de regreso en el vuelo que haría escala en San Francisco, me entretenía con bebidas y bocadillos que pedía a la azafata que atendía la sección Turista donde viajábamos, pude leer en su identificación su nombre impreso: Choong Linn, también de reojo observé a otros pasajeros, quienes por cada servicio le estiraban la mano para darle una pequeña propina, yo regresaba sin un centavo y no me atrevería a despertar a mi amigo para pedirle dinero, así que en el siguiente trago se me ocurrió regalarle la servilleta que diseñé la noche anterior, ella la guardó en uno de los bolsillos de su uniforme, me dio las gracias en inglés y se enfiló hacia la cabina, con su cuerpo esculpido en glamour al estilo de la Señora Chan.

Después de un mes me encontraba ya preparado para el evento de clausura de la universidad, que sería en unos cuantos días, cuando recibí un e-mail. Era Choong Linn para agradecerme el obsequio en perfecto español, seguí el impulso de invitarla a la fiesta de graduación, así que le adjunté un pase electrónico el cual supuse también le haría gracia como el boleto falso.

Ya en la festividad estuve en pleno baile con Carmen, porque sería mal visto que ella lo hiciera con su roomie, entonces me agradeció al oído por no haber contado su secreto a Marco ni al General, le confesé que sí lo había platicado con alguien, turbada se soltó pero se recompuso cuando le aclaré que había sido al hueco del árbol que da sombra al patio de mi casa, de esa manera me había liberado de la carga de mantener su confidencia latente. Entonces me abrazó intensamente y bailamos así durante toda la pieza, por lo que reavivé mis esperanzas de cambiar su no, por un “Quizás…” de Nat King Cole, pero como dijo el crítico Peter Travers: “Nada es más sexy que la represión”.

El intercambio epistolar continuó con Choong Linn, todavía no sé explicar a ciencia cierta cómo terminamos casados. Renunció a su trabajo, después de la boda fuimos a Cozumel y, ya de regreso, descubrimos que ella estaba limitada por el gobierno durante dos años para obtener la nacionalidad y poder trabajar legalmente en el país, por lo que decidió dar clases particulares de inglés y chino mandarín. Ya en nuestro primer aniversario adopté una gatita tabby para que le hiciera compañía y a la que nombró Koo Ki.

El siguiente viernes celebraríamos nuestro segundo año como matrimonio en El Danubio, un restaurante español de cierta tradición, y el lunes teníamos cita para tramitar su naturalización, pero al abrir la puerta la encontré con su maleta lista y su traje de sobrecargo estilo McDonald’s, ahora de otra aerolínea de origen taiwanés, me pidió acompañarla al aeropuerto donde se alejó por un pasillo como si caminara en cámara lenta.

Quedé con la fêlure que como nos indica Francisco Javier Gómez, en su libro Wong Kar-wai: grietas en el espacio-tiempo: 2008, además de una herida, es la fisicidad de ésta, la existencia de un principio y un final para ella, pero también el recubrimiento de un vacío, y ese vacío se constituye en una grieta que es posible aplicar a la polivalente relación entre el espacio y el tiempo, pero en contrapeso Julian Barbour en The End of Time:1999, nos indica podemos describir también nuestra realidad sin referirnos al tiempo, él toma este hecho como evidencia de que la naturaleza del tiempo es ilusoria.

Desde luego varios cineastas —como Alfred Hitchcock en Rear Window / La ventana indiscreta (1954)— nos han demostrado que podemos zambullirnos dentro de un film como espectadores que disfrutamos de contemplar actitudes íntimas de otros por medio de ese marco conocido como pantalla de cine, pero de allí a tomar la actitud de Cecila (Mia Farrow) en The Purple Rose of the Cairo / La Rosa Púrpura del Cairo (1985), de Woody Allen, quién rompe literalmente la cuarta pared para sacar a un actor del celuloide y traerlo al “mundo real”, suele ocasionar muchos problemas y desilusiones, ya que una cosa es conocer y enamorarse de un personaje y otra muy diferente convivir con la verdadera persona que se encuentra en el trasfondo.

De colofón quedaron el leitmotiv Yumeji’s Theme, de Shigeru Umebayashi como un acúfeno rumiante dentro de mi cabeza a ritmo de vals, el diario de Choong Linn escrito en chino que decidí quemar sin traducir para acelerar el desapego, porque la nostalgia es el incesante deseo de volver que habita en nosotros, y, por último, la compañía de Koo Ki, quien ha rascado el barro que tapaba el hueco del árbol, donde suele meterse para cazar lagartijas o disfrutar de una siesta. Seguramente, a esta altura de sus múltiples vidas, ella ya conoce todos mis secretos

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