El director noruego de «Reprise», «Oslo, 31 de agosto», «Louder Than Bombs» y «Thelma» fascinó en el Festival de Cannes 2021 con esta película que le valió a su protagonista, Renate Reinsve, el premio a Mejor Actriz.
Por Joaquín Herrera
Joachim Trier completa su triada de películas ubicadas en la capital de Noruega que comenzó con Reprise / Vivir de nuevo (2006), sobre dos amigos escritores en su intento de triunfar cada uno con su propia novela, pero donde no todo resulta ser miel sobre hojuelas; con parada intermedia en Oslo, 31 de agosto (2011), sobre un personaje adicto a las drogas que a lo largo de un solo día hace una pausa en su etapa de rehabilitación para buscar alguna opción a lo que parece ser un callejón sin salida. El cierre es con La peor persona del mundo (2021), donde, Julie, una chica en el colofón de su segunda década de vida, se resiste a aceptar que no ha hecho nada importante con ella y tampoco se vislumbra que lo consiga en un futuro cercano, algo parecido a lo que sucede en Licorice Pizza (2021), de Paul Thomas Anderson, donde Alana Kane (Alana Haim) —un personaje similar— tampoco sabe qué hacer con su existencia. Ambos largometrajes se inscriben de alguna manera en el género de la comedia romántica y en especial dentro del coming-of-age, donde en base a experimentar con el acierto y error las personas consiguen cierta madurez.
Nuestra protagonista, interpretada magistralmente por Renate Reinsve (ganadora del premio a Mejor Actriz en el Festival de Cannes 2021), tiene como pareja central a Aksel, encarnado —como en las otras dos partes de la Trilogía de Oslo— por Anders Danielsen Lie, quien desarrolla en sus actuaciones a una suerte de alter ego del director y se nos muestra aquí como un escritor de novelas gráficas. Julie, a su vez, es presionada por éste para casarse y tener hijos, además que él la supera en edad por casi tres lustros.
Con un título atractivo que nos lleva desde el primer momento a investigar a qué persona se refiere, llega un momento en que uno de los personajes confiesa sentirse como tal, pero eso no nos permite relajarnos ya que algunos espectadores podemos llegar a ser jueces implacables, por lo que la película avanza y como en Sospechosos comunes / Los sospechosos de siempre / The Usual Suspects (1995), de Bryan Singer, empezamos a dudar de todos, hasta llegar a la pareja de protagonistas Julie y Aksel, como los dos principales candidatos a ser “la peor persona del mundo”.
Esta pareja (principalmente Julie) se comporta como los protagonistas de Pauline en la playa (1983), de Éric Rohmer, donde el enamoramiento y el amor suelen ser tan cambiantes que podría suponerse que los hechos sólo existen en la mente de los personajes, con la consigna rohmeriana de hombres sumamente racionales y mujeres intuitivas e impulsivas con convergencia de ambos en su indecisión, además de en su carente capacidad de adaptación.
Julie se refleja también en Michael Stone, personaje de Anomalisa (2016), de Charlie Kaufman, donde suele ver a sus posibles prospectos de pareja casi idénticos entre sí y, cuando descubre a una persona diferente, se enamora a priori para con el transcurso de los días decepcionarse al conocer los detalles de la personalidad de quien originalmente fue el objeto de su deseo.
Película sobre la crisis de los cuarenta de Aksel (y del director), donde aquél nos habla del miedo a la vejez y a la muerte o al nunca tener plenitud, la historia nos muestra a una Julie que pareciera retomar la consigna del vate Gilberto Owen: “Si he de vivir, que sea sin timón y en el delirio…”. Una realidad que bordea el naufragio, trae consigo muchas experiencias emocionantes pero también una sensación de desconcierto e insatisfacción, desde una biografía existencial donde le brota el sentimiento de ser “una espectadora, un personaje secundario de su propia vida”, que a su vez se observa como un Sísifo impulsor de una enorme piedra sobre una cuesta que al llegar a cierto punto volverá a descender sobre sí misma hasta conseguir una transformación inconsciente que le permitirá realizar su propia deconstrucción.
El amor (o el desamor) algunas veces puede darnos la impresión de un colapso en el tiempo, como cuando Julie ante el ímpetu de reencontrarse con Elvind (Herbert Nordrum), con quien previamente en una fiesta ha establecido experiencias lúdicas de “no infidelidad”, enciende un interruptor que hace se paralicen todos los objetos y personas en su universo (a excepción de ella y su nuevo amado), ello le permitirá correr entre las multitudes inmóviles hasta llegar a su objetivo amoroso para después volver y terminar su relación con Aksel; escena similar a lo que vimos repetidamente en Cashback (2006), de Sean Ellis, donde Ben (Sean Biggerstaff), deprimido e insomne por una reciente ruptura amorosa, tiene la capacidad de congelar también el tiempo.
El cabello de Julie cambia constantemente para mostrar al espectador lo voluble que puede ser su personaje tanto en sus decisiones vocacionales como para elegir pareja. Así sucede también en Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (2004), de Michel Gondry, película en la que Clementine (Kate Winslet) también juega con los tintes de su pelo para el mismo fin, así como para ubicarse en el tiempo de la historia y para relacionarse con las estaciones del año. Pero además el cuerpo de nuestra heroína es un territorio en constante exploración: Julie es una ciudad, ella es Oslo y viceversa.
Aksel como artista gráfico estuvo inspirado en Robert Crumb, ambos creadores de una historieta donde el héroe es un felino humanizado, que en la vida real condujo a Fritz el gato (1972), de Ralph Bakshi, actividad que paulatinamente lleva al protagonista a cierta fama y prestigio, por lo que -ya separado de Julie. es entrevistado por dos mujeres periodistas y al no tener la habilidad para defender los puntos de vista de su personaje gráfico, sale mal librado hasta llegar a aparentar ser un artista misógino.
El epílogo nos permite elegir si acaso alguien puede etiquetarse con el título que lleva el film, pero se respira inocencia y cierta paz, lo que parece llevar a la protagonista hasta la aceptación de que el sentido de su vida es no tener sentido. Este espacio emotivo conduce a la supresión de juicios para navegar por un nuevo mundo y libre de dictámenes.



