Carpignano cierra su trilogía calabresa con una historia coming-of-age llena de ruido, mafia y amor fraternal.
Por Ximena de la Fuente
“La chiamamano mafia, noi la chiamiamo sopravvivenza” (“Ellos lo llaman mafia, nosotros lo llamamos supervivencia”).
Lograr esa supervivencia es lo que intentan, a su manera, todos los personajes de Jonas Carpignano. Estadounidense de nacimiento (apadrinado por el mismísimo Martin Scorsese), pasó la mitad de su vida yendo y viniendo de Roma. Nacido en el Bronx (el “Ciambra” de Nueva York), el director estaba rodando su primer corto en Gioia Tauro, Calabria, cuando le robaron su camioneta cargada con todos los equipos de filmación. Tras negociar con los gitanos lugareños su recuperación, decidió que allí tenía que grabar su primer largometraje. Y también el segundo, y el tercero.
En A Chiara, tercera parte de esa trilogía, haremos el seguimiento de cerca (muy de cerca, ya que es un film estructurado en base, mayormente, a primerísimos planos) del “despertar” de la protagonista a la vida adulta. Pero no cualquier vida adulta: una caracterizada por la presencia de gángsters, mafiosos y narcotraficantes. Entre ellos, su padre.
A diferencia de Pío, el protagonista de A Ciambra —la segunda de la trilogía—, un chico de 14 años que creció rodeado de situaciones criminales y comprendió que su único destino posible era el de ser un delincuente, Chiara vive en la inocencia (o inconsciencia) de asumir con normalidad su vida de lujos, berrinches y tíos dadivosos. Así, la vemos celebrar el cumpleaños de 18 de su hermana mayor entre risas y bailes, o juntarse con sus amigas a fumar y burlarse de otra adolescente (una joven gitana que ya sabemos, si vimos las películas anteriores, que vive en el barrio pobre de Ciambra).
Música, estruendos metálicos de máquinas de gimnasio, chillidos ensordecedores de su hermanita menor: el ruido no la deja ver. El momento bisagra en que su vida explota por el aire ocurre cuando, literalmente, el auto de su padre estalla en la puerta de su casa, tras lo cual él desaparece sin dejar rastro. A partir de allí, Chiara emprenderá un camino de búsqueda de la verdad sobre su padre, sobre la fuente de su bienestar económico y, también, sobre su identidad y su propio futuro.
Si bien esta última entrega es la más ficcional de las tres, conserva aspectos del estilo semi documentalista de los dos films anteriores: la familia Guerrasio es, como ocurriera en el film anterior, una familia en la vida real (los Rotolo), lo que permite que los vínculos que vemos sean bien genuinos. Una vez más, es a través de los personajes que conocemos el contexto. Siguiéndolos a ellos (y ellas), entendemos al mundo que los rodea. Y, pese a que el devenir de los personajes de A Chiara es menos natural que el de los de Mediterránea y A Ciambra (y también más forzado y menos verosímil, al incorporar elementos de un thriller de género más convencional), perdura ese sesgo intimista con el que Carpignano supo cautivar desde su primera película.
Así, este coming-of-age completa el mosaico de una Gioia Tauro surcada por inmigrantes ilegales africanos, por gitanos marcados por la delincuencia y por italianos implicados en la mafia. Personajes que aman y odian a sus familias en partes iguales. Personajes o personas reales, en busca de sobrevivir.




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