BAFICI 2022: Crítica de “The Card Counter”, de Paul Schrader (sección Trayectorias)

En el marco del festival porteño se pudo ver en pantalla grande el más reciente trabajo del cotizado guionista y director de películas como La marca de la pantera, Mishima, Traficantes, Días de furia, Auto focus y El reverendo.

Por Lionel Pasteloff


Uno de los mayores peligros que enfrenta un director cuando quiere abarcar varios temas en su film es quedarse a mitad de camino o no terminar contando nada. Como contrapartida a eso, también hay una posible recompensa: si logra hacerlo con acierto, estaremos en presencia de una película destacada.

Esta categoría le cabe al último trabajo de Paul Schrader, a quien ya le queda bastante pequeño el mote de “el guionista de Taxi Driver”. A esta altura, pareciera adosado como las rueditas en una bicicleta que algunos no se animan a largar sola.

The Card Counter narra la historia de William Tell (cuyo nombre real se devela luego), un ex militar interpretado por Oscar Isaac del que en principio se sabe que estuvo preso, al que algunos podrían definir como ludópata y otros señalar que tan sólo juega porque no tiene otra cosa para hacer, Al inicio lo encontramos vagando por distintos casinos, en los que cuenta cartas e intenta ganar lo suficiente como para vivir y seguir volando por debajo de los radares. En uno de ellos se encuentra con La Linda (Tiffany Haddish), una carismática intermediaria que le ofrece patrocinio en sus partidas de póker para apostar a lo grande y generar mayores ganancias. Aunque inicialmente rechaza la seductora oferta (por el trato y quien lo acerca), la idea queda rondando en su mente.

Poco después asiste de manera fortuita a la charla de un antiguo superior suyo apellidado Gordo (Willem Dafoe), donde es contactado por un muchacho llamado Cirk (Tye Sheridan). Este le explica que sabe quién es y que conoce sus antecedentes, que se conectan con los suyos. Porque tanto su padre como William estuvieron bajo el ala de Gordo en Irak y por sus manejos terminaron en la ruina (uno suicidado, el otro preso). Le cuenta que piensa torturar y matar a ese ex-militar, por lo que Tell encuentra un motivo para jugar: conseguir plata y ayudarlo a rehacer su vida, disuadiéndolo de semejante plan.

Desde ahí, Cirk acompaña a ambos en el circuito de póker en que están inmersos. Los resultados ayudan y todo prospera, pero Tell no está a salvo de los fantasmas de su pasado que se reavivan a partir de lo conversado con el joven. La atmósfera asfixiante que lo rodea se refuerza con la banda sonora de Robert Levon Been (ex Black Rebel Motorcycle Club), que por momentos se limita a susurros o respiraciones. Ese encuentro con sus demonios oscila entre la culpa y la convicción de que este chico es la oportunidad para redimirse, algo que tiene pendiente.

Más allá de su evidente oscuridad, también la película se permite la denuncia de crímenes de guerra en la invasión norteamericana de principios de siglo a Irak. Aunque a partir de pantallazos, Schrader logra trasladarnos a ese submundo en el que las víctimas eran solo un número y los victimarios no salían indemnes, ni legal ni psicológicamente. Y lo señala sin obviar los negociados intervinientes ni cómo las cadenas de mando y responsabilidades se cortaban siempre por la parte más delgada del hilo. Lo de siempre.

Como contrapeso de la parquedad que sobrevuela la película, ésta también se encuentra condimentada por esporádicos análisis del protagonista, quien a medida que avanza en sus competiciones nos cuenta sobre estadística, probabilidades y formas convenientes de apostar tal como él lo hace. Y resulta vencedor en casi todos sus intentos, al igual que este veterano realizador que nuevamente elige arriesgar y sale airoso en varios frentes.

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