La nueva película del codirector de «El árbol negro» ganó el Gran Premio, máxima distinción de la Competencia Argentina, con este íntimo retrato juvenil de espíritu coral y generacional.
Por Guido Turus
Distintas locaciones, exteriores e interiores, que rara vez se repiten; varios personajes, hombres y mujeres; y una constante que parece ser el alma de la película: la conversación. Durante 67 minutos de metraje, Máximo Ciambella, el director, nos propone acompañar y ser cómplices de charlas entre jóvenes nativos de la ciudad que se entregan al vacío de lo ordinario.
Distintas locaciones, exteriores e interiores, que rara vez se repiten; varios personajes, hombres y mujeres; y una constante que parece ser el alma de la película: la conversación. Durante 67 minutos Máximo Ciambella, el director, nos propone acompañar y ser cómplices de charlas entre jóvenes nativos de la ciudad que se entregan al vacío de lo ordinario.
Recientemente ganadora del Gran Premio en la Competencia Argentina del BAFICI, Amancay navega entre las calles porteñas pero sin dar mucho lugar a identificaciones, dejando claro que el eje son sus personajes. Estos se encargan de complementar los desenfoques y los fuera de campo a través de la palabra que conforma las conversaciones, las cuales nunca -durante todo el film- vemos comenzar ni terminar. El espectador es tomado como tal, y se le permite mediante una decisión arbitraria “entrar” y “salir” de los asuntos de los protagonistas según el montaje de la película lo disponga, retomando la idea principal de escoltamiento para con ellos.
En principio, al querer seguir el hilo invisible que conduce la película, la incertidumbre puede aparecer y pretender rechazar lo desconocido, intentando entender cuál es el fin si durante el medio no se ve una idea clara. Es interesante que, a pesar de esto, la hipnotización sea igualmente efectiva. Se le puede atribuir al atractivo blanco y negro, a la espontaneidad de los actores, a los seductores y sutiles encuadres por parte de Ciambella, o quizás a la mezcla de todo esto la cual logra un tono mumblecore, recordando por momentos a secuencias de alguna película de Noah Baumbach o de los hermanos Duplass, con un plus notable de espíritu nacional.
Ellas y ellos, la sustancia pura de la película, no mezquinan la confianza y dialogan sin pudor, de forma genuina y dejando la sensación de que nosotros estamos sentados junto a ellos. Hablan de amor, de desamor, de ex amores. También de experiencias, de aborto, de sexo, de salud. De proyectos, de querer ser, de la amistad. La vida misma -aunque suene trillado- es aquella que atraviesa como patrón cada acercamiento entre ellos. Lo convencional y el día a día de algunos jóvenes adultos se apodera de la pantalla en cada plano y en cada línea verbalizada.
Es interesante pensar que mayormente las conversaciones se dan de a dos -puede ser algo sugestivo señalar como ejemplo el momento en el que se realiza un ritual espiritual donde se intenta convocar a un tercero sin éxito-. El sexo es de a dos, la cerveza en la vereda también, el ida y vuelta editando el reel de actriz de una de la protagonistas también lo es. Se puede pensar que si bien existe un grupo, aunque quizás no tan sólido, hay un búsqueda en mostrar a los personajes en situaciones donde son la mitad de las partes. Donde el cien por ciento tiene protagonismo y no existe una dinámica más numerosa. El interés está puesto en la introspección de esa vorágine dual y complementaria, en el vínculo plural más chico posible, el cual ayuda también a alcanzar un escenario más íntimo.
Como se mencionó anteriormente, la confianza no se mezquina y tampoco las formas. Los jóvenes parecen tener una habilitación respecto a su forma de hablar, como si todavía estuvieran en una etapa donde no deben ser el ejemplo -salvo excepciones- y se permiten códigos sociales respecto al habla donde parece que pocas cosas son tabú. Si bien esto se ve y se rige mediante amistades, no hay algún filtro ni dramatismo al momento de hablar de un aborto realizado, incluso detallando que la experiencia no fue para nada buena. Tampoco lo hay al momento de introducir una sospecha respecto a la posibilidad de poseer una enfermedad venérea. La salida y el recurso en el cual se refugia tanto el guion como lo genuino de los sujetos es el sentido del humor, presente durante toda la película y reflejando una clara manera de ver el mundo.
Con sutilezas que podrían rememorar una película de bajo presupuesto de John Cassavetes, Amancay abraza a sus personajes e invita al espectador a ser uno de ellos. A acostarse en la cama con ellos, a cocinar con ellos, a escucharlo a él hablar sobre un desamor y a proyectar con ella una potencial carrera de actriz. Amancay nos invita a ser parte, a que seamos ese tercero en el plano, con dudas y convicciones poco firmes, a que escuchemos y a que seamos escuchados, porque no deja de ser ni por un minuto una carta de respeto a la amistad.




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