El más reciente documental del director de “Buscando a Panzeri” nos ofrece una visión diferente y poco frecuente sobre el drama del exilio. En esta oportunidad, relacionado con las dictaduras vividas en los años ’70 en Argentina y Chile, que obligaron a la salida forzada, comúnmente por motivos políticos, de miles de ciudadanos a diferentes lugares del mundo.
Por Javier Gonzalez Mora
El director y guionista nos ubica en la Villa Olímpica de México, un complejo de 30 edificios construido para albergar a atletas, personal técnico y prensa en los Juegos Olímpicos de 1968 y que luego sirvió de hogar para unos 3000 exiliados durante la década de los ’70. Pero el punto de vista que se muestra es el de los hijos de los exiliados, que en gran parte de los casos eran de muy corta edad en el momento en que dejaron sus respectivos países, por lo que la Villa Olímpica representó su lugar en el mundo, su primera querencia, donde su vida comenzó. Los protagonistas narran a partir de sus primeros recuerdos, ubicados al sur de México D.F. y cómo, a partir de esa experiencia, en tierras ajenas a sus padres, se erigieron como personas y formaron sus primeros vínculos: como hijos, como pares, como alumnos, como novios, como cómplices. La imagen inicial de la película, la vista a través de la ventanilla de un avión es muy elocuente: no se sabe si se va o se viene, solo se sabe que se está en un no lugar, sin conocer qué es lo que está por venir.
Y, para sumergirnos en ese micromundo, una suerte de concentración de Latinoamérica en ese lugar, el director hizo uso de elementos como maquetas que parecieran hechas por niños, imágenes de archivo, uso de croma para fusionar el pasado y el presente, así como dramatizaciones de algunos recuerdos, que funcionan a la perfección para transmitir la ingenuidad y la inocencia de los pequeños “exiliados”. Cada una de las experiencias narradas es única, particular, pues, aunque siempre se trataba de la huida de una dictadura, hubo marcadas diferencias entre uno y otro país, evidenciadas en el discurso sobre lo que se hablaba en el hogar, durante la sobremesa, o en reuniones con otras familias exiliadas.
Por otra parte, la banda sonora acompaña muy bien a la imagen y desde el punto de vista de guion, aunque se trata de un documental, cumple con ciertas pautas de la ficción, lo que permite establecer una lógica a través de una línea de tiempo que se respeta durante los 75 minutos de duración, logrando una fluidez que facilita la conexión del espectador con las vivencias de cada uno de los entrevistados, permitiéndonos comprender la visión infantil sobre lo que significa un lugar en el mundo, muy en sintonía con lo que Heidegger expresó sobre el construir, el habitar y el pensar, y que la película se encarga de demostrar, pues todos estos hijos de expatriados pudieron habitar como propia, una tierra lejana, ajena a sus padres, unos padres quienes vivían con la constante expectativa de regresar a sus países, situación muy difícil de comprender para un niño que se está construyendo a sí mismo con los recursos que el entorno le ofrece.
El documental establece una clara diferencia entre la vivencia de un adulto y la de un niño respecto a lo que significa exiliarse, sin que se constituya en una película que pueda categorizarse estrictamente dentro del género sociopolítico, pues la narrativa de esta hace que por momentos nos sintamos espectadores de un documental sobre aventuras y travesuras infantiles. Y es a partir de esas vivencias, el ser testigos de situaciones propias de la infancia y adolescencia, en la escuela, en la plaza, en los departamentos, con amigos que se quedan y amigos que se van, que el director nos lleva a comprender que, en este tipo de circunstancias, el regreso de los padres a su patria, se transforma en el exilio de los propios hijos, pues no lo pueden vivir como un retorno, sino como una dolorosa partida.




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