Lo nuevo del prolífico patriarca del cine independiente es un retrato de jóvenes que atraviesan una muy dura existencia, pero a los que la película les regala unos breves momentos de disfrute.
Por Lucas Cornejo
Con más de 60 películas en su haber, el director de P3nd3jo5 nos invita una vez más a seguir recorriendo su Ituzaingó natal a través de las peripecias de un grupo de jóvenes, esta vez de los suburbios, durante el verano de 2019.
En Sean eternxs las coordenadas son simples. Es un verano más en Ituzaingó con un cielo atravesado por un tendido eléctrico de cables y postes. Hay pileta, parque, carnaval y está el barrio, siempre presente, ya sea físicamente o encarnado en los cuerpos y la jerga de esos pibes que componen el corazón de esta historia. De los personajes no sabemos mucho, pero tampoco se necesita saber tanto. Una existencia es el día a día, los pequeños rituales, las grandes epopeyas. Perrone compone este largometraje contraponiendo voces en off, que relatan la épica de la vida dura que se curte en la calle, con imágenes que detallan el disfrute y lo onírico, por qué no, de esas mismas existencias.
En esa dicotomía el director narra cómo los pibes y pibas transitan sus horas de aquel verano y cómo sus cuerpos llevan tatuados el lugar que habitan, por el que deambulan al ritmo de la contingencia de un eterno tiempo presente. ¿Pues qué es la vida sino el hoy? Y de eso va esta historia, de acompañar esxs pibxs un rato y dejarse llevar por sus hábitos, inquietudes, luchas y sueños. Es un fragmento de Argentina, el de un barrio como el de tantos otros a lo largo y a lo ancho del país. Una realidad tan local como lo es ese himno al son de una viola en una escena en la que los pibes festejan el fin de la colonia de verano, mientras las sirenas de la cana se escuchan a lo lejos, o no tanto, y algunos cuerpos huyen en una toma panorámica que los ve alejarse. ¿La eterna exclusión?
Con una fotografía en blanco y negro, a excepción de dos cortas escenas, el director descubre poesía en los encuentros de esos jóvenes, en sus rostros que se pierden en ideas, los juegos infantiles de dar pelea en el agua, en el carnaval, en toda instancia en la que lo físico es lo agreste y lo terso a la vez. Es un mundo de imágenes en los que los chicos y chicas se entregan al ocio, a la charla, a fumar «un churro», mientras se escapan a un lugar en donde “no todo es plata”. Un mundo por momentos idílico que solo se contrapesa con esa otra realidad que ellos también viven y que solo se oye en voces en off que describen desamparo, malas compañías, el paco, las plegarias para no caer en la tentación, los “trabajitos” que garantizan un asadito. Es en ese fluir de contrastes donde la película se va ciñendo al fulgor de cierta emoción e ideas que interpelan.
El universo del último film de Raúl Perrone se construye a partir de un paisaje específico, el de esa geografía que él tan bien conoce, pero también el de esos rostros y cuerpos que la habitan. Esas criaturas que respiran una realidad no exenta de violencia, pero no por ello privada de lo onírico, de una emotiva belleza. Perrone logra una vez más meterse en la carne de ese desfiladero de muros, rejas y calles que respiran las voces de sus transeúntes para explorar el eterno transitar de la existencia de sus criaturas.




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