BAFICI 2022: Crítica de “Carrero”, de Fiona Lena Brown y Germán Basso (Competencia Internacional)

Esta ópera prima ambientada en un barrio popular de las afueras de La Plata ha sido uno de los valiosos descubrimiento de la 23ª edición del festival porteño.

Por Claudio Trejo

Hasta hace unos años atrás, en la zona donde vivo, el Alto Valle de Neuquén y Río Negro, era un problema los residuos de bolsas de basura de plástico porque, cuando se rompían, los pedazos terminaban por acción del viento esparcidos en las espinas de alpatacos y ramas de jarillas en la barda, esa parte del paisaje patagónico. Salir a caminar por esos lugares era ver, digamos, un basural natural a cielo abierto bastante feo. Esto hizo que los municipios prohibieran el uso y entrega de bolsas de plástico para traer víveres de mercados y supermercados; y desde hace unos años un grupo de personas se encarga de sanear la barda quitando los restos de residuos, lo cual mejoró notoriamente el panorama visual y ambiental. La mugre, por alguna razón y lógica que bien debería atribuirse a los excesos del capitalismo, nos da la idea de desorden, descuido, desinterés. No hay belleza en ese lugar. No hay posibilidad de imaginar un paisaje donde la convivencia de la acción del hombre, restos, basura, despojos, pedazos y sobras materiales que funcionen con algún orden junto a la puramente natural, y que esto nos genere al menos la idea de placer visual. Al menos esas eran algunas de las ideas vagas que tenía hasta antes de ver Carrero.

Pasando los 15 minutos del metraje, el protagonista Ale (el debutante Rodrigo Varela) camina sigiloso en penumbras sobre un suelo repleto de restos de basura hacia el rancho donde vive el carrero que le da trabajo y luego pasa una cerca hecha de partes de chapa acanalada. La descripción parece exagerada, pero está hecha con la intención de explicar que en ese instante y con un virtuosismo poco habitual en el cine argentino los realizadores dejan muestra de una mirada que busca y encuentra la belleza en ese espacio de despojos, mugre y desorden. Algo que tiene buen gusto, que intenta componer desde ese lugar de desechos un verdadero retrato de la sociedad. No hay malicia en esta idea. No es querer acercarse a lo decadente porque “mirá que copado estos buscas, cirujas, malandras, pibes chorros del conurbano”. No es eso. Puede y hay belleza en lo humilde, aunque haya que escarbar y meterse en lugares difíciles. Tampoco es esto una vindicación de esos restos, pedazos, sobras, lo peor del capitalismo como sociedad. Esto que se vé, está ahí y el acierto de Brown y Basso es mostrarlo con un encanto visual que entusiasma.

Carrero es un relato que está ambientado en un barrio popular de las afueras de La Plata. Allí viven, estudian y trabajan de a ratos Ale y su primo que es de la misma edad, unos 17 años. Al mercado donde ellos hacen sus labores llega Lucas “el Rengo”, un pibe carrero que changuea y junta restos, sobras, pedazos de material para después cambiarlos por dinero, en un carro tirado por una yegua. A Ale le llama la atención algo de lo que este pibe lleva y le pide al Rengo que los dé trabajo a él y a su primo. Lucas acepta y en adelante veremos cómo Ale convive con su trabajo, los lugares por donde lo lleva, el tiempo que le demanda, su ausentismo del colegio por esta razón, su mundo de recorridas en busca de algo que sirva. Pero hay más. Hay lugar para conocer a una chica, pasar el rato y hay un hermano que vuelve al rancho para complicar las cosas. No es un instante de la vida en la villa, una postal de la desigualdad con estos chicos con sueños que se juntan en el camino como material reutilizable. No es sobre los golpes de la vida, los malos momentos. No va por ahí la cosa.

Esta película conversa y es muy cercana a lo que nos mostró el Nuevo Cine Argentino de Trapero, Caetano o Stagnaro; pero es más de este tiempo y es original y auténtica por eso. Es diferente para bien en su incursión estética, musical y compresiva desde la narrativa cinematográfica. Rara vez vemos primerísimos primeros planos, casi destalles, de los rostros de personajes en el cine argentino. Los realizadores experimentan con ese tipo de planos cuando la tensión aflora o para mostrar lo cerca y cara a cara que puede estar una amenaza y logran el efecto preciso. Pero también manifiestan la dupla de directores en esta primera película, un acabado conocimiento del tiempo visual y un especial apartado para la música que se deja llevar por ritmos de los nuevos sonidos urbanos (hip hop, lofi, trap) que suenan cuando la narración los necesita, para acompañar los paseos en carro, mostrar la soledad o algún otro sentimiento, o momento tenso. No sobra ni falta nada.

Carrero es, sin lugar a dudas, un logro, un descubrimiento. Y también es una mirada donde la resistencia con dignidad entre tanta mugre, basura, desigualdad, miedos, broncas; pasa por lo que queremos ser, o por humilde que sea aquello que queremos hacer. Pero es por sobre todo una película muy bien contada, muy bien realizada y muy bienvenida.

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