BAFICI 2022: Crítica de “Tre piani”, de Nanni Moretti (sección Trayectorias)

Del notable director italiano -una de las principales visitas que tuvo la edición 2017 del festival porteño- se exhibió su más reciente trabajo, que lo tiene también como uno de los actores secundarios.

Por Julio Freccero

VIDAS

Un auto dobla a alta velocidad y se encuentra con una mujer a punto de dar a luz quien, brazos en alto en medio de una calle poco iluminada, pide ayuda para poder llegar al hospital. El reflejo por esquivarla funciona, pero sólo por un instante ya que el auto termina impactando a otra mujer e incrustándose en una casa de la cuadra.

Una niña disfruta, cada vez que sus padres necesitan acudir a ayuda debido a sus compromisos y obligaciones, del calor del cuidado que le dispensa una pareja de vecinos que vive en el mismo edificio que ella, y que es aquel en el que el auto se estrelló. Un día cualquiera no la encuentran pues ha salido con el hombre mayor y enfermo, sin que lo supieran los padres de la niña, y ambos se pierden. La obsesiva y ominosa sospecha del abuso sexual asalta y persigue a Lucio (Ricardo Scamarcio), esposo de Sara (Elena Lietti) y padre de Francesca (Chiara Abalsamo a los 7, Giulia Coppari a los 12 y Gea Dall’Orto a los 17 años).

Dora (Margherita Buy) y Vittorio (el propio Moretti) son los padres de Andrea (Alessandro Sperdute, el ebrio conductor del auto de la primera escena), y además son jueces. Asistimos en el film al doble juicio del hijo, el de su padre y el de la sociedad vía las instituciones. El tema de la culpa, recurrente en la filmografía del director, vuelva a hacerse presente, quizás esta vez con un trazo intencionadamente más grueso en tanto asociado a un hombre de rigidez y certezas clásicas de un cierto estereotipo masculino.

Mónica (Alba Rohrwacher), la mujer que estaba a punto de parir y es ya madre en el resto del film, es la pareja de un esposo ausente (Adriano Giannini, ingeniero siempre de viaje por trabajo). Ella teme haber heredado una enfermedad de su madre. Él sostiene una enemistad definitiva con un hermano, aparentemente tan exitoso como deshonesto.

Es a partir de estos hechos dramáticos de carácter casi griego que Moretti nos lleva de la mano durante casi dos horas para que compartamos el sufrimiento de sus personajes, cargando con lo que nos ha sembrado y que nos augura un probable laberinto del cual quizás nadie pueda salir sin haber pagado un alto precio.


AMOR PROFUNDO

El entrecruzamiento de las historias funciona, y puede adivinarse en el juego de interacciones y vivencias el surgimiento de un par de comunidades que posiblemente evidencien una intención del autor.

Por un lado, se percibe de manera ostensible la disfuncionalidad implícita a los efectos del establecimiento de los vínculos que subyace en los hombres. La constelación masculina en el film incluye cinco personajes de los cuales tres atraviesan situaciones en las cuales recurren a la violencia física, un cuarto es el impotente juez de su propio hijo, y el quinto porta los estandartes de la ternura, el juego y el humor, pero es precisamente aquel que está enfermo y que, en consecuencia, no podría ser “un hombre en sus cabales”.

Por el otro, Moretti hace brillar a los personajes femeninos. Y lo bueno es que lo hace sin dejar de mostrar su imperfecta humanidad plena de bellos claroscuros, pero privilegiando nítidamente esas miradas que llevan en sí una potencia inusitada, fundada en una sabiduría que se apoya en los afectos y que abre la posibilidad de engendrar alguna forma de esperanza para el conjunto.

Un frasco de miel, un vestido nuevo, un pasaje de avión a España son algunas de las cosas que Moretti elige para mostrarnos y que funcionan desde su gran valor simbólico en tanto frutos del buen amor, ese que quizás tenga una profundidad ontológica y que es el que consigue que en el film nadie, aun quienes parecen haber traspasado los límites sin posibilidad de retorno, esté nunca definitivamente solo.

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