El prolífico director de Mujer nómade, Taekwondo, Fulboy y Los niños de Dios se sumerge en otro universo masculino y construye una poética de lo carnal.
Por Sebastián González
Existe consenso en que la especialidad de Martín Farina es el retrato, tanto cuando se trata de abordar personajes individuales como la filósofa Esther Díaz en Mujer nómade, cuando se trata de grupos, como el caso de jóvenes de clase media en Taekwondo o un equipo de fútbol en Fulboy. Al igual que en las dos obras mencionadas en último término, Farina construye El fulgor a partir de la observación de un grupo de hombres: trabajadores de un establecimiento rural dedicado a la crianza y faenamiento de animales, y miembros de comparsas de carnaval de una ciudad de la provincia de Entre Ríos.
En la primera imagen de El fulgor, un grupo de cerdos corre nervioso en un corral. Luego, asistimos a la carneada de una vaca, las vísceras inutilizables que son devoradas por cerdos, perros y pájaros, y el trabajo de faenamiento de la carne sobre una mesa de madera, que después acabará en una parrilla.
La presencia de los animales es crucial porque habitan el mismo espacio que los hombres y son el objeto del trabajo y del consumo de eso que llamamos carne.
Pero lo carnal del film, además de expresarse en ese aspecto alimentario, también se juega en la carnalidad de los cuerpos masculinos en el ambiente del carnaval. En efecto, carnaval, según la etimología, proviene del término italiano “carnevale” y éste a su vez del latín “carnem levare” cuyo significado literal es “quitar la carne”, o sea, despedirse de la carne a partir de la abstinencia que impone luego la cuaresma.
La fotografía, cuya dirección también está a cargo de Farina, oscila entre el color y el blanco y negro. Mientras que el color suele ser utilizado para retratar la quietud del ámbito campestre y el deambular de un personaje que parece un ángel o tal vez un fantasma, las imágenes en blanco y negro remiten a recuerdos o deseos, siempre vinculados al mundo dionisíaco del carnaval. Allí vemos los cuerpos masculinos con la particular carga de erotismo con la que Farina y su socio, aquí coproductor, Marco Berger, saben mirar de manera inconfundible.
Se trata de la obra más poética de Farina, en el sentido de que la narración no está guiada por un conflicto central sino a partir de las atmósferas creadas por la sucesión de los planos, casi todos encuadres fijos, y un diseño sonoro con una esencial gravitación en la generación de los climas.
A excepción de un momento, en el que se escucha la voz en off del Cuchi Leguizamon recitando un poema de un caballo muerto, en la película los hombres no pronuncian palabras entre sí, y los escasos momentos en los que emiten alguna palabra o grito inarticulado, los destinatarios son los animales. Esa ausencia de verbalidad, que acerca a los hombres con los animales, no implica que El fulgor carezca de lenguaje, el idioma que se articula en clave poética, es el de las miradas, las imágenes y el despliegue coreográfico de los cuerpos.




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