El mítico e influyente director estadounidense sigue incursionando en (y transgrediendo) los géneros. En este film con Bill Murray, Adam Driver, Tilda Swinton, Chloë Sevigny, Steve Buscemi, Danny Glover, Caleb Landry Jones, Rosie Perez y Selena Gomez arremete contra el cine de zombies.
Por Alvar J. Colonia Hernández
El multifacético cineasta estadounidense Jim Jarmusch, más que conocido y reconocido a nivel mundial, lleva desde principios de su carrera como realizador, y principalmente desde el nuevo siglo, reconstruyendo y extendiendo los límites de lo que todos entendemos como los géneros cinematográficos. Tal es el caso de su película The Dead Don’t Die / Los muertos no mueren (2019), donde rompe con todos los esquemas de lo que se supone tendría que ser una película de zombies.
Lejos parece haber quedado la primera etapa de su carrera iniciada con Permanent Vacation (1980) o Stranger Than Paradise (1984), donde la narración se centra en personajes rezagados o no pertenecientes a círculos sociales formados por la llamada “clase media”, dedicados únicamente a transitar la ciudad en la que habitan, de la que a pesar de todo son parte y a la vez reflejo; con un estilo de vida alejado de cualquier tipo de suntuosidades o comodidades banales, despreocupados por un futuro incierto o carentes de aspiraciones que vayan más allá de las propias del día a día. Esos trabajos iniciales de Jarmusch se centraban en observar los nuevos individuos y subjetividades nacientes en las grandes ciudades industrializadas y pertenecientes a un capitalismo que excluye indiferentemente a varias partes de la comunidad. La búsqueda de un estilo propio a través de la utilización del blanco y negro y un tono de humor seco se mezclan en esta primera etapa con una fuerte carga estética del cine independiente de los años ’80 para comenzar a marcar el carácter particular del cine de Jarmusch.
Ya desde su tercera película, Down by Law (1986), se pueden vislumbrar los atisbos y preocupaciones de Jarmusch por desprender a su cine de las constantes y convenciones que se marcan cuando se utilizan categorías tales como los géneros cinematográficos. Se trata no ya de una película sobre escape o de conflictos físicos entre los rehenes, sino más bien sobre la interacción de estos mismos dentro de un ambiente opresor y hostil como es una prisión federal. A lo largo de su carrera, Jarmusch continuará deconstruyendo y ampliando los límites en todas sus películas que tengan cercanía o puedan localizarse dentro de un género especifico, como en Dead Man (1995), Ghost Dog (1999), Broken Flowers (2005), Only Lovers Left Alive (2013) y por supuesto en esta su obra dedicada al subgénero zombie.
La manera en que Jarmusch logra desarticular las constantes convenciones del subgénero zombie es a través de una extrema autoconciencia, no solo respecto del subgénero mismo, llenando la historia de referencias y guiños visuales a todo el cine de zombies anterior a ella, sino también del cine en general. Este espíritu se percibe en la figura de Bobby Wiggings (Caleb Landry Jones), dueño de la gasolinera del pueblo y experto cinéfilo conocedor de cada detalle de cada película filmada, amor que se hace visible desde su playera con referencia al Nosferatu de F.W. Murnau (1922), hasta el punto de saber inmediatamente cómo matar a un zombie, decapitándolo por la cabeza y compartiendo este conocimiento de manera inmediata.
La película no trata sobre el por qué o cómo los habitantes del pequeño pueblo de Centerville escapan de la llegada de los no muertos, más bien se centra en romper los absurdos e inverosimilitudes de todo el género predecesor a esta obra. Ya desde la premonición y frase del oficial Ronald (Adam Driver) a su jefe de estación Cliff interpretado por Bill Murray («¡Esto no terminará bien!») se deja ver el carácter autoconciente de la película.
Jarmusch no solo hace consciente y de forma explícita el artificio de la película sino que incluso la vuelve crítica desde sus propios elementos. Ya sea desde los zombies vueltos a la vida para continuar con las banalidades y costumbres superficiales que tuvieron en vida, hasta la propia música de Sturgill Simpson The Dead Don’t Die anuncia desde el comienzo el rumbo que tomarán los acontecimientos. La película de Jarmusch se construye por medio de la antítesis de todo el cine de zombies previo a ella, anulando cualquier tipo de tensión dramática o cualquier sentido de progresión narrativa que tienda a una resolución esperanzadora. Una película sobre personajes sumergidos en un apocalipsis zombie del cual no hay ninguna escapatoria porque así lo marca el guion.




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