El nuevo trabajo del cineasta israelí Eytan Fox profundiza en las búsquedas y obsesiones que viene trabajando desde hace ya mucho tiempo en su filmografía.
Por Martín Migani
La obra del director israelí Eytan Fox pone el foco en historias LGBTQ+. Entre sus largometrajes se encuentran Yossi & Jagger (2002) y The Bubble (2006), ambos sobre romances entre dos hombres homosexuales en el marco del conflicto entre Israel y Palestina. Y Sublet (2020) no escapa de esta propuesta: una coproducción entre Estados Unidos e Israel, con guión del propio Fox e Itay Segal, que muestra a dos hombres gay de distintas generaciones que se conocen casi por azar y cuyas vidas serán gratamente influenciadas por la presencia del otro. Con un lanzamiento programado para el festival de Tribeca en Nueva York, los planes cambiaron por la pandemia de COVID-19 y finalmente se estrenó en el Festival de Cine Judío de Filadelfia. Su paso por las pantallas argentinas se limitó al Festival de Cine Israelí proyectado en las salas de Recoleta de la cadena Cinépolis.
El film está protagonizado por el veterano John Benjamin Hickey (actor estadounidense reconocido y premiado por su labor en cine, teatro y televisión), que interpreta a Michael, un escritor muy estructurado que tiene una columna en The New York Times llamada “El viajero intrépido”. La misma lo lleva a recorrer distintos lugares del mundo con la premisa de pasar solamente 5 días en el nuevo destino y conocer las ciudades tal cual son y no en su versión turística. Mientras atraviesa un duelo y problemas con su pareja, Michael debe escribir otra columna y llega a Tel-Aviv, donde le alquila un departamento a Tomer, atractivo joven interpretado por el debutante Niv Nissim. Opuesto a Michael, es desordenado, espontáneo y vive su vida sin complicaciones.
La película se divide en cinco momentos, uno por cada día de Michael en la ciudad, mostrando cómo va evolucionando el vínculo entre los protagonistas. En el segundo día de su estadía, el chico regresa al departamento a buscar algo y Michael lo invita a desayunar con él, un reencuentro que lleva a que pasen juntos los días restantes y el escritor pueda ver la ciudad a través de los ojos del muchacho. A lo largo de esas jornadas, Tomer lo aleja de los lugares “cliché”, le presenta amigos y a su mamá, y lo lleva por los sitios que le gustan de la ciudad. Es así que hacia el final Michael describe Tel-Aviv como “llena de contradicciones, caótica e intensa, pero al mismo tiempo completamente relajada”.
A lo largo del metraje no se desarrollan grandes conflictos sino que vamos conociendo piezas de la historia de ambos personajes, al mismo tiempo que ellos se conocen el uno al otro: los problemas de Michael con su familia y con su pareja; las aspiraciones de Tomer de ser un gran director de cine. Esto es todo lo que necesitamos saber para sumergirnos en la historia: sólo estamos invitados a acompañar a los protagonistas durante su breve tiempo juntos.




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