Crítica de “Duna”, de Denis Villeneuve

Vicios y virtudes de la transposición de la novela de culto de Frank Herbert a cargo del director de «La llegada» y «Blade Runner 2049».

Por Rodrigo Baudagna

El primer encuentro con Duna: Parte 1 puede ser problemático, especialmente para quien no conoce nada sobre la novela en la que se basa ni sobre los anteriores intentos de adaptarla al cine, la televisión o el videojuego. A pesar de su secuencia introductoria (apenas dos minutos que narran el contexto), la historia se hace esquiva en sus detalles y el espectador puede encontrarse perdido al intentar incorporar los nombres de las familias, los personajes y los pueblos que se enfrentan en este conflicto galáctico.

Pero, al mismo tiempo, la trama general se hace ya conocida e incluso se puede afirmar no sin fundamentos que “eso ya se ha visto”. Efectivamente, la historia del héroe y del mesías viene de muy antiguo, hasta el punto de que esta se ha establecido en un esquema que encontramos en un texto de hace cuatro mil años como el de Gilgamesh o en una saga paradigmática de la ciencia ficción como es Star Wars. Si uno espera encontrar una trama que, en términos generales, sea sorprendente y nunca vista, Duna no es su película. Pero ya Denis Villeneuve nos preparó con Blade Runner 2049 [2017] a una ciencia ficción de imágenes en la que el guion pasa a un segundo plano. Con Duna sucede algo similar, no importa la trama en general, en la que se cuenta la primera parte del surgimiento de un mesías, sino que lo relevante son las bellas imágenes y los detalles, fundamentalmente los detalles.

Duna nos sitúa ante un universo extraordinario, un conflicto imperial que se proyecta a los protagonistas, Paul Atreides [Timothée Chalamet] y Lady Jessica [una excelente Rebecca Ferguson], en una lucha por sobrevivir y un levantarse poco a poco para reclamar un destino de claros tintes mesiánicos. Pero ante todo nos sitúa frente a un planeta como Dune/Arrakis que deja huella visual en las imágenes que vemos en pantalla y huella en el alma de sus habitantes, los Fremen, en torno a los cuales, podría decirse, gira la totalidad de la película, siendo Paul Atreides casi una excusa para llevarnos a ellos.

Otro punto sobre Duna en el que debemos estar advertidos es su ritmo pausado. Sorprende sin duda cómo se puede contar una historia tan compleja y al mismo tiempo mantener una narración calma que nos exige esperar una hora y veinte minutos para la primera explosión. Es un gran mérito de la película ponernos como espectadores ante una forma de narrar a la que no estamos acostumbrados a ver en el cine y menos aún en películas con presupuestos de más de 100 millones de dólares. La secuencia del primer encuentro con un gusano de arena es un claro ejemplo de ello: es una situación de alta intensidad en la que apenas cuatro minutos los separan de una posible muerte, pero Villeneuve elige, entre el frenesí de los personajes huyendo de la criatura, incluir momentos de calma en los que la música y la acción se detienen. Es allí donde elige contarnos lo verdaderamente importante.

Al conocer el camino del héroe o al haber visto otras películas de ciencia ficción (deudoras, eso sí, de la influyente novela en la que esta película se basa), podemos incluso predecir cuál será el final de la segunda parte de Duna. A pesar de esto, ni esta versión de Villeneuve ni las versiones anteriores pierden su encanto, puesto que el valor de la película está en otro lado. En un primer momento, por ejemplo, parecen haber escenas redundantes en las que personajes que veremos después aparecen al principio como visiones del protagonista. Pero en realidad son todo menos redundantes. Los futuros narrados en estas escenas se abren como un fractal que apunta a diversas direcciones, haciendo de la trama de la película, en apariencia lineal, un complejo esquema espiralado donde cada detalle y cada diferencia importan.

Se podría profundizar mucho más de Duna, pero basta con quedarnos por el momento con sus imágenes y con esa oscilación entre una historia ya sabida, con los peligros de aburrimiento que ello conlleva, y una historia que jamás nos casamos de ver y escuchar una y otra vez, esperando descubrir nuevos detalles con los que fascinarnos. Al fin y al cabo, Duna es eso, una nave espacial enorme que hace insignificantes a los humanos que la rodean, pero también son unos pies pisando despacio sobre la arena. Es en esta dualidad donde se encuentra la fuerza irreductible de sus imágenes.

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