Crítica de “Ammonite”, de Francis Lee

El segundo largometraje del director y guionista británico Francis Lee continúa explorando el deseo y el amor entre personas del mismo género. Esta vez, el realizador de «God’s Own Country» (2017) opta por huir hacia al pasado para narrar la vida de Mary Anning y así releer la historia desde una perspectiva queer e intentar, como su heroína con sus rocas, revelar algún posible secreto de esos romances que la historia oficial calló. 

Por Lucas Cornejo

La película abre con el plano de las manos de una mujer limpiando el piso de un museo londinense, que da paso a un grupo de hombres que ingresa al recinto con un fósil descubierto por nuestro personaje principal. Serán manos masculinas las que reemplazan la etiqueta que nombra a la descubridora por otra que cita a quien presenta el descubrimiento, un hombre claro. Sin embargo, a partir de allí y a lo largo de todo el film, la cámara de Lee retratará delicadamente las manos de nuestra protagonista y de todas las mujeres de su vida: Ammonite se va componiendo como retrato lírico de todo el potencial de las manos de esas mujeres del siglo XIX. Sobre la pantalla se despliegan manos que limpian, cocinan y cuidan, las mismas que también escriben, dibujan, cincelan. Así desfilarán manos que se retuercen en la impaciencia porque sufren, se desvelan, desean; manos que no se aterran, manos que  aman, esperan. 

Lee desarrolla este drama, en parte biográfico, en parte fábula, imaginando un posible fragmento de la vida de la paleontóloga y coleccionista de fósiles que vivió a mediados del siglo XIX en un pueblo pequeño del sudeste de la costa inglesa. Árida como el paisaje que la rodea, la Mary de una minimalista Kate Winslet trabaja sin cesar consumiendo sus horas, su vida toda. Allí, entre rocas, el rugido del mar y el persistente viento, la vemos entregarse a la tarea parsimoniosa de rastrear las huellas de ese mundo prehistórico perdido. Acompañada por su madre, una mujer que vive de lo que la existencia le ha negado, Mary descifra secretos del tiempo en las entrañas de las rocas, dibujando sus tesoros, escribiendo sobre esas pequeñas maravillas y, tal vez a su pesar, creando los souvenirs que debieran generar algo de ingresos para su pequeño local. Solo la llegada al pueblo de Charlotte, la melancólica esposa de un científico londinense e interpretada por la siempre efectiva Saoirse Ronan, reavivará algo que Mary mantiene subyugado bajo las fuerzas de su misión científica. 

Como en Carol, de Todd Haynes, o en la reciente Retrato de una mujer en llamas, de Céline Sciamma, películas de época también, el director pone el énfasis en el encuentro de dos amantes que se entregarán sin titubeos al tumulto del deseo más allá de la adversidades de esos tiempos difíciles. Ambas mujeres emprenden una travesía en la que recuperarán algo perdido. Mientras Mary se reencontrará en las manos que vuelven a acariciar y desear; Charlotte, por su lado, recuperará el vigor perdido ahora que sus manos se embarran, se ocupan en las labores a las que por clase no le corresponden y sobre todo descubren ese otro cuerpo que despierta algo que la hace aferrar una vez más a sus días. Días en los que para ambas el brillo del sol como el canto de los pájaros se intensificarán más que el aire frío de esa costa desierta y el rugido furioso del mar. 

Ammonite, finalmente, deja entrever en sus detalles y claves lo que habría sido ser mujer en los comienzos de la Inglaterra victoriana. Desde esas que rompieron reglas como Anning,  absortas en las labores que sostuvieron su independencia, hasta las que como Charlotte o la madre de Mary tuvieron que lidiar con los tradicionales roles de abnegación. Entre drama biográfico y retrato de época al calor de un romance, el film de Francis Lee no pierde sustancia y se sostiene gracias a la sobriedad del trabajo de sus actrices, las composiciones de su director y la delicada cadencia de la narración. 

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