Lamb, primer largometraje del director islandés Valdimar Jóhannsson, se estrenó en el pasado Festival de Cannes y fue premiado también en el de Sitges con su apuesta por un terror más sugerente (¿y elevado?) que explícito.
Por Lucio Braida
En el último tiempo, se ha puesto de moda en la crítica de cine el concepto “terror elevado” para referirse a aquellos largometrajes que se inscriben en cierta temática del horror, pero que presentan ambiciones que exceden lo que, supuestamente, pretende el terror clásico y suele ser utilizado para catalogar a muchas de las producciones A24 tales como El legado del diablo (Hereditary, 2018), High Life (High Life, 2019), Midsommar: el terror no espera la noche (Midsommar, 2019) o El faro (The Lighthouse, 2019), entre otras. Dichas aspiraciones pueden estar dirigidas tanto al plano temático –un mensaje político, filosófico, espiritual, moral, etc- como al plano formal –cierta tendencia a la experimentación o complejidad cinematográfica-.
No obstante, la categoría de “terror elevado” resulta un tanto problemática en tanto cae en el prejuicio de que existe un cine de terror bajo o no elevado que es homogéneo y uniforme y no reconoce la diversidad y heterogeneidad que el género ha desarrollado desde comienzos del cine, siendo reducido únicamente a películas de asesinos enmascarados. Dentro del cine de terror siempre hubo pretensiones muy variadas y experiencias muy disímiles en cualquiera de sus aspectos. Y, en ese sentido, resulta menos interesante inscribir a Lamb en una tendencia o tradición respecto al terror que pensar lo particular, excepcional y original que esta brillante película nos ofrece.
Lamb comienza presentándonos el día a día de la pareja formada por María (interpretada por Noomi Rapace) e Ingvar (Hilmir Snær Guðnason), que vive aislada en una remota granja de corderos en Islandia. Ya desde los primeros momentos de la película, se nos zambulle de lleno en el ambiente: una atmósfera helada, turbia, opacada por una neblina que no permite ver bien lo que está sucediendo. Y es que esta bruma marca el estilo único del largometraje: el espectador no puede observar nítidamente lo que está ocurriendo, pero, aun así, sabe que es terrible. El terror que plantea Lamb no está asociado a un susto repentino o a imágenes sangrientas sino a la construcción paulatina de esa atmósfera y al desarrollo de los sentimientos de los personajes. El clima tenso, generado no sólo por la niebla sino también por la lúgubre música y por los silencios incómodos, producen un efecto tétrico que se sustenta no tanto en acontecimientos físicos sino en el desconocimiento de lo que sucederá, en el hecho mismo de no saber.
La monotonía y repetición del modo de vida que llevan María e Ingvar parece que será derribada con la llegada de Ada, un ser mitad cordero, mitad humano que la pareja inmediatamente adoptará como su hijo. Sin embargo, la introducción de este elemento anómalo no altera la cotidianeidad de los protagonistas, sino que, por lo contrario, abrazarán esta “bendición” con total normalidad, volviéndolo parte de su vida. El efecto de extrañamiento que la película nos genera radica en la naturalidad con la que María e Ingvar asimilan a Ada y lo convierten en parte de su familia.
No obstante, a lo largo de la película, se nos planteará el miedo que los personajes tienen a que este sueño de la “familia ideal” se derrumbe. Un enemigo casi tácito –pues durante gran parte de la película no logramos saber efectivamente bien qué es- deambulará por sus vidas amenazando constantemente con disolver aquello que están intentando de construir. Y, en cierta forma, es como si los personajes ya lo supieran; saben, en el fondo, que algo mal hicieron, que ese hijo no les corresponde, pero aun así no pueden asimilarlo y se aferrarán a la esperanza de que su mundo continúe corrientemente.
La película nos invita a explorar los deseos irrefrenables de ser madre, pero también reflexiona sobre el duelo y la redención. Atenta contra esa moral burguesa que cree que los hijos de otros le corresponden simplemente por considerarse mejor madre. La película nos sumerge en una búsqueda desmesurada de un hijo y una familia ideal y en el atropello de cualquier obstáculo con el fin de conservar ese status de “padre” o “madre”.
Se han hecho muchas especulaciones y lecturas de significados Lamb respecto a su simbología en relación con la mitología nórdica. Sin embargo, la obra puede disfrutarse sin tener conocimiento de la teología islandesa o de la historia del país: los sentimientos que indaga rompen las fronteras de tiempo y espacio. Lamb no puede reducirse a un solo significado, habrá tantas lecturas como espectadores haya debido a su carácter ambiguo planteado de manera muy inteligente. Buscar una única respuesta será entonces sólo una pérdida de tiempo.




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