Atrapante relato animado sobre la infancia de un niño en los suburbios de Houston en 1969 en tiempos de carrera espacial, en el que el realizador de “Escuela de rock” vuelca sus propias experiencias y recuerdos.
Por Claudio Trejo
En una entrevista a Richard Linklater mientras promocionaba Boyhood (2014) le preguntaron acerca del mensaje de sus películas y respondió: “Es sobre los pequeños momentos de tu vida. Que prestes atención a esos momentos íntimos”; y luego agregaría: “Se trata de tu vida. El tiempo pasa muy rápido y al madurar, el tiempo pasa más rápido. Tienes que ser consciente de ello”. Podría decirse que Linklater es un hombre que atrapa y revisita recuerdos, instantes, detalles de la vida permanentemente en su filmografía. De cómo las personas perciben ese mundo cotidiano de instantes que los rodea y cómo a partir de eso pueden construirse sueños tan vastos como levantar y fijar la vista en una noche estrellada.
El protagonista de Apolo 10 ½: una infancia espacial es Stan, un niño de nueve años que crece junto a media docena de hermano en un barrio en las afueras de Houston, ciudad que crece al ritmo de los descubrimientos, el auge tecnológico y avances de la base de la NASA en esa zona. Todo lo que rodea a Stan está relacionado de alguna manera a la NASA y al programa Apolo: su padre tiene un cargo importante, los padres de sus vecinos también, la escuela y la televisión (siempre presente) con sus series y películas a tono con los tiempos de aventuras espaciales.
Este relato fue filmado con actores en vivo y, para crear la ilusión de animación, se utilizó luego la técnica de rotoscopía (pintar sobre la imagen real) similar a la que se usó en películas como Despertando a la vida (2001) y Una mirada a la oscuridad (2006), ambas también dirigidas por Linklater. La historia es narrada por Stan, adulto, cuya voz está a cargo de Jack Black, y va a recorrer todo un verano que lleva sus memorias hasta los días del lanzamiento y alunizaje del Apolo 11 y cómo el personaje, en su particular mirada junto a su familia, vivieron aquel evento. Pero los de Stan serán recuerdos de una imaginación que crece al ritmo de esos suburbios nuevos, un lugar al que él llamará “sin identidad y sin historias”, donde todo se estaba construyendo, incluso la más grande de las historias. Una vida sin tanta tecnología al alcance de la mano, en la que los juegos había que inventarlos y hasta inventarles los nombres, cuando ir al cine era un evento único. Aquellos años en los que posiblemente se hicieron muchas de las mejores películas de todos los tiempos. También habrá lugar para la discusión entre hermanos y hermanas a la hora escuchar el rock de los sesentas y donde socializar, jugar, pasar las fiestas con los tuyos y con los de tu cuadra, era lo más habitual.
Es este posiblemente un film sobre un viaje espacial hacia el descubrimiento de nuestros propios sueños. De volver a esos instantes, a esos momento íntimos para prestarles atención y de cómo estos forman parte de nuestra memoria y se transformen tal vez en los mejores recuerdos. Ese viaje al que siempre se vuelve y nos invita Linklater. Pero también es un viaje a eso de lo que está hecha nuestra vida. A esos momentos únicos, irrepetibles, que quedan además en la memoria colectiva. A ese pequeño paso para el hombre y grande para la humanidad. A esos momentos en los que nos subimos y despegamos a lo desconocido en un viaje en nuestro propio Apolo.




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