Crítica de “Un monde”, de Laura Wandel

Este multipremiado primer largometraje con reminiscencias del cine de los hermanos Dardenne expone con crudeza el bullying escolar desde la perspectiva de una niña que ingresa a la escuela primaria.


Por Fabio Monti

En su primer largometraje, la directora belga Laura Wandel aborda el ingreso de una niña al sistema educativo primario y describe el doloroso proceso que debe transitar para socializar con sus compañeros, para “amoldarse” al sistema, para ser aceptada por sus pares.

El primer día de escuela de Nora (extraordinaria interpretación de Maya Vanderbeque) es todo un sufrimiento para ella, tanto que no puede despegarse de los brazos de su padre ni dejar de llorar ante lo que considera un abandono paterno frente a ese nuevo universo que se le presenta hostil. Su único referente y ancla en ese “pequeño mundo” aterrador y desconocido, es su hermano Abel (Günter Duret), un par de años mayor.

Sin embargo, con el correr de los días pareciera que Nora se adapta al sistema escolar y comienza a confraternizar con sus compañeras de curso. Pero allí es cuando se devela el tema central del film: el brutal bullying que padece su hermano por parte de otros niños. Y el dilema que se le plantea a Nora es qué hacer para ayudarlo. Vemos entonces las distintas decisiones que ella adopta y cómo las mismas (todas) resultan infructuosas para revertir la situación de Abel, poniendo en riesgo además la propia inserción de Nora en el grupo de sus compañeras, que desprecian y se burlan de su hermano y a quien consideran un “freak”.

Rodada exclusivamente en el interior de un establecimiento escolar, la película va describiendo sus distintos ámbitos (aulas, pasillos, salas deportivas) y poniendo especial atención en el espacio de juego de los niños (playground) y en las interacciones que en esos espacios se producen. Con predominio de cámara en mano y primeros planos, muchos de ellos haciendo foco en el rostro de la pequeña Nora, el film está narrado desde su propia subjetividad, con la deliberada intención de que el espectador empatice con ella y experimente física y emocionalmente lo que ella transita, que sufra la misma impotencia que siente Nora al no poder cambiar el curso de los acontecimientos. Un cine físico y naturalista, que se emparienta con el de los hermanos Dardenne, con la cámara a corta distancia de los personajes, siempre a la altura de los niños, quedando los adultos en la mayoría de los casos fuera de cuadro.

El sistema escolar parece no ofrecer soluciones para el martirio de Abel, los docentes permanecen indiferentes, minimizando el problema, o bien desbordados (tratando de mantener la disciplina sólo de los alumnos de los cursos que tienen a cargo), a excepción de una de las maestras de la pequeña protagonista, con quien mantiene cierta empatía, pero que transcurrida una parte del film dejará la escuela, quedando nuevamente Nora a merced del desamparo y la soledad.

Wandel describe a la escuela como esas “instituciones totales” de las que hablaba el sociólogo Erving Goffman, un mundo propio con reglas propias, en el que tanto el rol, como la legitimidad que éste confiere a la persona, el status, están puestos permanentemente a prueba en el transcurso de cada interacción.

En uno de los juegos de los niños que muestra la película, consistente en caminar por el respaldo de un banco sin caerse, Nora se cae antes de llegar al final, entonces otra de sus compañeras le dice que ha quedado fuera del juego y que si no se aparta no irá al cumpleaños de otra de las compañeritas. Nora pregunta entonces si puede volver a intentarlo, en un claro intento de ser aceptada, de no quedar al margen, aceptando las reglas de poder impartidas por una de sus compañeras. En otra escena, Nora es castigada por su nueva maestra por querer permanecer a toda costa en su pupitre, el que utilizaba con la docente anterior (la actual le exigía que se sentara en otro). Está presente en todo el film la idea foucaultiana (en su obra Vigilar y castigar) referida al sistema educativo gestado en la Modernidad y que se centra en los mecanismos empleados por el poder para hacerse natural y de cómo dicho poder se ejerce sobre los individuos en distintos ámbitos (político, religioso, escolar) configurando un tipo concreto de consumidor, un tipo concreto de trabajador, un tipo concreto de ciudadano, un tipo concreto de estudiante y de profesional de la enseñanza.

Dijo en una entrevista la directora del film que para ella “los patios de recreo son el cimiento de la humanidad”, ya que en ellos se construye la identidad de una persona y el aprendizaje de las relaciones con los demás. Y se pregunta hasta qué punto uno está dispuesto a sacrificar esa identidad y valores para satisfacer a los demás.

Sin embargo, Un monde no exhibe sólo dolor o crueldad. En su emotivo epílogo, la directora se despega de la aparente y fatal opción de constituirse en víctima o victimario, optando por un camino que transita por la empatía, la solidaridad y el humanismo. El afiche del film resume esa idea en una foto conmovedora.


Deja un comentario

Crea una web o blog en WordPress.com

Subir ↑